miércoles, 14 de diciembre de 2016

TO DREAM

Yo sueño en las abarrocadas estancias de una emperatriz de los confetis y el silencio. En las heladerías aritméticas de la absenta. Sueño en desearme a mí mismo sufrimiento como un filósofo agresivo. En la auriga platónica que cruza indemne la invernal noche ourensana. En el tono fantasmagórico y siempre abisal de cualquier gran psique. Pero no puedo, i can´t dream. Porque en este instante suenan golpes suaves e insistentes contra el vidrio de la ventana de mi despacho. C´est ne pas el viento. Es -bien lo sé- el recuerdo del cardenal Augusto Bompiani que viene de copular con el hijo del Papa Silvestre, quien, a su vez, acaba de sodomizar a su hija. Me dice que sube el precio del trigo y que el catolicismo, pese a todo, nunca es algo acaso inadmisible. Oh fe de mis papás. Oh meine fréundune y júngene amicus catholicism, en ti creo. Porque, encima, Paula Alfonsi tiene el cabello algo rubio y algo ebrio. Porque, además, Paola Recanti es una hebra que se voló del cielo. Beatas fellatios y cunnilingus áureos, annulingus y coyundas espléndidas, oh fidelis protectio fortis, oh sueño amurallado. Abuhardillado en gallega aldea feudal mi fe crece. Y, más y más, conmigo van topacios y trigales, y más los sueño, y más y más conmigo van.

Yo sueño en la seda y el movimiento del bambú. En la contemplación que amplía el alcance del pensamiento, en la experiencia que culmina en la intuición de que todo-es-uno, yo me zambullo en el océano de un grano de arena, busco la vela divina en la eternidad de un segundo. Y en los cielos sueño. El cielo de alcanfor que se ama a sí mismo, y el cielo pirograbado y pitagórico de New York que vive en la hereje opinión de un amor estrecho. Amo el cielo de baquelita, y él me ama, pues los amo, y el cielo y el sueño son dos objetos, y el cielo es ver una flor silvestre en las paredes de neón del sueño de la serrerías. Busco en los sueños los grilletes no egoístas de lo impersonal; es que mi vida -te dices recurrentemente- fue y será una perpetua batalla contra el vinagre, contra el avinagramiento y los avinagrados. En lugar del gran bouquet de una gran vino esta es la Era del Vinagre Hacendado. Por ello sueño. Lucho y sueño. Por beber ostras de Arcade con gotitas de menstruo de vírgenes vestales, porque amo la soledad y el estudio en plenitud.

El hada de los confetis me llama, me dice, ven ven, voy a horadarte de estéticas. Y el mundo feo comercia y madruga con irracional pasión. El hombre que sueña es un dios, el que piensa en trabajo y pecunio es un mendigo.

¿LE PREOCUPAN AL PRÍNCIPE DE LA SOLEDAD LAS DEMASIADAS COCA-COLAS DEL VULGUS?

Ay queridos, no uséis, no abuséis, de la maléfica pulsión
de ese río de petróleo o líquido infecto en la garganta
llamado "Coca-colas".
Que sino, de tanto persistir y persistir en la maledicencia, de tanto horrible gusto
seréis menuditos zares del world mind way of life
devastando
los fermosos imperios del invierno
las hermosas emperatrices del confeti
a cambio de una casita vallada en New Hampshire o Torrelodones.
con, para más inri, pérgola, yorkshire e hijos que hacen judo.

Ah la sed de la perfección que absorbe a los daiquiris!
ah la búsqueda y el deseo en pos del todo! la perfección pericolosa!
Que nosotros decimos no,
no a las histéricas y desparramadas cokes
no a las destempladas pócimas milagreras , pánicas, de política whig,
no a ese antibeethoveniano tintorro que se resume en la fórmula:
"ser inelegante, calumniarse a uno mismo,
descreer de lo Único, y proferir un No a la Vida".

Cópienme, más o menos, acaso puedan queridos. Recuerdo
que en educación primaria redacción hicimos
y estas fueron las palabras de don Gonzalo en contesta:
"muy malos los escritos señores y señoras, ustedes
se han limitado a imitar mis palabras según  su pobre ingenio.
Declaradamente mal. ¿Es que carecen de imaginaciones?
Excepto el Sr. Sanz. Escribió algo muy presuntuoso y elitista.
Se nota que le agrada pensar. Le pongo un siete".

Mis compañeritos no entendieron nada, desconcertados,
en el fondo resentidos,
arrebujados tras el manto de la tribu y la horda,
tras el biombo de lo incapaz de llamar la atención,
acolchados tras el tibio run-run del bolígrafo o el cerebro previsible,
en sus entrañas espeluznados hutus gozosos de acabar con el tutsi
con el machete de los yoes rutinarios en línea y en serie. En el grupo de whattsapp
ahora todos cantan líricas loas a la Coca-Cola.

Ay los bebedores de coke,
acidulantes de la excepción, edulcurados en la tele,
estimulantes da la Nada, semillas subterráneas del más yermo invierno, sabed que
-apúntenlo-
para ser príncipe de la soledad a la hora del daiquiri
no se va en grupos de más de uno
se descree del jolgorio tabernario y putero
se ama la contemplada sinestesia del silentium
no se entra a estadio a aplaudir aborregado espectáculo
se sabe de la perpetua orgía de la soledad
no se rebuzna, eso sobretodo no, sino que, en copto, astronomía egipcia se lee
se es un inteligente pez luminiscente
se aborrece la clámide bestselleriana mandril
se orbita en vibración hiperestésica
en resumen, ladies and gentlemen.,
que no deben ustedes hablar como con el descosido bordado de un mongólico
ni emocionarse como olifantes ridículos o blindados marsupiales irrecuperables
dando la brasa sobre las virtudes de la malvestida izquierda
sino que
se preparan el daiquiri al atardecer, a la hora nona,
y bostezan,
bostezan con culto y estudiado desdén
motejando a todo y todos de cazurros tercermundistas
usando la orfebrería sutil del desprecio
y sabiendo que nada, ustedes mismos incluidos of course,
tiene arreglo en este mundo.




martes, 22 de noviembre de 2016

ARISTOCRACIA

Paz a los hombres, que no fue nunca fácil el vivir.
Y para mí el silencio casto y conventual de la luna que investigo
ardiendo en mis imaginaciones e incendiando mi mente.
¿Para qué sirve una mente alunada?
A mi ver, para sopesar, medir, discriminar,
para calibrar lo alto y bajo, lo noble y avulgarado, el mar y la charca,
y, al final, como las metamorfosis de los hombres-lobo,
juzgar a favor de lo mejor -que es irrefutable- y en ello confiar para transmutarse.
La santa alianza con lo mejor es carácter y destino.
Y cómo agrada entonces que tanto agrade
lo que los genios crearon para que te agradase,
como agrada el rímel en las estatuas
y el cortejo de danzas amarillas de un cielo estrellado.
Y cómo agrada la soledad de la noche y el libro
en que el silencio hondo suma beatitud a bendición.
Si el lujo mora en tu mente,
si la casa de la palabra reside en tu mente,
si tus contemplaciones son las más bellas ideas unidas a los más verdaderos sentimientos,
si buscas el lustre y no la medianía común,
si ponderas y te alzas con sederías de alado corazón,
si te mides con la divina cumbre nevada,
mucho, mucho dudo, te arrastre
esas corrientes de los ríos que van a dar
en Nike Air shoes, o Sony & Philips & Garbage Television,
o BMWs de rojo ébano alquitranado. Dudo de Twitter, Justin Bieber y sus tatuajes,
o la vil pasión democrática estadística -hoy universal-
si alto y perfecto es el orden de tu mente,
si tu Ítaca no es una leprosería de neurosis y familia y monedas de latón.
Si vives dentro de ti, dentro de los reinos de las lunas de invierno,
tu bien no depende de Fortuna, ni del auxilio o el azar o el estado de bienestar,
si insaciable mereces el mérito de adorador de lunas, de los pumas blancos bajo la luna,
si no eres lacayo de bodrios y rebuznos,
después libremente solo te someterás a la mayor sabiduría.
De la confusa selva del pensamiento contemporáneo
apártate, al igual que se apartaría un visionario de paisaje urbanizado
o un pintor delicado ante un lienzo sin valor.
Del mundo mendaz retírate en aldea, ermita o biblioteca.
Y recuerda que lo mediocre genera mediocridad como sombra sigue al sol.
Lo mejor galopa lunas de éxtasis en soledad, enhebra sinestesias,
y descree del amor fabricado en serie o en Hollywood,
de los objetos labrados sin arte ni dignidad,
de los pensamientos rápidos y al tuntún,
de los hombres labrados en deporte y oficina,
lo mejor solo cree en la mente idiosincrásica que calibra y mide y pondera
a la busca del jardín del Bien sin cizañas feas y falsos hierbajos,
a la busca de la aristocracia de la mente,
cuyo temple es indiscernible del destino,
y cuyo destino es una mezcla de pasiones,
la del conocimiento
y la de una vida, si no feliz, al menos sin miseria, pobreza, o innoble ruindad. Vale,
y paz a los hombres. Si todavía es posible.







jueves, 10 de noviembre de 2016

APOLOGÍA DE LA CLARIDAD BELLA DE SENTIMIENTO DEL CINE Y ALREDEDORES

No a la estulticia gruñidora general, no a la maldad trapisonda, no a la quincallería de fatuos plásticos imberbes; que viene el cine, y ella baja la escalinata, y arden hímenes de plata. Y, aunque el plan se desbarató pronto, y la princesita salió rana, el traidor de la banda no era yo. !Que yo, respétenme, de niño me metí en un cine! Y no solo no quiero salir de esa cueva sino que tampoco quiero que nadie entre en ella. !Transustanciación! El dinero corría a raudales, las amé fuerte en los moteles, ametrallé a rivales, y se cuchicheaba a mi paso porque el orbe y las calles eran mis particulares saloncitos de té. !El imperio asirio a cambio de una rubia! !El empíreo a cambio de la torsión de seda de un beso de Lana! Apúntalo Christian, apúntalo antes del fin.

A esta actriz la vida le sobreviene en el gesto donde sus nalgas brotan en plenitud, y los coches se dirigen a los antros, y el neón se crea en las afueras del vacío, y se exalta felicísima la brasa, y el sentir se diluye en la contemplación y lo que llamo mío ya no existe. Miel del todopoderoso encerrada en la abeja de su cuerpo, cremación que no precisa muerte, todo fluye en la órbita cementerio de la pantalla. En la sala de cine soy compinche de la dama de la noche. Hogar sin la irracional estratagema de los oficios de la vida. Y me enamoro de mí mismo pues se abren las ventanas de mi cuarto al valle. Prácticamente al tocar de mis ojos los soles y estrellas de los humos amarillos del espacio. Y, a propósito de la hermosa de la pantalla, que cabe en el soplo de voz de las palabras sino la extensión sublime de la voz "belleza".

En el cine no rige la infamia ni el dolor carnal ni la corrupción del alma. ¿Qué es el amor? Acaso la percepción extraordinaria de un ser humano; pero el amor es caduco y fungible. Su sombra, y ésta no corruptible, permanece en el arte. El arte es la sombra del amor. El arte es la crítica de la vida no acabable. Ahora, que la película revoletea en mi sangre lo sé. Veo amarillos de edénicos danzantes en la pupila, veo el grana de la flauta tocuyana, veo el perfume de las caballeras azabache andalusís, y mi secreto corazón se llena de un ritmo de be-bop y rosas o alcanfor o antillanos girasoles helados o concubinas despampanantes de naranja o a los cotton pickers vestidos de astronauta, y basculo y me balanceo y oscilo, entre las mañanas del calipso y la intimidad resultante de lo eterno. Una dorada comunidad de aromas es el cinema. Y una galería de ojos hímnicos. Ver es una experiencia dadora de ser; la imagen se incrusta en la mente como una gaviota en la turbina de un avión. La imagen es una experiencia que conmemora al ser; crepita la memoria de un muy antiguo reloj de oro.
Cada vez que salgo del cine parece que venga de bañarme en nocturnas playas del misterio.

