Pueril y ampuloso como césar romano, él, entre alfalfas. Propendía al genio y a las impresiones equívocas. Vivía oculto porque así es como mejor se almacenan las percepciones, de hacer de la existencia una magnánima mariposa hidrostática. Ya que sí, ladies and gentleman, miríadas de percepciones electromagnéticas en las amapolas y de hidrostáticas en rotación se veían en los limoneros de su jardín. Percepciones astronaúticas oraculares cada vez que paseaba con Ita por los bosques, pues sabía el nombre de las felices colinas, el obiter dictum de las setas. Diagnosticado de hipersensibilidad deploró la vulgaridad. Con vehemencia violenta. Pero no amó. Intuyo que no amó en sentido humano. Sus amigos comentábamos su demasiada luz vertical en las rizadas ondas, su desmedido gusto por los olivos invisibles, su atractivo de aguarrás ante lo indigno y vulgar. No fue humilde porque nunca creyó en esa burda mitología de la igualdad de los hombres, y su vanidad insensata o su soberbia soberbia eran rasgos no imposturas. Se enclaustró en aldea gallega feudal, en el fuego de la gloria. Entre eucaliptos. Entre alfalfas.
Yo al igual que Pablo de Tarso tacho de meticulosa necedad la sabiduría del mundo. O de Babilonia avejentada este globo infecto pleno de granulados glóbulos de fábricas y mercancías, a este zoológico con ciudades con su típica trompetería arcaica y neblinosa, a este Océano de Sombra de Internet, una gran sombra que confunde victoria y justicia, belleza y verdad con necedad y bruto ingenio. Entre alfalfas. Yo quiero vivir entre alfalfas. Donde retorna la religión y muere el dinero. Donde la religión de nuestros padres es una delicadeza irrevocable, una delicia necesaria e indefectible, una guerra contra la vulgar era electrónica. Qué horror el engranaje y el estilo de hombres ayunos de épica shakesperiana, qué innoble tanta carencia de esplendor, cómo grazna en mitad de la noche la noche de metacrilato de esferas plastificada. No hay dibujos de Osiris en las mentes. No hay perfección en la misericordia. A este mecanismo mezquino, memo y mortal, a este genio de la muerte, a este faisán sin belleza, contrapongo vivir entre alfalfas. Alfalfa en las nubes de sereno vigor y arquitectura húmeda, alfalfa de nubes de blanca vigilia rizada que nos posee, alfalfa gris y verde y abstracta de las buenas metáforas, alfalfa de perla dentro de la covachuela enclaustrada del molusco, y nubes de plata de Indias, y nube de ideas campestres innumerables, y calor de alfalfa al fondo de los higos, y nubes de no baratura, de poderosas sinestesias, nube silenciosa contenida en el derretirse de los glaciares, nubes que florecen en el agua de los árboles, irrompibles como el gesto de los olímpicos, nubes mimando océanos sin yugo, alfalfa sin brida en la tensión del solitario, forma del lotófago en un ala de Poliziano. Entre alfalfas. Entre formas antárticas de sacerdocio y el Todo. Entre nieblas subacuáticas y amarillos felinos, entre rejas sin lluvia y apologías impúdicas. La inmensa llanura cuya forma mentis es la alfalfa. Prosa traqueteante en un cine de imágenes que borbotean. Prosa de fronda que hila una paz de lirio. Y el agua que sofoca el alma en llamas de los amantes (el orgasmo una heladera tras la sauna de la cópula) también resquebraja imperios y tejados, y el agua humedeciendo la alfalfa en un organum diabolicum de poeta agropecuario. Alfalfa, alfalfa, en lugar de la tontá universal de los telefoninos, en Lugo alfalfa, en Bombay, en Tombuctú y en Nogueira y Viñoás caminos con tufo a alfalfa, que estamos de la tecnología y del móvil hasta los h..., hasta los huevos del telefonino y su aquiescencia general.
Blog a la busca de cierto carácter meditabundo y meditativo o sobre los pinitos literarios de alguien de escritura perfectible. Cajón de sastre o lecciones de cosas o silva de varia lección de un animal racional literario. Modo de agradecer lo muchísimo que los libros me han dado sin olvidar aquello de que, por mucho que tú los ames, ellos no te aman. Sólo aman las personas. Blog que sería un éxito si fuese lo mismo que el otium divinis o bien que el otium cum dignitate.
viernes, 16 de septiembre de 2016
ENTRE SOLEDADES, ITALIANOS DAIQUIRIS Y BABILONIOS SURREALISMOS
Hay interiores de latón muelle, de regadera agujereada. Nada que objetar. Poco sorprende a mi liberalidad extrema la advertencia del vulgus como coqueros gerentes de camping, como prole estudiosa de la webmaestría o de las calidades de los paños. Nada que objetar. Yo no soy su tipo (y a la inversa) Descreo de las pintas de oficinistas, de la gente que hace daño (los hombres hacen daño), del gregarismo tabernario, del futbolismo mercenario, de pasarme la noche durmiendo en lugar de deleitarme en la contemplación minuciosa de ley de verduras estrelladas en cualquier noche de bordes azucarados. Es ello la ley moral de Deus inscrita en la íntima convicción de Natura, la ley de los astros invernales cuando no hace frío ni pasmo en el universo. El lujo impersonal del alma impulsada arriba es como el tractatus de la noche, como una spinoziana inteligencia que pule lentes cavilosa, la esquila hermosa de un verso rítmico, el patrón melódico del placer sin mesura de las sensibilidades. En eso creo.
