miércoles, 27 de julio de 2016

SOBRE LA TEOLOGÍA DEL MAIZAL O INQUISICIONES SOBRE LA DIFICULTAD DE HALLAR A DIOS EN UN MCDONALD´S

En la doctrina popular medieval acerca de los temperamentos algunos señalaron, enfatizaron más bien, el ocasional desvarío bestial debido al silentium. Que era, decían, un planeta plomizo y destructivo, una hiel de bilis estuporosa, que regía un cosmos, que el silencio regía aquel cosmos, pleno de astutos titanes falsarios, de hombres cuyo corazón espiritual era un cielo necio y estúpido y tarugo, destacan, igualaban ellos el silencio con las artes de belcebú; al silencio debemos odiarlo concluían.
Pero la verdad asoma o besa siempre tibia los labios; el silencio vaga en el pensamiento con una realeza sin pena ni desdoro, con una realeza de púrpuras y damascos, de piezas de Estambul y oros fenicios, y resalta el dulzor fugaz del entusiasmado, y es rubí que brilla como la fe del pueblo de Israel. Creemos, a diferencia de la propaganda contemporánea, que el silencio es piadoso con el alegre, enemigo de la acedía, sutil como un bálsamo, desbrozador de la tumultu. En el maizal hay paz.

Para ver los enormes beneficios que provoca el silencio, enciérrate de por vida en cabaña islándica o gallega. Con tabaco, sin amigos, con buena calefacción, con pocos pero doctos libros, enciérrate libre como una libélula, ausente tanto de la fascinación por tu identidad como del entusiasmo típico de la aventura solitaria, enciérrate, paz a los hombres, sin recelo a nadie ni nada en particular, cierra los ojos, cierra el libro, y, después de mirar, escucha, oye, percibe, pon ahí, a eso, el oído.
Permíteme, dado que yo no oigo lo que tú oyes, decirte qué oigo yo cuando yo oigo. Oigo un run-run de admiración universal por la necedad. Y seres acaso brillantes cotorreando como la chatarra. El ruido del circuito cerrado del agua en las tuberías. Oigo un viento profundo que me hace creer que pienso y siento más profundamente, cuando, por desgracia, mis pensamientos cojean como las cosas, puesto que mis ideas -demasiado tiempo viviendo en la barbarie- no son lámpara sino barrotes, no indican un zigzagueo a campo abierto sino que son cojas astillas de huesos. Oigo el jardín de mi mente, y me apena ver tanta animadversión a mis defectos y faltas. Oigo en el jardín, como ondas que vienen del mundo de la barbarie, y con lúcido desparpajo fosforescente oigo populosas protuberancias maquinales, que chirrían y crujen, que crujen y borbotean con disonancias feas. El mundo es feo y se han escrito demasiados libros. El mundo es un McDonald´s literalmente feísimo y horripilante. Gracias a Dios la abundancia de nieve islandesa (o gallega) absorbe este remanente de sonido feo de más, afortunadamente la nieve da o provee de pureza a la felicidad. Me recojo en mí mismo y hablo con aquel que conmigo va. Mi fruslería es chabacana. Pero percibo vislumbres, como otra euritmia, como si se me desincrustasen sonidos cacofónicos feos, y me esfuerzo que en esta soledad ardua el alma sea gustosa a sí misma, y, como un perro, espero el hueso que el destino me quiera echar. Oigo. Quieto y lento oigo. Y así el silencio se alimenta de sentidos, algo de carne y mucho amor. Y así creo que mi adentro es bello y que quedan muchos libros todavía por escribir.