Bebo el licor del atardecer y se rompen las sinusoides cadenas de mármol del tiempo. Ella es entrañable y salerosa, vitalista y guapa y tierna, herida de hélice y rumor de flauta allende jardines, dinamita en la luz de los ángeles, onírica y tendenciosa y bobalicona, avispa, crema, o casi un roce, daga en la alargada callejuela del destino, ardid oculto de la neurosis, detersoria con piel de aguarrás, caprichosa rica, druida, colérica, lucífera, elegante entre gentes del vulgo, perra que jadea en el concúbito, selenita y celeste y sarracena, fragancia de benjuí, lujurioso oxígeno, dulce gro, distante gro, tremebunda acariciadora, virgen y puta, opositora a leona, nenúfar de difusa antracita, mar tarambana, electromagnética literatura, infraliteratura, calidad que pontifica, cantidad que sopesa y mide, selva dentro de mi habitación, cara de piedra, ramera en cofres de bálsamo, gordita, inebriativa, madrugada, sol en la revista. Todos las mujeres son la misma mujer. Todas las actrices la misma actriz. Toda piel o alma la misma piel o alma. Igual monja que cover-girl. Con el quinqué de luz de la vida todas sois percepción de la forma infinita de lo extraordinario. Y eternas bajo los focos de la mirada.

A lo mejor la cuestión es ir al cine que tú vas. Decir que entras en mis planes. Ver los chispazos a láser que te esculpen. Atrapar tu espectro escabulléndose entre mis sábanas. Lamer ese latigazo rubio como de película. Suponer que una teología nos une indefectiblemente. Suplantarte con el arte dudosa del onanismo. Rociarte el cuerpo de bourbon. Ahogarte con mi almohada. Toquetear tus muslos umbrosos. La cuestión será ir al cine que tú vas. La cuestión será ir al fumadero del suburbio. Y, antes del the end al todo acabar, empezar a fingir la doble vida de cuaquier poema: tú y yo.

¿Qué había en aquella luz zodiacal oxigenada, con retrato del aire nervioso en morada de mármol resinoso, qué sino el cine de pueblo eterno? En la cristalera sombras de bela lugosi y ante todo calor de hogar como los pies dentro de las katiuskas. Bonito aquel cine como una crin olvidada o adarga antigua, bonito olor a pipas y a colonia de aldeanas con rímel arremolinado, y ante todo carne de infancia desde el rosa al amarillo helado. !Cine de los sábados! !Lluvia en la kermese! Carne de infancia rosa y costras en los labios. Y miedo pánico si te apunta e.g. robinson. Labios guepardo en primerísimo plano. Sus caras besan en el parteluz, tú y yo nos abrazamos. Cativo cine con columnas de mármol. Blanco de quirófano la pantalla, carmesí del telón, luz fugaz del acomodador, en bochornoso secreto rendimos tributo a la palabra llena de disparos vladimir´s. Veneno de la luz cadmia, bárbara, zodiacal -hipogeos, columbarios, nichos- y con fábulas americanas oxigenada.

viernes, 16 de septiembre de 2016

ENTRE ALFALFAS

Pueril y ampuloso como césar romano, él, entre alfalfas. Propendía al genio y a las impresiones equívocas. Vivía oculto porque así es como mejor se almacenan las percepciones, de hacer de la existencia una magnánima mariposa hidrostática. Ya que sí, ladies and gentleman, miríadas de percepciones electromagnéticas en las amapolas y de hidrostáticas en rotación se veían en los limoneros de su jardín. Percepciones astronaúticas oraculares cada vez que paseaba con Ita por los bosques, pues sabía el nombre de las felices colinas, el obiter dictum de las setas. Diagnosticado de hipersensibilidad deploró la vulgaridad. Con vehemencia violenta. Pero no amó. Intuyo que no amó en sentido humano. Sus amigos comentábamos su demasiada luz vertical en las rizadas ondas, su desmedido gusto por los olivos invisibles, su atractivo de aguarrás ante lo indigno y vulgar. No fue humilde porque nunca creyó en esa burda mitología de la igualdad de los hombres, y su vanidad insensata o su soberbia soberbia eran rasgos no imposturas. Se enclaustró en aldea gallega feudal, en el fuego de la gloria. Entre eucaliptos. Entre alfalfas.


Yo al igual que Pablo de Tarso tacho de meticulosa necedad la sabiduría del mundo. O de Babilonia avejentada este globo infecto pleno de granulados glóbulos de fábricas y mercancías, a este zoológico con ciudades con su típica trompetería arcaica y neblinosa, a este Océano de Sombra de Internet, una gran sombra que confunde victoria y justicia, belleza y verdad con necedad y bruto ingenio. Entre alfalfas. Yo quiero vivir entre alfalfas. Donde retorna la religión y muere el dinero. Donde la religión de nuestros padres es una delicadeza irrevocable, una delicia necesaria e indefectible, una guerra contra la vulgar era electrónica. Qué horror el engranaje y el estilo de hombres ayunos de épica shakesperiana, qué innoble tanta carencia de esplendor, cómo grazna en mitad de la noche la noche de metacrilato de esferas plastificada. No hay dibujos de Osiris en las mentes. No hay perfección en la misericordia. A este mecanismo mezquino, memo y mortal, a este genio de la muerte, a este faisán sin belleza, contrapongo vivir entre alfalfas. Alfalfa en las nubes de sereno vigor y arquitectura húmeda, alfalfa de nubes de blanca vigilia rizada que nos posee, alfalfa gris y verde y abstracta de las buenas metáforas, alfalfa de perla dentro de la covachuela enclaustrada del molusco, y nubes de plata de Indias, y nube de ideas campestres innumerables,  y calor de alfalfa al fondo de los higos,  y nubes de no baratura, de poderosas sinestesias, nube silenciosa contenida en el derretirse de los glaciares, nubes que florecen en el agua de los árboles, irrompibles como el gesto de los olímpicos, nubes mimando océanos sin yugo, alfalfa sin brida en la tensión del solitario, forma del lotófago en un ala de Poliziano. Entre alfalfas. Entre formas antárticas de sacerdocio y el Todo. Entre nieblas subacuáticas y amarillos felinos, entre rejas sin lluvia y apologías impúdicas. La inmensa llanura cuya forma mentis es la alfalfa. Prosa traqueteante en un cine de imágenes que borbotean. Prosa de fronda que hila una paz de lirio. Y el agua que sofoca el alma en llamas de los amantes (el orgasmo una heladera tras la sauna de la cópula) también resquebraja imperios y tejados, y el agua humedeciendo la alfalfa en un organum diabolicum de poeta agropecuario. Alfalfa, alfalfa, en lugar de la tontá universal de los telefoninos, en Lugo alfalfa, en Bombay, en Tombuctú y en Nogueira y Viñoás caminos con tufo a alfalfa, que estamos de la tecnología y del móvil hasta los h..., hasta los huevos del telefonino y su aquiescencia general.

ENTRE SOLEDADES, ITALIANOS DAIQUIRIS Y BABILONIOS SURREALISMOS

Hay interiores de latón muelle, de regadera agujereada. Nada que objetar. Poco sorprende a mi liberalidad extrema la advertencia del vulgus como coqueros gerentes de camping, como prole estudiosa de la webmaestría o de las calidades de los paños. Nada que objetar. Yo no soy su tipo (y a la inversa) Descreo de las pintas de oficinistas, de la gente que hace daño (los hombres hacen daño), del gregarismo tabernario, del futbolismo mercenario, de pasarme la noche durmiendo en lugar de deleitarme en la contemplación minuciosa de ley de verduras estrelladas en cualquier noche de bordes azucarados. Es ello la ley moral de Deus inscrita en la íntima convicción de Natura, la ley de los astros invernales cuando no hace frío ni pasmo en el universo. El lujo impersonal del alma impulsada arriba es como el tractatus de la noche, como una spinoziana inteligencia que pule lentes cavilosa, la esquila hermosa de un verso rítmico, el patrón melódico del placer sin mesura de las sensibilidades. En eso creo.


Así que piafad, piafad, humillos pequeñoburgueses, fornicios sin soberanía, piafad, piafad, con vuestra voz doblada, de tanto bajar la cerviz, de tanto careto inestético, lacayuno, feo, ineducado. Mi inmodesto punto de vista es que es pura necedad porfiar más en el piafar, porfiar en la liliputiense materia de casamiento, fundar familia, criar bestias, acabando en ser lelo anestesiado y general. De ese rebuzno, qué lejos aquella delicada orfebrería. Piafad, piafad. Dispendiosos a chismorrear con el telefonino, comprar haciendas (o desearlo), ver tele y trabajar como un abocado a las malas prosas. Os abajáis queridos, sin la diestra revolución, sin un anarquismo de derechas, os abajáis. Tanto que no quiera pensar, que no quisiera pensar que vuestro único lujo asiático es expeler duro tronco coprofílico, y no Horacio, los poetas chinos o las flores sin filoxera. Sois demócratas. Exactamente igual como yo no. Pues lo nuclear radica en elaborarse hacia arriba, ansia ilimitada de lo infinito celeste, no en abajarse agusanándose, no en ser gusano que canta o justifica o entiende o perdona a la azada que lo parte en dos. Individuo, es lo verdadero, conjunto, es lo estúpido y trivial y vil. Jerarquía, es el quid, pues la distribución jerárquica de los seres y las especies es el modo natural de distribución de los entes. ¿Quién es el lector que ahora lee? Dudo que más que un amamantado batracio nutrido por Leviatán, un socialdemócrata fabricado en serie y por los media, una mugre coleóptera tercermundista afín a la feúcha turbamulta, o bien una feúcha y muy poco pulimentada nenita de la cup. No. No a todo eso. No a todo. Apelo y acudo a la solitaria moral de mirlo indiferente al sol de la noche, apelo y acudo a los ríos wordsworthianos, a los dorados keatsianos, a las miliares estepas baldías de las fuentes, al magnificat de mi daiquiri tomado en principesca soledad. Vosotros tenéis estética de patata y alpargata. Yo peleo y argumento con las nubes, de mi cursilería orgulloso, de la proliferación de mi orbe orgulloso, y del genio que hay en la pasión de mi raciocinio. Piafad, vosotros mentecatos piafad, con las boñigas de la tele, con el neandhertal delantero centro, con la comisión central del mercado de valores, con la metástasis de esta sifilización conspirando contra el galopar de ruiseñores.
Yo me pongo mi escafandra y mi máscara antigás si con ustedes -piafad, piafad- he de cruzarme al salir de mi casa.

domingo, 7 de agosto de 2016

ACERCA DEL ESPÍRITU DE LA COLMENA PLANETARIA

Si Arendt hablaba de la banalidad del mal, forzando algo las cosas, se podría hablar de banalidad de lo vulgar. A mi juicio, desde mi ángulo, ésta es la Era de la Banalidad de lo Vulgar, tal su espíritu. Cierto que el anterior es uno de esos conceptos bull-dozer que, pretendiendo explicar mucho, poco explican, pero creo capta o describe muy perspicuamente la malhadada era planetaria contemporánea, la esencia y existencia de nuestra colmena. El xxi tiene el alma muy grosera, tosca, de oír pop deglutiendo pop-corn, de patología de opereta bufa, de un "divertíos hasta morir" lleno de calumnia y acabamiento nihilista. Parece la mente del xxi la típica de una suerte de astrólogo disc-jockey. Que Dios nos coja a todos confesados.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿qué ha ocurrido para tan lamentable estado de cosas? De alguna manera se ha sustituido de modo insensible y muy rápido la necesidad natural de cualquier mente hacia su realidad de belleza, verdad y sabiduría por una banalidad manufacturada y propaganda, se ha sustituido la mente culta por la promocionada mente yerma, la mente civilizada por la asilvestrada del supermercado, el derecho y la moral y las costumbres se han cambiado por el dinero y la publicidad, el orden que desea y ama la perfección por el caos despistado internaútico, se ha cambiado el juicio por el vacío, el campo por la metrópolis, el elogio y vivencia de lo lento por una velocidad desmedida, de medida no humana, la alta cultura por la cultura de masa, la creativa frustración, la imponderable idea de límite, por una euforia perpetua, el universalmente presente chirrido del turbocapitalismo por el clarividente silencio, la panorámica por el ultraespecialismo, la tecnología se ha puesto en lugar del arte y las bellas letras, la mitología de los mass-media en lugar de la religión tradicional, la ciencia en lugar de las humanidades, y, todo ello, para más inri, frente a una pantalla, constante y amplísimamente frente a pantallas, sea del televisor o de terminales computarizadas y ordenadores.

Todo ello ha causado mutaciones en los modos de la personalidad, por así decirlo, que conducen a todo y todos hacia aquello que no puedo menos de no motejar como "banalidad vulgar". Se pierden las potencias del alma debido a los nuevos tiempos y resta como una tristeza sin hilar, como un vacío que evita la lucidez. Se descree de aquella pasión científico-estética que nos induce al conocimiento puro de la vida, a la gran visión de lo real, al impulso a lo real. Ese impulso, ese eros (por decirlo a la antigua), es lo que creo que hemos perdido. El exigente impulso del silencio creador, el antiácido contra el irrevocable impulso a que nos empuja lo banal por vulgar, lo vulgar por banal. A toda vida humana le acaecen o afligen dos o tres tragedias, pero la energía de aquel impulso, te rellenaba de sentido, de designio y comprensión. Si mi hipótesis es cierta y lo que mueve ahora es el impulso de lo banal vulgar, a qué dudar que ello nos adelgaza y mengua en la sinrazón, en mentes sin interpelación con lo sólido y recio.