Así que piafad, piafad, humillos pequeñoburgueses, fornicios sin soberanía, piafad, piafad, con vuestra voz doblada, de tanto bajar la cerviz, de tanto careto inestético, lacayuno, feo, ineducado. Mi inmodesto punto de vista es que es pura necedad porfiar más en el piafar, porfiar en la liliputiense materia de casamiento, fundar familia, criar bestias, acabando en ser lelo anestesiado y general. De ese rebuzno, qué lejos aquella delicada orfebrería. Piafad, piafad. Dispendiosos a chismorrear con el telefonino, comprar haciendas (o desearlo), ver tele y trabajar como un abocado a las malas prosas. Os abajáis queridos, sin la diestra revolución, sin un anarquismo de derechas, os abajáis. Tanto que no quiera pensar, que no quisiera pensar que vuestro único lujo asiático es expeler duro tronco coprofílico, y no Horacio, los poetas chinos o las flores sin filoxera. Sois demócratas. Exactamente igual como yo no. Pues lo nuclear radica en elaborarse hacia arriba, ansia ilimitada de lo infinito celeste, no en abajarse agusanándose, no en ser gusano que canta o justifica o entiende o perdona a la azada que lo parte en dos. Individuo, es lo verdadero, conjunto, es lo estúpido y trivial y vil. Jerarquía, es el quid, pues la distribución jerárquica de los seres y las especies es el modo natural de distribución de los entes. ¿Quién es el lector que ahora lee? Dudo que más que un amamantado batracio nutrido por Leviatán, un socialdemócrata fabricado en serie y por los media, una mugre coleóptera tercermundista afín a la feúcha turbamulta, o bien una feúcha y muy poco pulimentada nenita de la cup. No. No a todo eso. No a todo. Apelo y acudo a la solitaria moral de mirlo indiferente al sol de la noche, apelo y acudo a los ríos wordsworthianos, a los dorados keatsianos, a las miliares estepas baldías de las fuentes, al magnificat de mi daiquiri tomado en principesca soledad. Vosotros tenéis estética de patata y alpargata. Yo peleo y argumento con las nubes, de mi cursilería orgulloso, de la proliferación de mi orbe orgulloso, y del genio que hay en la pasión de mi raciocinio. Piafad, vosotros mentecatos piafad, con las boñigas de la tele, con el neandhertal delantero centro, con la comisión central del mercado de valores, con la metástasis de esta sifilización conspirando contra el galopar de ruiseñores.
Yo me pongo mi escafandra y mi máscara antigás si con ustedes -piafad, piafad- he de cruzarme al salir de mi casa.
Así que piafad, piafad, humillos pequeñoburgueses, fornicios sin soberanía, piafad, piafad, con vuestra voz doblada, de tanto bajar la cerviz, de tanto careto inestético, lacayuno, feo, ineducado. Mi inmodesto punto de vista es que es pura necedad porfiar más en el piafar, porfiar en la liliputiense materia de casamiento, fundar familia, criar bestias, acabando en ser lelo anestesiado y general. De ese rebuzno, qué lejos aquella delicada orfebrería. Piafad, piafad. Dispendiosos a chismorrear con el telefonino, comprar haciendas (o desearlo), ver tele y trabajar como un abocado a las malas prosas. Os abajáis queridos, sin la diestra revolución, sin un anarquismo de derechas, os abajáis. Tanto que no quiera pensar, que no quisiera pensar que vuestro único lujo asiático es expeler duro tronco coprofílico, y no Horacio, los poetas chinos o las flores sin filoxera. Sois demócratas. Exactamente igual como yo no. Pues lo nuclear radica en elaborarse hacia arriba, ansia ilimitada de lo infinito celeste, no en abajarse agusanándose, no en ser gusano que canta o justifica o entiende o perdona a la azada que lo parte en dos. Individuo, es lo verdadero, conjunto, es lo estúpido y trivial y vil. Jerarquía, es el quid, pues la distribución jerárquica de los seres y las especies es el modo natural de distribución de los entes. ¿Quién es el lector que ahora lee? Dudo que más que un amamantado batracio nutrido por Leviatán, un socialdemócrata fabricado en serie y por los media, una mugre coleóptera tercermundista afín a la feúcha turbamulta, o bien una feúcha y muy poco pulimentada nenita de la cup. No. No a todo eso. No a todo. Apelo y acudo a la solitaria moral de mirlo indiferente al sol de la noche, apelo y acudo a los ríos wordsworthianos, a los dorados keatsianos, a las miliares estepas baldías de las fuentes, al magnificat de mi daiquiri tomado en principesca soledad. Vosotros tenéis estética de patata y alpargata. Yo peleo y argumento con las nubes, de mi cursilería orgulloso, de la proliferación de mi orbe orgulloso, y del genio que hay en la pasión de mi raciocinio. Piafad, vosotros mentecatos piafad, con las boñigas de la tele, con el neandhertal delantero centro, con la comisión central del mercado de valores, con la metástasis de esta sifilización conspirando contra el galopar de ruiseñores.
Yo me pongo mi escafandra y mi máscara antigás si con ustedes -piafad, piafad- he de cruzarme al salir de mi casa.
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