Hermosa servidumbre de amar seres humanos, y objetos, y animales, y lunas, y los días de la noche, y las noches de los días. El silencio, alrededor de este claustral maizal, se parece a un árbol verde con la punta blanca de nieve. Comienza el silencio en el norte vago de la bendecida noche, y acaba al sur, al sur de las esferas que se asientan en la bóveda de natura. No creo en ello, lo sé. Y además es verdad. Miro el norte de la noche y el sur del universo; por ahí merodea un enamorado sentimiento callado. Ahí mismo, en mitad de ese mar de flores como una única revelación. En la fe de ese mar lleno de aves de color. En la fe de flores amarillas y reales y familiares. Bajo el mar de aves azules y sabor a eucalipto (que el silencio es singular y se despierta cuando todos dormimos) Dadme, oh dioses, la fe de verde savia en el impulso de las aves del cielo, y dadme un fondo de peces en el agua hondísima, y un arroyo que mana y encierre al yo puro. A veces la vivencia semeja la poderosa tensión de la brida. Proveedme de experiencias ricas, de esos silencios del bosque al irse las luces últimas del crepúsculo, de frutos que muerdan las perdices, de la piel de los pimientos. Creo que me acerco a algo. Que me alejo definitivo de los sobres de mostaza de plástico del McDonald´s. A veces el mundo es cruel como ver caer en picado un avión repleto de pasajeros. A veces la vida se parece a las gaviotas despedazadas por la turbina de un avión o las hélices de un helicóptero. Pero a otro orden me acerco.

¿Silencio? También debe ser Dios platicando con las moléculas de los maizales. No creo que el silencio sea mi voz hablando diletantemente de los significados del término "silencio", de los significados de la palabra "maizal", sino el logos divino -su lengua y voz y saliva- permitiendo la verde savia de los maizales, permitiendo nuestro uso de la palabra "maizal", el logos que conforma y estructura, la fuerza azul y con estela de cometa que sombrea los campos de maizales del mundo bajo el denso macizo de Andrómeda, el logos que pone las briznas de hierba en las gruesas lenguas de las vacas, el verde silencio bajo el que el día avanza y la noche rompe. Dios es el sorprendente viento que agita mies y abrojos, los ojos sorprendidos por todo de los lobos. Dios es. Dios existe. Está en los objetos y la abrasiva memoria, en la razón y en el entristecido canto de la tiniebla, en el meditación que yo escribo cada noche y en las conversaciones de los hombres desde la noche de los tiempos, está en el oro con que el agua entretiene al verano, y en las piscinas de los pabellones, y en la simetría ordenada de los perfumes, y en la horticultura litúrgica de las orquídeas, y en el animal, y en cualquier afán o exaltación, y en cualquier género de ley, y en las prímulas, y en los instantes, y en las estrellas, y en las distinciones de los filósofos, y en las nubes, y en todos los cielos desde que hay cielos. Dios es. Sin Dios no somos nada. Sin Dios nada es nada. Todo es algo gracias a Dios. Y esa es la única verdad que hay en la vida. Y ese Dios, hermoso como un maizal en primavera, es amor. Amo a dios, y que Él me perdone, o castigue, si mi soberbia me ha convertido en un monstruo.

No se ve el silentium en la exactísima monstruosidad de los McDonald´s. La muerte es ese restaurante a las dos de la tarde, o los fines de semana, o sus lavabos, o aquellos ceniceros grises de antes cuando se podía fumar en la zona reservada a fumadores, o la fotografía del empleado del mes tocado con su visera. La muerte es contemplar esa utilidad de letrina y ese rico negocio de delincuencia. ¿Puede uno abrazarse y besarse, ser cómplice de confidencias, ser elegante y chic y poeta, entre coca-colas lights y BigMacs? El infierno es McDonald´s. El opuesto al silencio del maizal. Si allí mora mi espíritu entonces estoy condenado a la desdicha, y mi vida es un oscuro ruido vigilante, o un cedro seco y quemado, o una satrapía tiránica, y mi vida, por tanto, se arrastra y contagia de odio absurdo. Enseñadme oh dioses a no pisar nunca un McDonald´s, aunque me invite la más bella adolescente, aunque afirmen solemnes que allá dentro está la verdad del siglo, la fuente verdadera. No. No a todo. No a todo eso. Si mi espíritu es libre de esas tumescentes iglesias de la fast-food, y va hacia el callado maizal de luces sin noche, entonces sé que soy invulnerable.