Diagnosticada, pues, la enfermedad espiritual del xxi, cuyo origen es, por decirlo metafóricamente, una sobreabundancia en nuestra dieta de pop-corns. Si, como decían los marxistas, dime lo que comes y te diré lo que piensas, precisamos una dieta con más fuste. Dieta de alto pensamiento y delicadeza de gusto y opinión en el sentimiento. Alimentos en contra del uso y la usura de este siglo xxi incipiente.
Puesto que descreo de revoluciones políticas, que inevitablemente traen desorden y violencia, arguyo y reivindico una revolución del yo. Arguyo y advoco por un ideal de vida basado, de alguna rara manera, en el leer-escribir, el meditar, el contemplar, y el experienciar. Me gustarían yoes (y el quid de la cuestión es que tal cosa sería liberadora) poseídos por pasión bibliómana, nunca biblioclastas, una lectura de grandes libros y una sabia lectura de grandes libros. Leer en busca de inspiración y resonancia, de modo tan intensivo como extensivo (aunque, creo, es mucho mejor la lectura vertical, pocos libros leídos a fondo que muchos por encima) Y también es bueno que escribamos; así vivimos dos veces. Por "meditar" y "contemplar" entiendo, además de lo que dicen las palabras, de su uso común, bastante más. Meditar, la meditatio, acaso sea la actitud por la tranquilidad, la apología de lo lento, la emoción tan sensitiva como melancólica, el sentir hiperestésico a la par que, simultáneamente a, el sentir calmo, el mecanismo subyacente a lo sublime y lo silencioso, el deseo en tanto que búsqueda del todo, el dejar que el mundo venga a ti (en lugar de al revés), la mirada abierta y perceptiva y desprejuiciada, sentimientos desgajados de turbiedades, la idea exactísima, la idea que sucede al sentimiento, la idea que lo precede, la idea convertida en Forma, el placer de la felicidad en las artes del empirismo interior, la pasión por signos fuertes como "alma", "verdad", "muerte", "vida", "destino", la cartografía de la síntesis, el don de la ebriedad, el hábito de la libertad, etcétera. El contemplar es el lado místico del meditar, un meditar elevado a la enésima potencia, un meditar a lo bestia. Respecto al "experienciar" lo entiendo como tener muchas experiencias, y, en general, fruir con ellas, pero, también, en su vertiente de vita activa y placer a poder ser superior. Intentar, en el experienciar, agotar nuestra pequeña galaxia de lo posible. Desde el viajar con los pies y el copular hasta la experiencia del arte y las palabras. Desde el marranear (si pudiese ser, poquito) hasta el emocionarse estéticamente.

En definitiva, que no debemos ser bobos satisfechos en nuestra piara, porcos na corte, sino aspirar a vida examinada, a vida inteligente (debemos empecinarnos en ser inteligentes), a vida vivida. Y que una buena muerte honre al cabo una buena vida.  Vale.

EL PRÍNCIPE DE LA SOLEDAD A LA HORA DEL DAIQUIRI INVITA A PALACIO

No a leprosería, a un palazzo les invito, al de la hiperestesia y los mármoles en las estatuas. Aprenderemos lecciones: Bernini, la astronomía egipcia, el morbo de las tarántulas, la música tout court.  Notarán cómo se adensa la belleza en el alma en transporte de pedrería verdina igual a la absenta. La belleza que, a través de los oídos y los poros, se mete en los adentros, la belleza que viaja del éter a los búhos, de los búhos al jardín, de ahí a la villa, esa belleza contigua a las estrellas y los bosques, se posará en sus ojos achispados. Que la villa sabe doctrinas de eromanías, de ángeles solitarios y meditabundos en las playas del atardecer, de hombres corydianos y amazonas dafnianas, de salvajes filosofías, cual una rural erópolis. Todo -lo juro- fluirá de luces oxigenadas, a diferencia de ese casquete de invisibilidad que pone la mirada en los objetos en nuestra actual época, y veremos plumas de oca en colores de Piero Della Francesca. Veremos, sí, sí, colores de una sutil fiore d´arancio, y geometrías que glorian al Amor, y cómo los gatitos cabrillean de luz rezumando aroma a espliego, y leeremos los Psalmos, y reiremos en fotografías de luces indirectas. Pero, nobleza obliga, desarrollen su legítima rareza. Desarrollen su legítima rareza y sean tapiadamente bienvenidos.

Qué hay en la villa; biombos, un óctuple cangrejo, cajas lacadas con razón suficiente, pensamientos latinos pensados por Rimbaud. También hay el cielo de Uppsala, hornacinas, una pequeña galería de fantasmas, seis sextantes, la rue Auguste hace dos siglos, Silvestre II antes de morir, dados, verdes mares de marihuana, sextinas, una boîte de la rue Auguste del verano del noventa y siete, moléculas que saltaron de la piel de chicas norteamericanas que tomaban el sol en la piscina y que una nube a transportado a Europa, libros de la Loeb Classics, gatos y rosas y cangrejos, pero que mucho sabor a cangrejos, y muchísimas cosas más.

La bullanga de la vida en el palacio estallará como palomas trinitarias, como cremalleras de sus tejanos. Y, claro, claro, estalla la belleza sin necesidad de decir "no", no se exige gritar un "no" lleno de hiel e injusticia, de sufrimiento y psicopatía, de sinsentido. Que la belleza moja la hierba, pone el líquido en la copa, arrulla a los amantes, la belleza aquí no dibuja tachaduras sórdidas. Gotea de ubres nevadas al comenzar el deshielo, es, en definitiva, la belleza en estos lares como una civilización sensata y clara. Encima a la hora del crepúsculo se disfruta de mucha soledad. Un crepúsculo gnómico, gnóstico, numinoso, alquímico, luminoso girasol alquímico, por el que zozobran las ardillas del jardín, y por el que la lluvia se empecina en caer inclinada.

De oro es mi daiquiri. De oros son los daiquiris. Amarillos oros, uñitas amarillas, infancias hermosas de oro, braguitas de oro, agua de piel de oro. Sí, oro. En la villa abunda el oro. De oro la hélice de sus ojos. De oro Internet y las catedrales. De oro la realidad henchida de arte y entusiasmo. Que sea vuestro el sabor frutal del daiquiri mojando vuestros labios. Que sean los labios mitad de guepardo mitad de Ava Gardner, mitad carpe diem mitad carpe noctem. Que el digitus del ángelus zumbe colérico en nosotros. De oro. Así de oro. Donde las avispas inconmensurables son de oro dorado. De oro.

Y en el palazzo la palabra "hafiz" gotea en la garganta, y el haxix afila dagas y las razzias ensanchan los pulmones. Las palabras son pérgolas de lujo retórico como la prosa de Nabokov, y, según las últimas estadísticas, una fuente mana. Mana y mana como una salmodia, como la débil Parca, como una pistola humeante en el negro capó de un auto, como un cerebro imposiblemente tartamudo y muy ingenioso. La fuente de la vida, llaman los chavales a las fuentes de palacio.


Invito a palacio. Queda dicho. Welcome, ladies and gentlemen. Nadie, a lo que parece, no está invitado.

EN BUSCA DEL CAMPO NEVADO

Nieva. Los copos empiezan a caer como un ballet de lirios blancos, como un vals de estrellitas suaves, livianas y mimosas, y en el campo de enfrente de mi casa prolifera un manto inmaterial que me enajena de la vida común, y me conduce a un trigal nevado y nuboso de paz, de lejanía y armonía.  Nieva; nada mancha, no hay pecado sobre el desenrollado foulard de armiño blanco del campo, nada mancha a la inmaculada nieve en este jardín de Dios. La roja sangre no existe. Buscad mi barca junto al río que deshace los copos, platicando con el barquero, no en el cúmulo de artefactos de la metrópoli, ni en la geografía agria y desmembrada de este paladar hosco del siglo xxi. Buscadme en la república de nieves y sedas, de nieves y noche, de nieves y luz, del campo blanco en un día Febrero.

Mi empresa es religiosa, como le ocurre a los hombres que emprenden trabajos serios. Como serio y feliz es el carácter amoroso con que observo a mi perrita saltando y dejando caóticas huellas. Su corretear es una tensión serena de opuestos, una calmada armonía excitada, al igual que las levísimas piedras del hórreo listadas de franjas albas, cuya luz fluye como si estuvieran en comunión con el tiempo, con el musgo no discordante, con la paz y los buenos sentimientos. Porque restallan y brillan las aristas de mi aldea, del planeta y los mundos. Oh sol, oh bendita luna, concededme vuestra mecánica, dioses que componen la Obra cual si fuera el mayor opus magnum concebible. Y la nieve -ese tibio, casi zigzagueante ballet- es cómplice de sus poderes, de su sujeción, de su respiración, de su resurrección. Cae la nieve como traza el calígrafo oriental el gesto. Caen bulbosos y menudos celofanes, como Dios cae en el corazón del hombre inoculando, inculcando, enraizando la fe y el amor. El espíritu de las nieves son joyas sobrenaturales, que, por milagro, se hacen presentes, materia viva. El alma de la nieve nos insta a la beatitud, a martillear dentro de nosotros con ardor el bien, nos impele a esculpirnos en nobles magnificencias y providencias.

Ahora el aire es seco y frío, pero la leña tibia o cálida, y Él me acolcha hasta conmoverme, con dulzura taumatúrgica. Nogueira se llena de una progresiva blanca cristalería casi adolescente, de faz inteligente. El orden derrama eros en las cuadras de las arrebujadas y senequistas vacas, también -lo veo-, sobre el tapiz de las infantiles estrellas, de las tímidas nubes. Se derrama una obligación de amar sobre las bestezuelas, sobre las mejillas gritonas de los niños, sobre la hierba húmeda y pura. Nieva como si orasen los lirios, cual si regresaremos del reino de los muertos, en lentas, rubias oraciones (la luz en oleaje atraviesa los copos) El lobezno, se presume, tiene la nuca caliente, y el buey es tal que necesitara la protección de mi casa, y los peces invisibles de este mar sensible de nieve, desnudan los sonidos amortiguados del valle. Está soberbia la naturaleza. Brutalmente bella. Hermosa y soberbia como el más fértil pinar. Soy, en mi mente, una nube que podría demostrar que todo existió siempre, que nada es nuevo y distinto. Intensas de agua de nieve, de cellisca plural, son las nubes dando sombra y nieve a los bosques. Creo.

Y en busca del campo nevado me muevo. A la busca de muy blancos lirios en flor danzantes. Y, ya desnudo, me siento en el regazo de Aquél que no conoce fronteras, de Aquél que no usa artimañas, y es dulce como una niña muy educada, o semeja un corzo saltarín, o una liebre a quien le late veloz el pecho, o no se distingue de una flor que Amor regala a Amador. Nieve: lirios, un hombre, una fe: una lluvia de nieve en aldea galaica. Porque tres objetos son uno: el alma, la verdad y un campo nevado.




ACERCA DE CÓMO LEER (Y EXPERIMENTAR)

A lo que leo, tras lo que contemplo y así como las razones y criterios de la contemplación, incluso a lo que siento, incluso también al pensamiento, a la hora juzgar o evaluar sus calidades, de argumentar su grado de bondad o eminencia, le aplico un exigente criterio artístico, implícito en los juicios, que ahora deseo hacer superficialmente explícito.