La brevedad de la vida, el paso efímero por callejas y callejuelas, las atrevidas creencias y costumbres, mi vanidad insensata, el afán faústico por el dinero (que sólo es dueño de sí mismo), son meliflua voz, sombra de una sombra, comparado con el palacio del silencio. En un maizal entro para no salir. De la oceanografía del silencio hago mi imperio. Me gusta cómo se inventa en mí la oración de alabanza, me gusta cómo se impregna en mí la visión de la ley, ley que rige los astros y la infinita bóveda del alma humana. Amo este silencio estable, factible, exclusivo, indiviso, uno y trino, amo la piel resonante de humedades de la manzana, la seda latina, y también la piel de las mujeres. Hay una mansedumbre en la metáfora que a todo me acerca, una claridad que veo en los cachorros del tigre que me hace soñar, una precisión en la ecuanimidad que me exalta, una sosegada soledad en el destino que creo increada. Amo las venas cumplidas de sangre del silencio. Las venas por donde corre la circulación sanguínea del mundo. Amo el silentium sin palabras ni mascaradas, porque es perfecto y fértil y comprensible. Con mi silencio nunca me aburro, ¡que esto no termine nunca!, ¡que no pare la fiesta! Merced a su movimiento yo me muevo, por su locura se me vuelan gozosos los ojos de vida, y su movimiento es circular y eterno. Oh Dios de alcanfor musical, de musical canto de pájaros, de trompetería y flauta mozartiana, oh Tú a quien mordisqueo la espalda, la nalga, bello como una profesora de clásicas en una universidad de hiedra. Es inútil que hable de categorías, causas o iluminaciones, que razone o argumente con ciencia, alegorías o poemas, con inferencias o crecidas de ríos amazónicos, que apele a la conciencia o a los ángeles, es inútil demostrar lo evidente, pues quien lo probó lo sabe. Lo que es es y no puede no ser. Si no veis la anarquía en libertad violeta de los cielos , no veis, y si no veis no veis, si no veis el premio de las agraciadas cumbres con nubes rosas y tímidas, no veis, si no veis la savia eléctrica en el corazón de los cielos, ciegos estáis ante la verdad. El vuestro es un cielo computarizado ciego. No sabéis de las algas de los bosques, del gatito corriendo libre tras los cercados, no sabéis del humo que se eleva puro y natural, y empuja a los pequeños átomos de la luz. La Belleza es más grande que el tiempo que tardaría una hormiga en partir la tierra en dos. La Bondad es más grande que cien elefantes comparados con esa misma hormiga. Y la Verdad va más allá, todavía más allá, y todavía más allá después.

Oled el perfume del maizal. Quien busca, encuentra. Quien se encierra, encuentra la salida. Rezad en una iglesia. Oíd. Observad la maravilla de ver a alguien rezar. Escuchemos los tímidos labios orar. Todo conspira a favor del ruido. Vayamos a la busca del silencio. Esta Era Turboelectrónica es adusta, pobre de conceptos, inerme de materia, seca de lluvia, mediocre de calidades sensitivas, fea y odiosa, capciosa y cruel. Entremos en cambio silenciosamente en una iglesia. Sepamos de otra euritmia. Debemos oír silencios de bosque y piedra. Quedémonos allí unas horas o unos siglos hasta ver emerger el vital maizal del bien , la verdad y la belleza. El sendero de la teología del maizal. De Cristo.

CUATRO POEMAS EN DOS GRUPOS DE DOS CON UNA CODA FORZADA A MODO DE ESTRAMBOTE

1.1.   DONDE PHOEBE ES EL HALCÓN

Amar es como el arte de la cetrería;
hay que domesticar al ave rapaz
cuyas garras o hieren o acarician.
Debemos tener paciencia: el amor
es ese animal irracional; seamos pues
indulgentes con los errores primeros;
pero una vez domesticado,
no seamos ilusos; su natural propensión
es volar muy lejos de nosotros.

1.2.   NIGHTMARE

A ver si te espanta el sueño que ayer tuve:
eras una esclava que un comerciante te ofrecía,
morosamente se explayaba en lo moceril de tus años,
y besaba tus labios, y palpaba tus nalgas,
(el tipo era gordo y grasiento como un tonel),
y desplazaba viscoso su mano por tu espalda,
y jocoso y truchimán y ufano decía, decía el muy cabrón,
que acaricias y gozas al ser acariciada,
que palpas cuando eres palpada,
que amas con la lengua si la lengua te ama.
Desperté desvelado y saqué todos los sextercios del banco.
Nunca el amor debe ser el lugar del excremento.