En la discriminación artística, en el sopesar y comparar, a la hora de informarme del valor de lo leído, e, insisto, estos criterios son extensibles al ámbito de otras experiencias, en la medida razonada del orbe libresco, lo reduzco todo a una cuestión de fuerzas. Sobremanera importa, a mi ver, la fuerza estética, pues la alta y sublime dramaturgia estética, el concretar lo bello en energía verbal, es don incomparable. En la fuerza estética relumbre y esplende la belleza, como en el centro de una emanante transmisión plotiniana, porque el dinamismo de kalós en las palabras cualquier cosa ennoblece y dulcifica, hace del arte algo no arrabalero ni menor ni industrial, nunca, en fin, objeto de vulgaridades predecibles; kalós debiera ser el norte, faro y destino de lo escrito, la médula y savia del verbo, el culmen al percibir la lectura. Pues la fuerza de la belleza eriza las pilosidades de la mente, nos transporta a reinos supralunares, vuelve el ojo de la percepción y la intuición una educada materia contradictoria de la chatarra y la bisutería de las ferias. La belleza endiosa al hombre, lo cumple. Y además la literatura bella conspira contra esta Era de la Fealdad, nos adentra en sinestesias de rumores vegetales, de densidad de significados lunares. Con hábito la fuerza de la fealdad nos posee, y nos deforma; con hábito de lo bello, la vida se transforma, y al bien nos conforma. Las sensaciones de lo feo embotan el alma, abajan las sensibilidades, nos abocan insensibles al pudridero de la historia, a la idea, como un Napoleón psicótico, de que sólo vale lo útil (como las letrinas) y no lo desinteresado y gratuito. Y a la busca de árboles hermosos en el bosque de los libros, permaneces y te inscribes en el gran orden de lo bello universal, galáctico. La belleza es una gloria universal que colinda con la gloria individual. La belleza permite aguzar los ojos y la mente ante lo particular, por lo que se convierte en corrosivo o acidulante o desincrustante de conductas gregarias. La Belleza, en esta época de fealdad ruin, es revolucionaria, la espita de una bomba contra el sistema. Algo bello aparece en nuestro siglo como algo alternativo, como un mundo posible de la gran panorámica junto a los grandes ideales, además, y según enseñan doctas tradiciones, la mente divina es, si es algo, seguro que necesariamente muy bella. Participar de un subconjunto natural de belleza es participar en el gran conjunto de la belleza divina. Porque también pudiese o pudiera ser la belleza noble dado que es moral, y, por tanto, en los hallazgos expresivos del escritor, vive en potencia la rectitud del orden (y eso es la sabiduría, el orden y el amor) Que el genio estético se deslinde del genio moral, que se lo evite y elimine, pudiera o pudiese ser un signo de decadencia. Pero, aquello que no es susceptible de duda, es que sin la fuerza estética, sin el qué y el porqué de la rosa, vivir es morir, la vida se torna lisa y literal y crasamente insoportable. Nosotros respiramos la toxicidad del mundo de modo irreflexivo y natural, pero, a mi ver, esto no significa que no somos más que enfermos espirituales. No somos sino moribundos o zombis (permítaseme la opinión contundente) si vivimos enfermos de fealdad en esta era de ocaso y fin de la belleza (belleza: por casi lo único que merece la pena vivir)

A lo que leo (insisto, tal se puede ampliar a lo que se experimenta) me gusta aplicarle el grado o intensidad de su fuerza cognitiva, o mental, o de pensamiento, o de don perspicuo de conocer con la fuerza del pensamiento inferencial y analógico. Con la expresión "fuerza cognitiva" indico la elevación y altura y gracia del pensamiento, sus retahílas y recovecos, su hondura y precisión. A este fuerza se le asocia, vano subrayarlo, la mente grande, la gran mente, el gigantismo inteligente, el cociente de exactitud de los productos cognitivos. Se ve en la gracia y revuelo del matiz, en la brillantez del razonamiento, en el diseño de la imagen, en el don de crear metáforas, en el análisis de los hallazgos, en la clarividencia, en las sinuosidades de valles y depresiones de la complejidad, en cierto valor terapéutico pedagógico, en la amalgama sutil de la síntesis, en el aumento, que a sí mismo se alimenta, de las ideas y sus ramajes, etc... etc...Que, en resumen, eidos es el esplendor del espectáculo imaginativo y racional. En la fuerza cognitiva, a modo de voz baja, surge la pleamar de la verdad. Tras la fuerza cognitiva se mira y admira, retumba, hay en ella, tras ella y bajo ella, la Verdad. Un magnificente eidos en pos de la verdad, no sería mala definición de la fuerza cognitiva. Además creo que en la creatividad de la verdad se figura lo grande, lo definitivo, nunca la pancarta triste del tétrico nihilismo. Creo (con convicción) que debemos creer en la verdad, ya que la verdad aclara y discierne, discierne y sustancia, ama y conoce. Para mí resulta una alfalfa intelectualmente muy bajita, además de que crea una suerte de depresión anímica, la apología sobre la disolución de la verdad. Veo una suerte de conexión entre la corrupción de la verdad y la corrupción del lenguaje. Malos, malos tiempos son, para los buscadores de verdad.

Por último, a mi ver y entender, es relevantísimo evaluar la fuerza sapiencial (en lo leído y contemplado) La fuerza sapiencial poco tiene que ver con muchas de sus versiones degradadas, sino con el don del esclarecimiento, con la tentativa de respuesta al enigma. Discernimiento vital y moral, en definitiva. La procura de solucionar las constantes de la naturaleza humana, de escribir sabiduría en nuestra alma interior. Es una brújula o mapa frente a las oscuridades, un entendimiento de las cumbres y los abismos, de las simas y las trampas. La fuerza sapiencial mapea el territorio del corazón humano con poesía, filosofía, novela, imaginación, ética y ejemplo, brillo y estética. El sabio acierta en la diana, y nos insta a ser ricos y maduros y floridos, elaborados y reales, nunca hombres huecos. En el alma elaborada suenan diapasones estelares, autoconciencia del cosmos. La energía sapiencial es un examen inteligente de la vida. Un poner una dimensión astronómica en nuestra pequeñez mineral. La sabiduría niega nuestra propensión a la mendacidad.


Hemos dado los titulares de las fuerzas. Si las desmenuzamos acaso veríamos otras subfuerzas alternas como la fuerza musical, la fuerza lógica, la fuerza gramatical, la fuerza retórica, la fuerza astronómica, la fuerza teológica, o sea, toda una desplegada fuerza de tríviums y quadriviums. Pero, las energías seminales, creo, son las antedichas. Todo se reduce a un análisis o explicitación de la belleza, la verdad y la sabiduría. Dónde están ahora las obras bellas y verdaderas y sabias, dónde lo hermoso arrebatador, lo inteligente por maduro, lo lento por sabio. ¿Dónde está la medicina del alma? ¿Dónde está la verdad que hemos perdido con el nihilismo?¿Dónde está la belleza que hemos perdido con la imagen?¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con la tecnología? Parece, se diría, que la fuerza de lo mediocre destruye ríos, anega ciudades, embrutece corazones, confunde mentes. Se diría, parece que la forma informe es la fuerza del orbe. Dónde la Forma en lugar de esta atrabiliaria ensalada de ruidos y palabras. ¿Dónde?

sábado, 6 de agosto de 2016

ORQUÍDEA Y ACEDÍA

Verano. Northlilia -tierra al norte de los lirios- en silencio y el mundo en calma. Posesión de la noche en el espíritu perfecto del pensamiento. Divino primer día de la creación. Noche azul. Una pradera me convida al agua, me transformo en un gran susurro vegetal, veo acordes de respirada luna azul dentro de las fosforescentes luces de la noche. Y pienso con el mismo cerebrito de una planta. Y siento con el mismo sentimiento de una manzana. Tengo ese acceso a los objetos de natura mediante el cual mis deseos pueden alzar ríos, provocar torbellinos en los ríos. Quietud del verano. Quietud que es significado. Un punto de quietud en el eje del mundo, quedando éste ahora suspendido en la fijada voz apergaminada de las abejas, en las savias de musgos frescos de las fuentes. Albada de trompetería sinfónica -lirios mozartianos, prímulas bachianas- en la turbamulta de los pájaros al amanecer a quienes presto un oído de seda y nácar y nada. La creación es real. Negra noche como es negra la media de hembra. Ah mi feudal aldea gallega; treman como músculos de un violín cada una de las piedras y los palleiros. Justo mientras nace el día acaba de cruzar por mi jardín una ardilla. Pienso y siento, lentitud del pensamiento. Noche y alba, lentitud de la soledad. Matrimonio de orquídea y acedía. Conmigo la estupefacta sombra de la ardilla con su cola azul.

Primavera. Rapsodia de Northlilia clara e intensa, como de mirar y oír muy quieto, mirar y oír y entender desde la flor amarilla hasta la cola azul de fuego de los meteoros. Me gusta mirar nubes, ponerlas en el hueco de mi mano y mirarlas, investigar nubes como quien elabora ecuaciones líquidas. Las elucido parsimonioso. Veo su bella verdad enlazadas al gran Orden, al orden de campanitas sonoras de los abejorros, al orden de los huecos de silencio llenos de luz tamizada de trigos y mies. ¿Sufrir? Me voy puliendo como con piedra pómez, y caen escarchas de sufrimiento. Y contemplo como se pulen de sexos diamantinos las hojas, como la savia circula por la arborescencia de los cerezos, como mi mente sanguínea se une con razonamientos intangibles a la mecánica de los milagros. Ah esta primavera que adviene con fuerza de destino. Las ondas del peral en mi iris reverberan, el tufo del eucalipto hace aumentar la densidad de las moléculas, y florece el tojo y sangra el hocico de los jabalís. No investigo, contemplo. Así como el científico elabora ecuaciones, y el poeta metáforas, yo elaboro contemplaciones extraordinarias e incorruptibles, insobornablemente hermosas y no caducas. Llega la hora del menstruo de las primeras mariposas. Matrimonio fulgurante de orquídea y acedía. El amor -lo bien creo- es un noble metal amarillo, el sexo un elemental lirio salvaje. Y nobles, muy nobles bestezuelas azules los trigos. Y es noble el alma y el espíritu. Rapsodia de verdes. verdad. Se alcanza -diríase- la delicadeza suprema de sentimiento e imaginación.

Otoño. Convalecen de frío el valle y los bosques. Caminos del bosque donde se ven copular a íncubos y náyades, donde -también- se llora de alegría si algo entibia el sol la piel. La piel de la espalda que me besa un ciervo. Dos astros se siguen como sigue el adjetivo al nombre, como sigue la sombra al cuerpo. Mastico unas hojas de helecho y, poco a poco, me duermo bajo un nogal. La Realidad es igual a este circunvalante verdiazul gallego. La Verdad es el milimétrico goteo de las fuentes, la Belleza son las orugas, las senequistas vacas, eros, philia, y ágape humedeciendo mis labios. Y otro ciervo lame mis nalgas. Compacto matrimonio de orquídea y acedía. Porque Abril es el mes menos cruel, y no hay fealdad en los petirrojos, y óperas de vientos invaden el silencio. Más allá del valle está la sifilización; el reino de margaret astor con las braguitas con el pespunte deshilachado, el reino del viento de los acrílicos color seca pulpa lujuriosa. Pero aquí no existe, sensu strictu, lo hermoso y lo feo, el antes y el después, lo agradable y lo desagradable; aquí todo fluye indiferente bajo el árbol o reloj cósmico de las ideas unidas a la visión, de los objetos con el corazón fundidos.

Invierno. Entre feos y estúpidos, mediocres y soberbios filisteos, vivía antes en el Reino de las Afueras. Pero había en mí un gran orden de silencio. Anhelaba los lirios del campo, las aves del cielo, las margaritas silvestres, contemplar nubes. Con íntimo orgullo he de decir que poco me turbaban los afanes del dinero y la industria. Pero mi mente era una paloma atrapada en la turbina de un avión. Sueños de águila despedazados por las aspas de helicópteros. Presentía en mi empirismo interior la cola azul de las ardillas, la cola peluda de los meteoros, la sombra y los abrazos de los piñeirales del bosque. Lentamente me abracé al silencio, a mi sustancia melancólica y dichosa, a ver la pupila de la lechuza. Ha tiempo que vivo en Northlilia. Renací.

Ahora me gusta cada invierno pasear por el Sendero de los Melancólicos. En mi mente a veces hay pensamientos lujuriosos, acrobáticos, hay afectos rococó. Pero el frío se incendia y se escalofría de calma mi mente; no, ya no sangran en su anzuelo las ideas, parece que nunca cansa la verdad ni la nieve en el camino. Ahora mi yo es una roca gozosa de palabras amantes, de palabras suaves como piel de conejo, de palabras tersas como piel de pimiento. Advierto en mí palabras-oruga: esas que amo por que son lentas y recias. Advierto palabras-lobo: en los riscos de la suprema luz de Enero. A veces creo que mi cerebro piensa con el cerebro de un caballo, con el cerebro de un helecho. Y, vano decirlo, poco más soy que muchas y muchas lluvias. Consciente de la quietud, la calma y la hondura, a mí mismo me digo, "amor vincit omnia", me digo en voz baja, "Northlilia fidelis, protectio fortis".



Postscriptum. (i)  Miro el río. Las aguas escribes astillas invisibles de frases perfectas, oraciones de un lento e intimidante fulgor, párrafos y libros de un gozo intocable y definitivo. Existe un vigor lingüístico en el río que sólo se aviene con el término "sublime", allí donde el agua esplende como húmeda piel de abeja, allí donde el movimiento de los renacuajos son pequeños momentitos de redonda soledad, allí donde se percibe el símbolo, la figura anhelada, la orquídea y la acedía del Uno, de la forma y lo verdaderamente musical. Oigámoslo empapados de soledad y silencio en la orilla del río. ¿Qué es el silencio sino una hormiga que recorre el planeta de tu mano?¿Qué es la alegría sino fluir del agua y sol en los regatos? (ii)  Amor tributario exclusivo de lo sensorial y lo espiritual. Eso es amar el impulso de las nubes, el agua intocada y sagrada. Eso es amar la luz, las nubes y el destino. El ángel del delirio cada noche ilumina a las estrellas y tú duermes mecido por el suntuoso toisón de la vida. Ah la catacumba plácida y hermosa de los sueños, como la poesía, como la acolchada noche que dimana olor a naranjos. El alma vaga con avidez entre el tumulto de olas de eros. Eros es orquídea y melancolía. En Northlilia razono y siento como la espiga, como una nube sonrosada, como el oscuro Marte, como un monte espeso o una isla solitaria.  (iii)  Los ojos de náyade floral de las fuentes aquí están. Y los labios, mitad de letras, mitad de brasas. La orquídea y la acedía no se describe, se vive. Todo acabará en un "the end" o bien en un "game over", pero del corazón de Northlilia, de sus almas, veremos ángeles, serafines y arcángeles que  a lo alto vuelan...






viernes, 5 de agosto de 2016

DE LA IMPOSIBLE REVOLUCIÓN DEL GUSTO O ACERCA DE LOS MIRLOS

No sois vosotros, y procuraré decirlo sin que medre
el habitual mimo acaso memo que os dais,
no sois Pericles ni Polibios, ni, claro, claro, Platones,
sino una muy probable forma amorfa de sofistería, ruindad e ilusión.
Nihil novum sub sole.
Pero conste que un poquito os quiero, un poquito sólo eh.

Yo quiero a los mirlos coronados, súbditos exclusivos de sí mismos,
cuyo pensamiento es sol al filo de la espada,
con un sentimiento que es a los ríos de las lunas
lo que los bosques a los ríos de las sombras.
Yo quiero a las sagas heroicas de los pájaros,
a la prole de Zeus en las pestañas de los mirlos.
Mirlo. Mirlo al sol. Eso quiero. No sombra o cueva, o nicho de mirlo.
Canto, evocadora armonía de mirlo. Quiero la albada tonante de los pájaros.

Pero vosotros, pero nosotros, descreemos de la nieve en la garganta de los mirlos
y gustamos de voz grabada en micrófonos. Reproducida en DVD (Donde el Vacío de Dios)
Tú y yo, somos nenitos y nenitas feúchos, malcriados adolescentes de nada ilustrada
belleza. Somos una idea mal gobernada, un intratable pueblo de cabreros analfabetos,
mamones, pijos, progres, chupatintas, batracios, discotequeros, zampabollos, meapilas
y cagapoquitos, vagos rumiantes de siesta o workalcoholics, ignorantes menores de edad
de barrio de salamanca o Vallecas, del Deep-South o Barcelona, de Ponte-Caldelas o Lugo,
somos africanos macheteros, degolladores como el FMI, y nos alimentamos
con una mezcla de bobería forrada de memez untada con salsa de bollycao, y bebemos berzas (y abusamos de cervezas), y -lector, caramba que lúcido retrato perpetra el escriba-, y
respiramos frijoles, maltratamos amores, somos un intratable pueblo de puteros, un intratable pueblo
de revistas femeninas, chismorreo maledicente y Real Madrid.
Todo el largo excursus para evidenciar que no, no somos divinos mirlos.

Oh auxilium domine, preciso ser un mirlo, he de leer
y amar hasta ser indiscernible del mirlo,
saber de la bendita soledad y de la energía del silencio
que todo lo abarca, aprender a estar quietecito en casa,
contemplar la plenitud, la virtud
del inverso invierno del verano, de los animales dorados,
de las fuentes al mediodía lubricadas al mediodía, del orbe
blanco y juvenil de las galerías interestelares, allí donde moran los dioses,
donde el mirlo blanco difama patricio al Cálculo y la Máquina,
allí donde nunca se chapotea en el Océano Gris de Internet,
y no hay u.s. navy con cabecitas de chorlito,
ni Podemos ni PP,
sólo mirlos que Casandra profetizó
y obediencias a Ifigenia a orillas del Táuride.
Todo el excursus anterior para aseverar que se precisa
una urgentísima, velocísima revolución del gusto.

Que la verdad del universo son mirlos y no moscas,
gloria de pájaros, genios conspirando contra la medianía.
Que la Vida, oh mis dioses melancólicos, sea gloriosa y no moscosa,
heredad púrpura, reino incorruptible de la delicadeza,
sinestesia horadada por lo sublime,
que las moscas son vox populi, y los mirlos vox dei.
Que el zumbido de las moscas
es lírica gomosa, lo sabe y signa The Lord of the Flies,
que el mundo tiene color mosca, alas de mosca, legañosos ojos insomnes de mosca,
feas, feas moscas nada exquisitas, moscas que tienen dinero
o pobres mocas que lo anhelan, cansinas moscas
-el mirlo (miradlo) magnánimo se zampa un néctar de moscas-
moscas, lascivas moscas, p... moscas.

De lo que se deduce, de lo que necesariamente se infiere,
lo que implica de modo y manera incontestable,
de lo que se sigue como la sombra al cuerpo,
que no,
que no soñemos sueños irrealizables queridas moscas, quiero decir,
queridos míos, que no es posible
siendo como es lo exclusivamente necesario -no hay alternativa-
una Revolución Universal del Gusto.


DE UNA MONÁRQUICA APOLOGÍA DE LA LECTURA

Leo en silencio. Con la fuerza silenciosa del yo, con la bendición de la soledad, para ver a través de la página las esferas del cielo y los círculos del infierno, leo en soledad, para aspirar a una visión bajo el aspecto de la eternidad, leo en silencio, leo, aspiro a leer, como si poblara el mundo bien por arriba o por debajo. Poblar el mundo desde arriba al leer y descreer de las mezquina usura de las palabras como moneda común, y creer, en su lugar, en palabras aureoladas de silencio, palabras tensas en su interior, palabras-oruga y palabras-lobo con su genio patricio aristocrático, fuera del orden consuetudinario, dentro de un ordo divinis, leo en la noche aumentando mis riquezas en cada página leída. Leer, leer, leer; leer hasta el fin del mundo. Leo para la gloria.

La noche se hace meditación en la página leída en silencio. Un silencio de siglo de edad media, vegetal y claustral. Una emulsión de profundas vibraciones se transfiere del fresco aire a mi mente. Leo . Soy. Limitado y paradójico, en mí la serena meditatio tranquila. Sucesivamente se traspasa el límite. El libro se hace conciencia. El verano es. Mi mente se aguza y oigo avispas a cientos de quilómetros. El intelecto se aguza y vacía, y oigo ideas como burbujas coloreadas. La impresión de la lenta lectura meditada y memorizada es este silentium que resume la expresión "entender con carácter intuitivo". Como que leo poemas debo vestirme de gala, ponerme agua de rosas en las manos, pasear mi mente con un bastón lacado, oh río del libro delicioso en mitad de la noche.

El río melodioso, el río del tiempo (tic-tac), ese río de silencio dentro de nosotros que somos, ese río de memoria que irradia. Lento veo y creo que los hombres se desabrazan al silencio sin leer en la noche. Pero pienso: ¿acaso no nos solicitan las impertérritas estrellas?¿no tiritan acaso como guisantes enanitos? El cielo estrellado de mi aldea gallega es lo contrario al chirrido de barbarie técnica, a la turbovelocidad cifrada en la quantitas y no la qualitas, a la férrea ley del número, a tanto sonido terrorista e ineducado en esta Era de los Orates. ¿Dónde la elemental oceanografía del silencio? ¿la medida humana del silencio? ¿la aventura de leer y amar en un amalgamado compuesto de belleza y bondad, de belleza y verdad? A veces creo que condición del pensar y crear es la nochesoledad. Para muchos sus fines, su esencia y existencia, supuestamente no existen. Incrustados en los propósitos digitales del ruido y la máquina carecen de desincrustante. Falta alma. Falta amor. Falta nochesoledad.

Al obispo de Corpus Christi, a mí y al Señor, cada vez nos ofende más Twitter y Facebook.  Hay que leer contra el océano gris de Internet. En papel te elevas, en e-vida te abajas o agusanas. Y, ¿qué es mejor, un gusano que no saca la cabeza de la tierra o el volador de universos? Si usted me ha leído hasta aquí es muy probable que no carezca de sentido de las cumbres y el abismo. La cumbre es , a mi juicio, el daimon de lo recio, la capacidad interpelativa y asertiva del sentido de lo sólido, lo vertical, el libro, el gran amor. El abismo es, a mi ver, que se adueñe del planeta de los vivos la enanísima mente financiera, ese subnormal objeto de subliteratura de Donald Trump, la zafiedad de la música coribántica -que no educa-, la ilegible abominación sin metron de la tecnología. Sí, hemos pecado de hybris; las horas perdieron su raíl, los hombres pecamos de desmedido furor, y, si nuestro patrón es el infinito del consumo y la avaricia, la tela es esta infecta y excremental realidad. No. No a todo. A las burlas irrespetuosas y sarcásticas de lo sagrado, a la lujuria soez que hace estallar los tímpanos, al soniquete de Windows, a la nunca ni astrológica ni no cabal pasión por la ternura, al afán deliberado de hacer del verde y viscoso de humedades musgo, del azul océano de la delicia, un seco y agrietado cartón aplastado. En la nochesoledad el azul de mar de isla en el trópico es lo bello sublime junto a, seguido de, lo bello verdadero. Predicador barato o jeremías mesiánico pensarán de esto si son unos integrados. Yo, como el mundo, soy apocalíptico.

Porque mercachifles de la decadencia nos desgobiernan. Con mi barba presocrática y mi pelo perfumado y ensortijado, insto a que se lean baladas, se canten poemas, se reciten ensayos rimados (y ritmados) Observo a los universitarios de ahora. No leen monárquicamente, no hacen una apología de la lectura monárquica (si leen) La natural e intolerable irritación ante el límite, el anhelo de evitar el constreñimiento, pocos, muy pocos lo tienen. Son almas faústicas de todo a cien. La honrosa cosmovisión de la gran panorámica, el extático cielo del orden y la sabiduría, lo sustituyen por las gominolas en el quiosco. Para ellos la vivencia de la perfección, y el gran pensamiento amoroso, y la religiosidad -de lo que fuere- vivida con dignidad y santidad, la creen en un cómic o una película. Qué baratura, qué infantiles. Con su apocada mente encharcada e igual al diámetro de un charco, van directísimos a las olas grises del océano industrial. No entienden nada del inexorable destino de lo noble, de su mesura y diapasón. Y son el futuro, es decir, la nadería de los chuches comprados en el quiosco al lado de la uni.

¿Y sus padres? (los de mi quinta, los cuarentones) Discúlpenme si soy un tábano agresivo y tosco. Pero es que es crasa, literalmente desesperante. Al hacerse con el sexo conejero y la turbamulta de banales imágenes inconexas, dudo que sepan pensar. Al no leer y no ver más que chismorreo maledicente y librillos mendaces para el enterteinment, poseen en grado soberbio la antivirtud de lo vulgar (y en cuerpos ya feos), la visión simple y manufacturada en serie, y, dado que pusieron un muro suicida con la tradición, se explican con las chuscas y opacas y oprobiosas absurdas boberías feministas, y futboleras ellos, deviniendo el espíritu del universo un ruido amorfo, insereno y trivial, un nada fausto regurgitar la hez y su envés. Hoy las personas se tornan cada día más iguales, van al mogollón, no hay ideas claras y distintas sobre el bien y el mal, la psicología popular machaca el gustoso y elevado arte del matiz y la comparación, los mass-media vuelven el pensamiento noticia, la realidad espectáculo, se confunde concepto con propaganda, publicidad con logro, el spot y Dante, Tolstoi con Rowling, la danza con la descoordinación, vale más esa infusa tropelía de majaderías de Podemos que un poema de Shakespeare o las teorías de Popper, la gente no corre riegos para avanzar en su interior, se medican y drogan, tienen hijos imbéciles a los que no han sabido educar, y google ha colonizado y troquelado sus mentes de modo vastamente bárbaro. En fin, lo anterior es obvio, a qué solemnizarlo. Yo aprendo de las voces falstaffianas que se carcajean de esta decadencia neotecnológica o edad electrónica de piedra. Y, si careciera de fuerza interior, me vería como un mono loco monologando.