2.1.   FEMME FATAL

Acaba de ponerse la toalla entre las piernas
(las ingles recién depiladas).
Me excita el bravío mar de sus gritos histéricos
o que eche a menudo somníferos en el champán.
Me gusta tanto imaginarte así Phoebe:
enfurecida por perder a las cartas o por el carácter de tu madre
o con irrebatibles ideas de matar o bien suicidarte
(pende como la duda en la punta de un florete
el que me vueles o no la tapa de los sesos).
Acabas de colocar tus braguitas en la maleta con el dinero.
Vas descalza por la grava
y unas moléculas de buganvilla te pican en las aletas de la nariz.
Vienes con el rímel corrido, agujereadas las medias,
ensangrentadas las uñas, sucio el pelo.
O algo de poesía hay en todo esto
o estamos ante otra súbita alucinación del poeta.

2.2.   DANGEROUS

La policía nos pisa los talones, mon amour.
¿No te parece que mucho disuena Mozart en el salpicadero?,
se acoplaría más aquí la música de algún rapero mafioso.
¿Nos iremos con la droga y los millones?
¿Entonces escuchas ya los motores y rotores en marcha?
Querida, no crees más factible cambiar de una vez de vida
y habitar una linda casita vallada en New Hampshire
con pérgola, barbacoa y fox-terrier.
No crees factible no engañar más al seguro
y escribir así con letra clara y cuidadosa nuestra amor,
que el amor en peligro es igual al peligro de no amor.


3.   FUIR

Huir, huir a colinas cobrizas. Muy lejos, fuera de esto hedor a col y berza hervida. Por las mañanas, con letra clara igual a la respiración, morosamente estudiar el dúctil y hermoso verso griego, y en campo homérico apaciguar la mente. No vivir, no sufrir, y escribir tan sólo. Y nunca recordar que se amó. Dedicarme a los dones de la poesía y la filosofía que fluyen como mar entre islas, deleitarme ante la albada de un verso antiguo y excitarme ante la tormenta de un verso de modalidad moderna. Escribir, con tinta untada en mi corazón, un bello libro de matriz clásica, razón y clave de mi existencia, donde en él acaso modestamente perduren unos ritmos, o unas pocas imágenes, o el retrato infiel de una memoria. Un libro sosegado de invierno con pálido sol muy de verano. E investigar nubes y atardeceres, ser detective de ciruelos en flor, pasear por las alegres avenidas de los bosques, conversar con el dulce tamarindo, e intimar mi cerebro con la sabia melodía de la lechuza. Huir. Leer, escribir y no sufrir. Y nunca recordar que se amó. Y en noches de mucho ardor pensar en el cuerpo aquel que tanto deseé y no tuve. Y volverse un experto en las artimañas de la melancolía, ya definitivamente retirado como un asceta o un monje en su celda claustral. Y pensar en el vasto universo, pues es noble pensar en tal objeto, que incluye tanto desde la destrucción del fuego hasta los vaivenes de la luna. Y averiguar, si el vasto universo esquivo y oculto como un animal huidizo, es refractario o no a la ley del amor. Monologar en mi faro. Saber de esas noches que son avisperos como sexos de hembra. Vivir, en fin, secreto, emboscado, oculto. Vivir en isla para observar con los prismáticos el vuelo y el color de las aves migratorias, delicadas y tibias como el alma o un párpado. Leer, escribir y no sufrir. Huir al territorio del lobo. Meditar de madrugada acerca de las extrañas y paradójicas energías de la vida, meditar muy quieto y muy solo. Volver mi vida gran bahía o fortín inexpugnable. Ser monarca y único. Último y meditabundo emperador solitario. Creer en el mar. Leer, escribir y no sufrir. Y nunca más recordar que se amó. 




EN EL CASTILLO DE AXEL

Están condenados a estar locos
pero sin el glamour de la vida de los Fitzgerald o el lujo de Symonds,
sin la prosa de Ruskin o Hölderlin, no, la mayoría no son Panero,
ni ebrios por un filtro de amor como el que bebió Lucrecio.
Son locos. Hombres, como casi todos, huecos,
pero con un huevo de serpiente en sus entrañas.