Para luchar contra todo ello me sirve sobremanera el silencio, las páginas leídas en silencio y lentitud de madrugada. Así oigo la revolución dorada del yo, mi ser solemne, mi ahormada mente bíblica, y no las achatadas mentes googlelianas y financieras. Así no oigo el mundo estruendosamente ruidoso. No. No a todo. A los castillos de cemento con sonido de ruido y furia, al técnico tétrico rumor que nada significa, al non-sense indocto universal, a esta España estridente y salvaje y gritona, al sonido brutal de la incultura española peor que un hacha en las vértebras. A mi Plotino vuelvo. A Nabokov y Villena. Nunca a Rajoy, el tipo ese igual a un oficinista de fábrica de tejidos y paños. No a este Rivera que tiene diarrea de palabras y estreñimiento de ideas. No a Sánchez, émulo guapo de un ignaro majestuoso, desnortado y sedicioso faquir. No al vulgar Iglesias, peor que la sarna, que rebuzna en vez de razonar. Nada me ata a esas industrias mendaces. Mi patria es mi biblioteca, no ese enjambre de zascandiles orangutanes tan mediocres. Lo mío es el matiz de Bach, el matiz de los árboles melancólicos cuando cada otoño crean perfecciones, la prosa de James, trasunto de la espumosa lluvia, lo mío es esa verja historiada llamada Proust, y la tranquilidad de las sinestesias al leer poemas en silencio. Para vosotros, oh votantes, la desastrosa pasión informática, la anomia moral y la pobreza social; también, si queréis, la metrópoli. Y la cultura de masa. Y la T.V.. El mal querer y el mal sentir. Para mí Deus, la ciencia unida a la filosofía, el silencio como objeto, el silencio y la lectura que la civilización se jacta irresponsable de haber tirado a la escombrera. Vivir ahora es difícil. Estoy solo, orgulloso y solo. Leo en soledad, leo para la gloria, al modo de un monarca al fin del imperio.

Leo para no trabajar. Para no caer en esa rara satrapía instalada en la mente de los hombres, en esa antilógica afición, en ese castigo que se apodera del gozo, en ese embrutecido narcótico neuroléptico y cataléptico, en esa durmiente e infausta caverna, en esa no compasiva iracundia, en esas decenas de cataratas de e-mails, leo para no trabajar.

Leo en silencio y compacta soledad para vagar, holgazanear, haraganear. Para vivir en la errabundia de la pereza, y memorizar sábanas y páginas y poemas en lugar de la casposa voz de los compañeros de trabajo, leo nubes y astros melancólicos, creo en la vida estética y en la ética delicada de la lectura en pachorra de vagancia. Todo con tal de vagar fuera de la caverna.

Contra la caverna se define o dibuja la monárquica apología de la lectura. Contra comprar productos, y almacenar dinero endeudándose, y trabajar más para pagar las deudas. Una invectiva contra el cavernícola uso de la caverna es la lectura. Porque hay unas primicias de sol y luz en los mundos interiores y exteriores del libro. No vivamos en la cárcel de las sombras ineludibles ignorantes del bien, la libertad, y la belleza. Si estamos gratamente satisfechos con nuestras vidas (por ejemplo retrepados en el sillón ante un programa de la tele) ignoramos otros estados de plenitud y verdad. Si somos arrogantes temerarios, o temerosos sandios, por no leer, nuestro máximo logro será alimentar y permanecer en la caverna, maniatados y confusos frente al aparato del televisor. Al leer como monarcas advertimos de la Realidad como hecho inacabable e inagotable, extensísimo  y sutilísimo, que hay, en fin, mundos mejores más allá y más acá de uno mismo, fuera de la ilusión de verdad de nuestra pequeña realidad. Leer es empezar a salir del estado cavernoso o cavernario. Es aprender a ascender. Leer es explorar el ser, experimentar una meditación gozosa (aunque a veces difícil), ser aspirante a sabio tras superar los trances de la sombra reflejada en la obscuritas medioambiental.
Si no trabajas no te distraen las sombras de la cueva, si no trabajas en la oscuridad lúcida del verano leerás. Quietud del libro en mitad de la noche. Quietud y medicina contra el odio, fármaco contra el veneno de los mediocres. Leer: pedir más vida a la vida, más noche al verano, más belleza a la sabiduría, más ocio a la vida. Yo no trabajo. Leo quedamente. Con mi sensibilidad lectora deploro alma no alada de oficina y finanza, de comercio y fábrica, de fatigosa burocracia y gregarismo. Quiero la cima, subirme a las espaldas del cielo, ir propulsado fuera de lo común. De manera subrepticia empieza a vencerme el sueño. Mañana no trabajaré.

Leo en total soledad y silencio. Gusto de almas de oro, no del bronce tabernario. En soledad y silencio no arden los bosques por obra humana, y mi aristocracia se sustancia con pasión de símbolo y fuerza de filosofía. Ah qué de pastorcillos y vírgenes doncellas leo. Fuera brutos, lo light, y la lightcidad. La perfección es este feliz misterio que sondeo. Cuando la página se funde con el que la lee, cuando emerge del alma un pensamiento y se dirige al objeto de la palabra leída, al elucidar su forma y esencia, el pensamiento regresa a la mente de nuevo, y entonces, zas!!, fiat lux. Y así también se activan acentos interiores creadores, se accede a intensivos niveles de significado, se alcanzan alusiones remotas, y, todo con luz, se aprende a ver. Emerge la epifanía en olas sucesivas de alegría para el sumo deleite del corazón. A mi ver, la extrema soledad y silencio, el claustral aislamiento -como de aldea y nieve-, son la vía regia para tal elaboración. Esto es leer para la gloria. Cuando la soledad de la página leída se coreografía contra la mezquindad del mundo. Y en el bosque del bendito silencio nacen frutos: palabras, palabras, palabras...

Dado el tono semioracular de este largo post parece que deliro; un perplejo delirio; pero quien lo probó lo sabe. Hay que ser valiente en la visión; la cosa no es meramente ni aproximadamente asunto de relojeros. Leer para la gloria es un destino. Como ser rey o ser meteoro. Discúlpenme, no quiero escribir más. Estoy cansado. No quiero escribir, deseo leer. Leer hasta el fin del mundo. Leer en monárquica apología de lo mejor. Leer hasta la gloria. Vale.  

miércoles, 27 de julio de 2016

SOBRE LA TEOLOGÍA DEL MAIZAL O INQUISICIONES SOBRE LA DIFICULTAD DE HALLAR A DIOS EN UN MCDONALD´S

En la doctrina popular medieval acerca de los temperamentos algunos señalaron, enfatizaron más bien, el ocasional desvarío bestial debido al silentium. Que era, decían, un planeta plomizo y destructivo, una hiel de bilis estuporosa, que regía un cosmos, que el silencio regía aquel cosmos, pleno de astutos titanes falsarios, de hombres cuyo corazón espiritual era un cielo necio y estúpido y tarugo, destacan, igualaban ellos el silencio con las artes de belcebú; al silencio debemos odiarlo concluían.
Pero la verdad asoma o besa siempre tibia los labios; el silencio vaga en el pensamiento con una realeza sin pena ni desdoro, con una realeza de púrpuras y damascos, de piezas de Estambul y oros fenicios, y resalta el dulzor fugaz del entusiasmado, y es rubí que brilla como la fe del pueblo de Israel. Creemos, a diferencia de la propaganda contemporánea, que el silencio es piadoso con el alegre, enemigo de la acedía, sutil como un bálsamo, desbrozador de la tumultu. En el maizal hay paz.

Para ver los enormes beneficios que provoca el silencio, enciérrate de por vida en cabaña islándica o gallega. Con tabaco, sin amigos, con buena calefacción, con pocos pero doctos libros, enciérrate libre como una libélula, ausente tanto de la fascinación por tu identidad como del entusiasmo típico de la aventura solitaria, enciérrate, paz a los hombres, sin recelo a nadie ni nada en particular, cierra los ojos, cierra el libro, y, después de mirar, escucha, oye, percibe, pon ahí, a eso, el oído.
Permíteme, dado que yo no oigo lo que tú oyes, decirte qué oigo yo cuando yo oigo. Oigo un run-run de admiración universal por la necedad. Y seres acaso brillantes cotorreando como la chatarra. El ruido del circuito cerrado del agua en las tuberías. Oigo un viento profundo que me hace creer que pienso y siento más profundamente, cuando, por desgracia, mis pensamientos cojean como las cosas, puesto que mis ideas -demasiado tiempo viviendo en la barbarie- no son lámpara sino barrotes, no indican un zigzagueo a campo abierto sino que son cojas astillas de huesos. Oigo el jardín de mi mente, y me apena ver tanta animadversión a mis defectos y faltas. Oigo en el jardín, como ondas que vienen del mundo de la barbarie, y con lúcido desparpajo fosforescente oigo populosas protuberancias maquinales, que chirrían y crujen, que crujen y borbotean con disonancias feas. El mundo es feo y se han escrito demasiados libros. El mundo es un McDonald´s literalmente feísimo y horripilante. Gracias a Dios la abundancia de nieve islandesa (o gallega) absorbe este remanente de sonido feo de más, afortunadamente la nieve da o provee de pureza a la felicidad. Me recojo en mí mismo y hablo con aquel que conmigo va. Mi fruslería es chabacana. Pero percibo vislumbres, como otra euritmia, como si se me desincrustasen sonidos cacofónicos feos, y me esfuerzo que en esta soledad ardua el alma sea gustosa a sí misma, y, como un perro, espero el hueso que el destino me quiera echar. Oigo. Quieto y lento oigo. Y así el silencio se alimenta de sentidos, algo de carne y mucho amor. Y así creo que mi adentro es bello y que quedan muchos libros todavía por escribir.

Hermosa servidumbre de amar seres humanos, y objetos, y animales, y lunas, y los días de la noche, y las noches de los días. El silencio, alrededor de este claustral maizal, se parece a un árbol verde con la punta blanca de nieve. Comienza el silencio en el norte vago de la bendecida noche, y acaba al sur, al sur de las esferas que se asientan en la bóveda de natura. No creo en ello, lo sé. Y además es verdad. Miro el norte de la noche y el sur del universo; por ahí merodea un enamorado sentimiento callado. Ahí mismo, en mitad de ese mar de flores como una única revelación. En la fe de ese mar lleno de aves de color. En la fe de flores amarillas y reales y familiares. Bajo el mar de aves azules y sabor a eucalipto (que el silencio es singular y se despierta cuando todos dormimos) Dadme, oh dioses, la fe de verde savia en el impulso de las aves del cielo, y dadme un fondo de peces en el agua hondísima, y un arroyo que mana y encierre al yo puro. A veces la vivencia semeja la poderosa tensión de la brida. Proveedme de experiencias ricas, de esos silencios del bosque al irse las luces últimas del crepúsculo, de frutos que muerdan las perdices, de la piel de los pimientos. Creo que me acerco a algo. Que me alejo definitivo de los sobres de mostaza de plástico del McDonald´s. A veces el mundo es cruel como ver caer en picado un avión repleto de pasajeros. A veces la vida se parece a las gaviotas despedazadas por la turbina de un avión o las hélices de un helicóptero. Pero a otro orden me acerco.

¿Silencio? También debe ser Dios platicando con las moléculas de los maizales. No creo que el silencio sea mi voz hablando diletantemente de los significados del término "silencio", de los significados de la palabra "maizal", sino el logos divino -su lengua y voz y saliva- permitiendo la verde savia de los maizales, permitiendo nuestro uso de la palabra "maizal", el logos que conforma y estructura, la fuerza azul y con estela de cometa que sombrea los campos de maizales del mundo bajo el denso macizo de Andrómeda, el logos que pone las briznas de hierba en las gruesas lenguas de las vacas, el verde silencio bajo el que el día avanza y la noche rompe. Dios es el sorprendente viento que agita mies y abrojos, los ojos sorprendidos por todo de los lobos. Dios es. Dios existe. Está en los objetos y la abrasiva memoria, en la razón y en el entristecido canto de la tiniebla, en el meditación que yo escribo cada noche y en las conversaciones de los hombres desde la noche de los tiempos, está en el oro con que el agua entretiene al verano, y en las piscinas de los pabellones, y en la simetría ordenada de los perfumes, y en la horticultura litúrgica de las orquídeas, y en el animal, y en cualquier afán o exaltación, y en cualquier género de ley, y en las prímulas, y en los instantes, y en las estrellas, y en las distinciones de los filósofos, y en las nubes, y en todos los cielos desde que hay cielos. Dios es. Sin Dios no somos nada. Sin Dios nada es nada. Todo es algo gracias a Dios. Y esa es la única verdad que hay en la vida. Y ese Dios, hermoso como un maizal en primavera, es amor. Amo a dios, y que Él me perdone, o castigue, si mi soberbia me ha convertido en un monstruo.

No se ve el silentium en la exactísima monstruosidad de los McDonald´s. La muerte es ese restaurante a las dos de la tarde, o los fines de semana, o sus lavabos, o aquellos ceniceros grises de antes cuando se podía fumar en la zona reservada a fumadores, o la fotografía del empleado del mes tocado con su visera. La muerte es contemplar esa utilidad de letrina y ese rico negocio de delincuencia. ¿Puede uno abrazarse y besarse, ser cómplice de confidencias, ser elegante y chic y poeta, entre coca-colas lights y BigMacs? El infierno es McDonald´s. El opuesto al silencio del maizal. Si allí mora mi espíritu entonces estoy condenado a la desdicha, y mi vida es un oscuro ruido vigilante, o un cedro seco y quemado, o una satrapía tiránica, y mi vida, por tanto, se arrastra y contagia de odio absurdo. Enseñadme oh dioses a no pisar nunca un McDonald´s, aunque me invite la más bella adolescente, aunque afirmen solemnes que allá dentro está la verdad del siglo, la fuente verdadera. No. No a todo. No a todo eso. Si mi espíritu es libre de esas tumescentes iglesias de la fast-food, y va hacia el callado maizal de luces sin noche, entonces sé que soy invulnerable.

La brevedad de la vida, el paso efímero por callejas y callejuelas, las atrevidas creencias y costumbres, mi vanidad insensata, el afán faústico por el dinero (que sólo es dueño de sí mismo), son meliflua voz, sombra de una sombra, comparado con el palacio del silencio. En un maizal entro para no salir. De la oceanografía del silencio hago mi imperio. Me gusta cómo se inventa en mí la oración de alabanza, me gusta cómo se impregna en mí la visión de la ley, ley que rige los astros y la infinita bóveda del alma humana. Amo este silencio estable, factible, exclusivo, indiviso, uno y trino, amo la piel resonante de humedades de la manzana, la seda latina, y también la piel de las mujeres. Hay una mansedumbre en la metáfora que a todo me acerca, una claridad que veo en los cachorros del tigre que me hace soñar, una precisión en la ecuanimidad que me exalta, una sosegada soledad en el destino que creo increada. Amo las venas cumplidas de sangre del silencio. Las venas por donde corre la circulación sanguínea del mundo. Amo el silentium sin palabras ni mascaradas, porque es perfecto y fértil y comprensible. Con mi silencio nunca me aburro, ¡que esto no termine nunca!, ¡que no pare la fiesta! Merced a su movimiento yo me muevo, por su locura se me vuelan gozosos los ojos de vida, y su movimiento es circular y eterno. Oh Dios de alcanfor musical, de musical canto de pájaros, de trompetería y flauta mozartiana, oh Tú a quien mordisqueo la espalda, la nalga, bello como una profesora de clásicas en una universidad de hiedra. Es inútil que hable de categorías, causas o iluminaciones, que razone o argumente con ciencia, alegorías o poemas, con inferencias o crecidas de ríos amazónicos, que apele a la conciencia o a los ángeles, es inútil demostrar lo evidente, pues quien lo probó lo sabe. Lo que es es y no puede no ser. Si no veis la anarquía en libertad violeta de los cielos , no veis, y si no veis no veis, si no veis el premio de las agraciadas cumbres con nubes rosas y tímidas, no veis, si no veis la savia eléctrica en el corazón de los cielos, ciegos estáis ante la verdad. El vuestro es un cielo computarizado ciego. No sabéis de las algas de los bosques, del gatito corriendo libre tras los cercados, no sabéis del humo que se eleva puro y natural, y empuja a los pequeños átomos de la luz. La Belleza es más grande que el tiempo que tardaría una hormiga en partir la tierra en dos. La Bondad es más grande que cien elefantes comparados con esa misma hormiga. Y la Verdad va más allá, todavía más allá, y todavía más allá después.

Oled el perfume del maizal. Quien busca, encuentra. Quien se encierra, encuentra la salida. Rezad en una iglesia. Oíd. Observad la maravilla de ver a alguien rezar. Escuchemos los tímidos labios orar. Todo conspira a favor del ruido. Vayamos a la busca del silencio. Esta Era Turboelectrónica es adusta, pobre de conceptos, inerme de materia, seca de lluvia, mediocre de calidades sensitivas, fea y odiosa, capciosa y cruel. Entremos en cambio silenciosamente en una iglesia. Sepamos de otra euritmia. Debemos oír silencios de bosque y piedra. Quedémonos allí unas horas o unos siglos hasta ver emerger el vital maizal del bien , la verdad y la belleza. El sendero de la teología del maizal. De Cristo.

CUATRO POEMAS EN DOS GRUPOS DE DOS CON UNA CODA FORZADA A MODO DE ESTRAMBOTE

1.1.   DONDE PHOEBE ES EL HALCÓN

Amar es como el arte de la cetrería;
hay que domesticar al ave rapaz
cuyas garras o hieren o acarician.
Debemos tener paciencia: el amor
es ese animal irracional; seamos pues
indulgentes con los errores primeros;
pero una vez domesticado,
no seamos ilusos; su natural propensión
es volar muy lejos de nosotros.

1.2.   NIGHTMARE

A ver si te espanta el sueño que ayer tuve:
eras una esclava que un comerciante te ofrecía,
morosamente se explayaba en lo moceril de tus años,
y besaba tus labios, y palpaba tus nalgas,
(el tipo era gordo y grasiento como un tonel),
y desplazaba viscoso su mano por tu espalda,
y jocoso y truchimán y ufano decía, decía el muy cabrón,
que acaricias y gozas al ser acariciada,
que palpas cuando eres palpada,
que amas con la lengua si la lengua te ama.
Desperté desvelado y saqué todos los sextercios del banco.
Nunca el amor debe ser el lugar del excremento.


2.1.   FEMME FATAL

Acaba de ponerse la toalla entre las piernas
(las ingles recién depiladas).
Me excita el bravío mar de sus gritos histéricos
o que eche a menudo somníferos en el champán.
Me gusta tanto imaginarte así Phoebe:
enfurecida por perder a las cartas o por el carácter de tu madre
o con irrebatibles ideas de matar o bien suicidarte
(pende como la duda en la punta de un florete
el que me vueles o no la tapa de los sesos).
Acabas de colocar tus braguitas en la maleta con el dinero.
Vas descalza por la grava
y unas moléculas de buganvilla te pican en las aletas de la nariz.
Vienes con el rímel corrido, agujereadas las medias,
ensangrentadas las uñas, sucio el pelo.
O algo de poesía hay en todo esto
o estamos ante otra súbita alucinación del poeta.

2.2.   DANGEROUS

La policía nos pisa los talones, mon amour.
¿No te parece que mucho disuena Mozart en el salpicadero?,
se acoplaría más aquí la música de algún rapero mafioso.
¿Nos iremos con la droga y los millones?
¿Entonces escuchas ya los motores y rotores en marcha?
Querida, no crees más factible cambiar de una vez de vida
y habitar una linda casita vallada en New Hampshire
con pérgola, barbacoa y fox-terrier.
No crees factible no engañar más al seguro
y escribir así con letra clara y cuidadosa nuestra amor,
que el amor en peligro es igual al peligro de no amor.


3.   FUIR

Huir, huir a colinas cobrizas. Muy lejos, fuera de esto hedor a col y berza hervida. Por las mañanas, con letra clara igual a la respiración, morosamente estudiar el dúctil y hermoso verso griego, y en campo homérico apaciguar la mente. No vivir, no sufrir, y escribir tan sólo. Y nunca recordar que se amó. Dedicarme a los dones de la poesía y la filosofía que fluyen como mar entre islas, deleitarme ante la albada de un verso antiguo y excitarme ante la tormenta de un verso de modalidad moderna. Escribir, con tinta untada en mi corazón, un bello libro de matriz clásica, razón y clave de mi existencia, donde en él acaso modestamente perduren unos ritmos, o unas pocas imágenes, o el retrato infiel de una memoria. Un libro sosegado de invierno con pálido sol muy de verano. E investigar nubes y atardeceres, ser detective de ciruelos en flor, pasear por las alegres avenidas de los bosques, conversar con el dulce tamarindo, e intimar mi cerebro con la sabia melodía de la lechuza. Huir. Leer, escribir y no sufrir. Y nunca recordar que se amó. Y en noches de mucho ardor pensar en el cuerpo aquel que tanto deseé y no tuve. Y volverse un experto en las artimañas de la melancolía, ya definitivamente retirado como un asceta o un monje en su celda claustral. Y pensar en el vasto universo, pues es noble pensar en tal objeto, que incluye tanto desde la destrucción del fuego hasta los vaivenes de la luna. Y averiguar, si el vasto universo esquivo y oculto como un animal huidizo, es refractario o no a la ley del amor. Monologar en mi faro. Saber de esas noches que son avisperos como sexos de hembra. Vivir, en fin, secreto, emboscado, oculto. Vivir en isla para observar con los prismáticos el vuelo y el color de las aves migratorias, delicadas y tibias como el alma o un párpado. Leer, escribir y no sufrir. Huir al territorio del lobo. Meditar de madrugada acerca de las extrañas y paradójicas energías de la vida, meditar muy quieto y muy solo. Volver mi vida gran bahía o fortín inexpugnable. Ser monarca y único. Último y meditabundo emperador solitario. Creer en el mar. Leer, escribir y no sufrir. Y nunca más recordar que se amó. 




EN EL CASTILLO DE AXEL

Están condenados a estar locos
pero sin el glamour de la vida de los Fitzgerald o el lujo de Symonds,
sin la prosa de Ruskin o Hölderlin, no, la mayoría no son Panero,
ni ebrios por un filtro de amor como el que bebió Lucrecio.
Son locos. Hombres, como casi todos, huecos,
pero con un huevo de serpiente en sus entrañas.

No les atrae el sexo a gogó en dulces playas silvestres,
hablan solos en los bares, increpan al mundo. Esos ojos
pastosos, y miradlos que como ardillas enjauladas deambulan
obsesivos arriba y abajo del pasillo. Llueve mucho en sus adentros; se diría
un hada de agua perversa besa sus labios. Qué significa esa mucha lluvia
-constante gemela del invierno-, qué son sus lunas tapizando
o iluminando un mundo que sólo para ellos existe; es la melancolía,
la bilis melancólica que gotea por el rímel de las galaxias
y deja una estela o trenza muy menuda y quieta de luz.

Son locos. Observad cómo obscurece de pronto en la salita.
Se van los familiares. Amanecen las plumas de la muerte.
Derramado en las estancias un insoportable tedio a medicinas.
Una acuosa percepción del silentium como si fueran las coordenadas
de una nave rumbo a un planeta yermo. La muchacha anoréxica
solloza y se avergüenza porque en el instituto todos saben de lo suyo.
Un grupito de suicidas están extraordinariamente atentos a las explicaciones
de un tipo singular hablando sobre la posible transmigración de las almas.
Obscurece de pronto en la salita. Se oyen por toda la sala los gritos
mezclados con rezos de un chaval árabe que lleva siete horas atado.
Se pudren los crisantemos. La hermosa enfermera despertará mañana a los pacientes
pero, ay, nunca con sexo erótico ni con alta música de flauta mozartiana.
Es curiosa observar como prácticamente nadie mira el televisor.