No les atrae el sexo a gogó en dulces playas silvestres,
hablan solos en los bares, increpan al mundo. Esos ojos
pastosos, y miradlos que como ardillas enjauladas deambulan
obsesivos arriba y abajo del pasillo. Llueve mucho en sus adentros; se diría
un hada de agua perversa besa sus labios. Qué significa esa mucha lluvia
-constante gemela del invierno-, qué son sus lunas tapizando
o iluminando un mundo que sólo para ellos existe; es la melancolía,
la bilis melancólica que gotea por el rímel de las galaxias
y deja una estela o trenza muy menuda y quieta de luz.

Son locos. Observad cómo obscurece de pronto en la salita.
Se van los familiares. Amanecen las plumas de la muerte.
Derramado en las estancias un insoportable tedio a medicinas.
Una acuosa percepción del silentium como si fueran las coordenadas
de una nave rumbo a un planeta yermo. La muchacha anoréxica
solloza y se avergüenza porque en el instituto todos saben de lo suyo.
Un grupito de suicidas están extraordinariamente atentos a las explicaciones
de un tipo singular hablando sobre la posible transmigración de las almas.
Obscurece de pronto en la salita. Se oyen por toda la sala los gritos
mezclados con rezos de un chaval árabe que lleva siete horas atado.
Se pudren los crisantemos. La hermosa enfermera despertará mañana a los pacientes
pero, ay, nunca con sexo erótico ni con alta música de flauta mozartiana.
Es curiosa observar como prácticamente nadie mira el televisor.

Detén, oh dios de la melancolía,
a los demonios que en su cabeza se dan cita. Pon plomo derretido en el culo
de los doctores igual que si fuesen titís bujarrones.
Abandona, dios cruel pero benigno, sobre la perfecta caoba de la cabeza de estos locos
un río de aguas tibias y doradas. Dibuja, oh dios, un hada de agua buena, muy bella,
que les regale la felicidad de horas nunca sombrías. Pon púrpuras
y sabrosos cangrejos de mar en sus labios.
Pon calor y amor a sus ojos fríos como la peor memoria.
Pero sácalos de aquí, y haz que sean felices,
felices como el primer día del hombre sobre la tierra,
y un destino -y la paz- a su medida hallen.
Pero sácalos de aquí, donde obscuros trenes de madrugada
se diría que a la nada, o a un infierno, les conducen.

martes, 26 de julio de 2016

Two Poems

Un orate diletante debiera o debiese seguir la máxima de Epicuro y vivir oculto. Pero hete aquí que yo, el mono mi nombre, el simulador o falsario o estafador, decido autodesenmascararme y lanzar a las oscuras -por procelosas- aguas del ciberespacio mis productos cognitivos, altos como un homúnculo de un gigante. No sé si el inicio de este blog diletante es un acto patafísico de inspiración o, más bien, y al igual que dijo cierto purpurado de un poco fausto concilio contemporáneo, la aventura al porvenir del comienzo de la decadencia. El primer poema (de los dos detritus de poemas que expelo es este post) se intitula "Yo defiendo lo mejor" y es jodidamente malo, excusable debido a que se encuentra en un estado muy embrionario, susceptible por tanto de un prescrito y preciso proceso de pulimento, escamondamiento, pase obsesivo, en fin, pase compulsivo de la lima. Lo transcribo como ejemplo de que soy un tipo de escritor especializado en sabotear su propia carrera. El poema procede tal que así:



YO DEFIENDO LO MEJOR

Es triste a la par que comprensible
que tan pocos se emocionen por la caída de los imperios
o por la cuarta Enéada de Plotino, o que, hasta las lágrimas,
con ideas y sentidos platónicos no se enerven y exalten (por no mencionar la emoción ante
los místicos abedules leninagredienses contiguos a Bizancio o al sueño de sombra caída
de la calles a horas solitarias en la noche)
Es comprensible que tú, poeta vulgar y ciudadano apenas extravagante,
pises el amargo polvo del exilio, ultimus romanarum entre bárbaros,
bajo este sol tuyo en gallega aldea feudal.
Pero tú defiendes lo mejor.
Tú defiendes lo mejor.
Acepta como estoico el clinamen y la derrota, la universal corrupción y ordinariez,
pero no, Christian, no hagas tuyo el poder de la soldadesca, el simio poder de los encumbrados,
el uso y abuso de la vacía estadística,
no te agrupes en conjuntos de más de uno,
en grupos de más de dos,
oh tú que defiendes lo mejor.
Fuera de ti los ritos de la canallería, del vulgus montaraz,
de la horda agraz que calumnia e insulta en abajado nivel de sí mismos,
nunca tú atiendas la satrapía de los iguales, a estos
que se aglomeran y van al mogollón, a la molicie, que se juntan y se definen por la especie
mas no por el ejemplar; que no te conviertas en alguien que enjuicia
a partir de parecidos de familia en lugar de alabar y denostar, de sopesar y denigrar,
únicamente por el contenido y calidad del carácter,
por la capacidad de amar del corazón
(propiedad de lo individual, de la equiccidad, de lo no comunitario),
que es necesario, oh tú mi compañero, mon semblale, que seas, que seas ave con plumaje propio.
Tú defiendes lo mejor.
Tú, como afirmó Marco Aurelio, no debes ser como tus enemigos.
Tú defiendes lo mejor.
Tú, amigo con mi nombre, defiende y enaltece lo noble, la gran Ley, asegura
la costumbre de lo mejor que se ha escrito y pensado, de la sinestesia indomeñable,
del sutil momento de la ternura,
de las costumbres resumidas en una bondad insoslayable de la belleza,
de la belleza indiscernible de la verdad y a ella unida,
tú -hazlo saber- haz saber las ideas no perennes:
que sólo el distinto juzga al distinto,
que el pensamiento precede y sucede al sentimiento,
que el único patrón oro son los gestos de los aristócratas,
que seremos valorados por ígneas mentes doradas,
que lo mediocre propende a lo inmoral -y ofende que no ofenda-,
que mejor quimera de faisán a fast-food consuetudinario,
que lo grande, que la experiencia de lo sublime,
que la hiperestesia que hasta desangra de luz a las luciérnagas,
nunca se sometió a la grey ni a la banal turba,
que nosotros (tú defiendes lo mejor) mantenemos alta y viva y limpia, generosa y luminosa,
cual fuera toisón dorado o mácula divina o tulipa de eros,
la llama de la excelsa delicadeza de gusto y matiz y opinión,
la recta senda que conduce al palacio de pavimento adamascado,
al palacio de la bendita soledad y el solar silencio,
ese imperio (ah vulgata esta de los tiempos de ahora mismo)
ese imperio de poemas, artes, ideas y costumbres, sensaciones y placeres,
ese imperio inenarrable de vientos inmarcesibles
que los tuyos conocéis con la seña de la grave palabra "destino".



Debiera glosar in extenso el poema para evitar las muchas impresiones equívocas que pueda causar. Pero no me apetece. Lo que sí me place decir es que el significa cognitivo del poema se me presenta como definitivo y compacto, irrevocable y también de nuevo definitivo. Lo que no está nada logrado es la formulación poética del mismo, su significado emotivo o metafórico, por decirlo así. Más que strictu sensu un poema es un apunte o esqueleto de poema, un desordenado y muy desafecto borrador que corregiré y reescribiré para adecentarlo. Curiosa observar que el descuido o merma expresiva es típico, emblemático, que se adecúa en definitiva al formato en que está circunscrito. Los placeres de la informalidad además del desaliño son ínsitos a un blog o mail, hecho que, por ejemplo, no ocurría en la literatura epistolar de antaño. Parece o pareciese que la liviandad electrónica, el soporte virtual no molecular se enfrenta contra el prurito de perfección y calidades de la antiquísima celulosa. No sé. A continuación escribo el segundo poema que orbita en la misma onda temática y -tristemente- también formal.



CON MIS PAPÁS EN LA REMOTA BELLE ÉPOQUE


Ah aquel mundo de ayer de mi infancia
cuando iba con mis papás arriba
al reservado del restaurante (Les gens que j´aime, digamos, o bien Vía Venetto)
y abajo quedaba la vida, la cuca coctelería, el piano perfectísimo, el aire rizado del verano.
Lo recuerdo con intensa claridad de símbolo:
la gente era aún ordenadísima,
educadísima, exacta y sólida,
no cabía ni plebeyez ni engaño, ni nihilismo,
y el pensamiento era soberbio, augusto,
subrayando el gesto sereno y firme, magnánimo,
y el dinero -perdonad la confesión- lo teníamos quienes debíamos tenerlo.