Detén, oh dios de la melancolía,
a los demonios que en su cabeza se dan cita. Pon plomo derretido en el culo
de los doctores igual que si fuesen titís bujarrones.
Abandona, dios cruel pero benigno, sobre la perfecta caoba de la cabeza de estos locos
un río de aguas tibias y doradas. Dibuja, oh dios, un hada de agua buena, muy bella,
que les regale la felicidad de horas nunca sombrías. Pon púrpuras
y sabrosos cangrejos de mar en sus labios.
Pon calor y amor a sus ojos fríos como la peor memoria.
Pero sácalos de aquí, y haz que sean felices,
felices como el primer día del hombre sobre la tierra,
y un destino -y la paz- a su medida hallen.
Pero sácalos de aquí, donde obscuros trenes de madrugada
se diría que a la nada, o a un infierno, les conducen.

martes, 26 de julio de 2016

Two Poems

Un orate diletante debiera o debiese seguir la máxima de Epicuro y vivir oculto. Pero hete aquí que yo, el mono mi nombre, el simulador o falsario o estafador, decido autodesenmascararme y lanzar a las oscuras -por procelosas- aguas del ciberespacio mis productos cognitivos, altos como un homúnculo de un gigante. No sé si el inicio de este blog diletante es un acto patafísico de inspiración o, más bien, y al igual que dijo cierto purpurado de un poco fausto concilio contemporáneo, la aventura al porvenir del comienzo de la decadencia. El primer poema (de los dos detritus de poemas que expelo es este post) se intitula "Yo defiendo lo mejor" y es jodidamente malo, excusable debido a que se encuentra en un estado muy embrionario, susceptible por tanto de un prescrito y preciso proceso de pulimento, escamondamiento, pase obsesivo, en fin, pase compulsivo de la lima. Lo transcribo como ejemplo de que soy un tipo de escritor especializado en sabotear su propia carrera. El poema procede tal que así:



YO DEFIENDO LO MEJOR

Es triste a la par que comprensible
que tan pocos se emocionen por la caída de los imperios
o por la cuarta Enéada de Plotino, o que, hasta las lágrimas,
con ideas y sentidos platónicos no se enerven y exalten (por no mencionar la emoción ante
los místicos abedules leninagredienses contiguos a Bizancio o al sueño de sombra caída
de la calles a horas solitarias en la noche)
Es comprensible que tú, poeta vulgar y ciudadano apenas extravagante,
pises el amargo polvo del exilio, ultimus romanarum entre bárbaros,
bajo este sol tuyo en gallega aldea feudal.
Pero tú defiendes lo mejor.
Tú defiendes lo mejor.
Acepta como estoico el clinamen y la derrota, la universal corrupción y ordinariez,
pero no, Christian, no hagas tuyo el poder de la soldadesca, el simio poder de los encumbrados,
el uso y abuso de la vacía estadística,
no te agrupes en conjuntos de más de uno,
en grupos de más de dos,
oh tú que defiendes lo mejor.
Fuera de ti los ritos de la canallería, del vulgus montaraz,
de la horda agraz que calumnia e insulta en abajado nivel de sí mismos,
nunca tú atiendas la satrapía de los iguales, a estos
que se aglomeran y van al mogollón, a la molicie, que se juntan y se definen por la especie
mas no por el ejemplar; que no te conviertas en alguien que enjuicia
a partir de parecidos de familia en lugar de alabar y denostar, de sopesar y denigrar,
únicamente por el contenido y calidad del carácter,
por la capacidad de amar del corazón
(propiedad de lo individual, de la equiccidad, de lo no comunitario),
que es necesario, oh tú mi compañero, mon semblale, que seas, que seas ave con plumaje propio.
Tú defiendes lo mejor.
Tú, como afirmó Marco Aurelio, no debes ser como tus enemigos.
Tú defiendes lo mejor.
Tú, amigo con mi nombre, defiende y enaltece lo noble, la gran Ley, asegura
la costumbre de lo mejor que se ha escrito y pensado, de la sinestesia indomeñable,
del sutil momento de la ternura,
de las costumbres resumidas en una bondad insoslayable de la belleza,
de la belleza indiscernible de la verdad y a ella unida,
tú -hazlo saber- haz saber las ideas no perennes:
que sólo el distinto juzga al distinto,
que el pensamiento precede y sucede al sentimiento,
que el único patrón oro son los gestos de los aristócratas,
que seremos valorados por ígneas mentes doradas,
que lo mediocre propende a lo inmoral -y ofende que no ofenda-,
que mejor quimera de faisán a fast-food consuetudinario,
que lo grande, que la experiencia de lo sublime,
que la hiperestesia que hasta desangra de luz a las luciérnagas,
nunca se sometió a la grey ni a la banal turba,
que nosotros (tú defiendes lo mejor) mantenemos alta y viva y limpia, generosa y luminosa,
cual fuera toisón dorado o mácula divina o tulipa de eros,
la llama de la excelsa delicadeza de gusto y matiz y opinión,
la recta senda que conduce al palacio de pavimento adamascado,
al palacio de la bendita soledad y el solar silencio,
ese imperio (ah vulgata esta de los tiempos de ahora mismo)
ese imperio de poemas, artes, ideas y costumbres, sensaciones y placeres,
ese imperio inenarrable de vientos inmarcesibles
que los tuyos conocéis con la seña de la grave palabra "destino".



Debiera glosar in extenso el poema para evitar las muchas impresiones equívocas que pueda causar. Pero no me apetece. Lo que sí me place decir es que el significa cognitivo del poema se me presenta como definitivo y compacto, irrevocable y también de nuevo definitivo. Lo que no está nada logrado es la formulación poética del mismo, su significado emotivo o metafórico, por decirlo así. Más que strictu sensu un poema es un apunte o esqueleto de poema, un desordenado y muy desafecto borrador que corregiré y reescribiré para adecentarlo. Curiosa observar que el descuido o merma expresiva es típico, emblemático, que se adecúa en definitiva al formato en que está circunscrito. Los placeres de la informalidad además del desaliño son ínsitos a un blog o mail, hecho que, por ejemplo, no ocurría en la literatura epistolar de antaño. Parece o pareciese que la liviandad electrónica, el soporte virtual no molecular se enfrenta contra el prurito de perfección y calidades de la antiquísima celulosa. No sé. A continuación escribo el segundo poema que orbita en la misma onda temática y -tristemente- también formal.



CON MIS PAPÁS EN LA REMOTA BELLE ÉPOQUE


Ah aquel mundo de ayer de mi infancia
cuando iba con mis papás arriba
al reservado del restaurante (Les gens que j´aime, digamos, o bien Vía Venetto)
y abajo quedaba la vida, la cuca coctelería, el piano perfectísimo, el aire rizado del verano.
Lo recuerdo con intensa claridad de símbolo:
la gente era aún ordenadísima,
educadísima, exacta y sólida,
no cabía ni plebeyez ni engaño, ni nihilismo,
y el pensamiento era soberbio, augusto,
subrayando el gesto sereno y firme, magnánimo,
y el dinero -perdonad la confesión- lo teníamos quienes debíamos tenerlo.

Para nosotros el sileno griego, y el templo mozartiano, el lirio ruskiano,
el chelo de la noche, el violín del otoño,
las lluviosas playas de amanecida.
El mundo entero era una pastelería vienesa,
era una cristalería verdina con cofres verdaderos,
y la vida lo mismo, sin diferencia, al sabor de los pescados
en las tabernas de Sitges. Sí, hubo un día que nosotros éramos los amos del mundo.
Sin cutres revistas del corazón ni carreteras atestadas de turistas,
éramos nosotros, los buenos, los dignos propietarios
del inexorable mecanismo de la Historia, el Arte y la Vida. Rezábamos al Altísimo
y nuestras plegarias se atendían, buscábamos fe y alegría, y de fe y de alegría se nos proveía,
creíamos en el Bien, y no había mal en el mundo ¡Qué suave era el musgo y el muslo!
Nada había que temer, pues el mundo funcionaba porque estaba bien hecho.

Sin embargo, imperceptible e insensiblemente, se socavó aquel Ancien Régime.
Se dejó de oír el crujido de aquella osamenta que sostenía el orbe,
la trompetería en rotación de los bárbaros cruzaba las fronteras conocidas.
Sin embargo ocurrió que vosotros ascendisteis al escenario de la historia. Se trocó gema por plata, sino barro (las almas de oro eran reliquias del mundo de ayer)
Subieron muy mediocres y rapaces, muy mediocres y mendaces hombres al poder, todo se llenó de estas mentes ruines y vulgares del comercio, empezó caudalosa la tan indeclinable como impostergable corrupción de la Belleza.
Donde comía cada día con papá y mamá pusieron un Zara. En las voces
de mis semejantes y desemejantes enseguida percibí una neblina ácida y turbia.
Arreciaba como una plaga de langostas el tsunami de las muchedumbres.
Se imponía como blanca religión la ley de la horda.
Y ahora todo y todos continuamos como bestias en esta república.
Ahora todo está perdido y parece que nadie quiere saberlo.
El Orden industrioso y lacayuno, industrial y lacayuno, tecnólogo y sumiso, se conjura
contra aquellas virtudes de Helenas homéricas, de raudos Aquiles (y ya se observan parodias de Hefestion y podres estilizadas dentaduras de plexiglás)
Por el Orden impúdico se abren las puertas del Averno
y se congelan los vientos del mar. Y se hielan los desiertos.
Aquella sabiduría que era una perfección que absorbe, una caricia que unta,
se cambió por este expreso de Shangai cuyos raíles -raíles y bisontes-
a otra estación Mauthausen nos conducen.

Recuerdo como con papá y mamá iba arriba, al bonito reservado, a degustar mis cangrejos
y mis vieiras laminadas con tomatitos de invierno. Se hacía dichoso lo individual,
extenso Libro de horas la Forma, de oro la puerta damasquina se volvía. Agradezco a mis papás la hermosa tradición que me legaron. Pero pasó,
pasó aquello como pasa la arena a través de la medida clepsidra, como pasa el agua
del tiempo a través de la cintura voluptuosa de la clepsidra. Ya ahora en mitad del camino
de mi vida, recordando con amor aquella arcadia (el maître no oía inmorales planes de sexo como debe oír ahora, ni pazguatos y analfabetos comentarios de futbolistas o sus presidentes), recordando aquella feliz memoria que -ay- no fue promesa de futuro, derrotada la flor del tiempo,
poseedor de hacienda menuda y con envidiable mente decido

decido

decido desaparecer,
vagar por mis tierras gallegas,
saberme propietario de lo noble e inmortal,
vagar por bosques de eucalipto,
vagar por mi sonrosada melancolía,
y escribir, a nadie escribir,
las líneas precisas e incomprensibles de este elegíaco poema.




Habría mucho que hablar y matizar, de declarar y contradeclarar, de usar el delicado arte del matiz y la comparación, para que se entendiera el sentido -sentido en el sentido de mis intenciones- del texto anterior. De lo vario y diverso que deberíamos consignar sólo dos cosillas: primo, que tomar el poema ad litteram es a mi ver una barbaridad absurda, secundo, la omnipresente ironía presente en él, abundando para el que leyere en una definición óptima de ironía: la ironía es la estimación optimista de la inteligencia del que escucha. Nada más. Lean y sean libres, salud y libertad amigos.
Postscriptum: a quien creyere que los poemas antedichos son jodidamente malos , como el autor cree, consuélense con que en el mundo lo que menos abundan son los poemas jodidamente buenos. Demonstrato.












Mis desconocimientos e ignorancias acerca de los usos internaúticos alcanzan, como poco, dimensiones astronómicas, acaso de plaga bíblica. Pero hete aquí que por inferencia natural presumo que el primer apunte o post de este blog debiera o debiese ser -creo- una suerte de exposición de temáticas que en él se van a tratar, de píos deseos, o de altos (y bajos) propósitos.
Si mal no me traiciona doña Mnemosine creo llamaban en la cultura anglosajona Book of things a aquel libro que contenía recensiones de lecturas (y pensamientos asociadas a ellas) que solían hacer las muy espabiladas señoritas y señoritos del mundo de ayer. El orate diletante acaso caiga en ello (si hay fortuna), pero, dada la disfortuna que rige el orbe, hablará de cosas generales y particulares de quien esto suscribe. Como varón de alta cociente y que fue guapo en la guerra de secesión o, mejor, en el pleistoceno, como varón que tuvo dinero y las trocó, en España mora, por deudas, uno de los rasgos de mi carácter es la soberbia desmedida, la vanidad insensata, la presunción irracional, el creer, que en algún asunto de este mundo inmundo, pudiera o pudiese tener razón en algo. No se crean nada. Si desdeño en crítica hiriente, a quien sea o por lo que sea, discúlpenme. Si, en cambio, elogio, suspendan también su juicio. No me adornan saberes ni ingenium sagacísimo suficientes para desvelar las claves implícitas del Universo, la mente de P. Iglesias, las diferencias o semejanzas de los argumentos, la estúpida naturaleza humana, et caetera.
Permítanme argüir un argumento en pro del cauto escepticismo. Es tan bueno que no puede ser mío. La conclusión del argumento procede como sigue "la única creencia verdadera que sabemos infalible es una creencia sobre nuestras creencias, a saber, que no todas nuestras creencias son verdaderas". Las premisas del argumentum se basan en las múltiples veces que hemos advertido o nos han advertido sobre creencias nuestras falsas. Esta metacreencia, la que enuncia o expresa o afirma que no el resto de nuestras otras creencias son ciertas, debiera o debería evitar en nosotros un asomo cualquiera de talante dogmático. Tampoco abocarnos al escepticismo; si una creencia está profusamente justificada o motivada o razonada es una creencia con muchos visos de valor de verdad.
Concluyo, que me enrollo (además, y como diría Ptolomeo o Simeón, debo ir ad mingere) Espero de los no lectores que tendré compasión y magnanimidad aristotélica. Y que me insulten con un coeficiente de densidad algo menor del cien por cien, en el caso que tal maravilla sea dable. Un saludo a todos, a su santidad el papa emérito y a la afición en general.