Para nosotros el sileno griego, y el templo mozartiano, el lirio ruskiano,
el chelo de la noche, el violín del otoño,
las lluviosas playas de amanecida.
El mundo entero era una pastelería vienesa,
era una cristalería verdina con cofres verdaderos,
y la vida lo mismo, sin diferencia, al sabor de los pescados
en las tabernas de Sitges. Sí, hubo un día que nosotros éramos los amos del mundo.
Sin cutres revistas del corazón ni carreteras atestadas de turistas,
éramos nosotros, los buenos, los dignos propietarios
del inexorable mecanismo de la Historia, el Arte y la Vida. Rezábamos al Altísimo
y nuestras plegarias se atendían, buscábamos fe y alegría, y de fe y de alegría se nos proveía,
creíamos en el Bien, y no había mal en el mundo ¡Qué suave era el musgo y el muslo!
Nada había que temer, pues el mundo funcionaba porque estaba bien hecho.

Sin embargo, imperceptible e insensiblemente, se socavó aquel Ancien Régime.
Se dejó de oír el crujido de aquella osamenta que sostenía el orbe,
la trompetería en rotación de los bárbaros cruzaba las fronteras conocidas.
Sin embargo ocurrió que vosotros ascendisteis al escenario de la historia. Se trocó gema por plata, sino barro (las almas de oro eran reliquias del mundo de ayer)
Subieron muy mediocres y rapaces, muy mediocres y mendaces hombres al poder, todo se llenó de estas mentes ruines y vulgares del comercio, empezó caudalosa la tan indeclinable como impostergable corrupción de la Belleza.
Donde comía cada día con papá y mamá pusieron un Zara. En las voces
de mis semejantes y desemejantes enseguida percibí una neblina ácida y turbia.
Arreciaba como una plaga de langostas el tsunami de las muchedumbres.
Se imponía como blanca religión la ley de la horda.
Y ahora todo y todos continuamos como bestias en esta república.
Ahora todo está perdido y parece que nadie quiere saberlo.
El Orden industrioso y lacayuno, industrial y lacayuno, tecnólogo y sumiso, se conjura
contra aquellas virtudes de Helenas homéricas, de raudos Aquiles (y ya se observan parodias de Hefestion y podres estilizadas dentaduras de plexiglás)
Por el Orden impúdico se abren las puertas del Averno
y se congelan los vientos del mar. Y se hielan los desiertos.
Aquella sabiduría que era una perfección que absorbe, una caricia que unta,
se cambió por este expreso de Shangai cuyos raíles -raíles y bisontes-
a otra estación Mauthausen nos conducen.

Recuerdo como con papá y mamá iba arriba, al bonito reservado, a degustar mis cangrejos
y mis vieiras laminadas con tomatitos de invierno. Se hacía dichoso lo individual,
extenso Libro de horas la Forma, de oro la puerta damasquina se volvía. Agradezco a mis papás la hermosa tradición que me legaron. Pero pasó,
pasó aquello como pasa la arena a través de la medida clepsidra, como pasa el agua
del tiempo a través de la cintura voluptuosa de la clepsidra. Ya ahora en mitad del camino
de mi vida, recordando con amor aquella arcadia (el maître no oía inmorales planes de sexo como debe oír ahora, ni pazguatos y analfabetos comentarios de futbolistas o sus presidentes), recordando aquella feliz memoria que -ay- no fue promesa de futuro, derrotada la flor del tiempo,
poseedor de hacienda menuda y con envidiable mente decido

decido

decido desaparecer,
vagar por mis tierras gallegas,
saberme propietario de lo noble e inmortal,
vagar por bosques de eucalipto,
vagar por mi sonrosada melancolía,
y escribir, a nadie escribir,
las líneas precisas e incomprensibles de este elegíaco poema.




Habría mucho que hablar y matizar, de declarar y contradeclarar, de usar el delicado arte del matiz y la comparación, para que se entendiera el sentido -sentido en el sentido de mis intenciones- del texto anterior. De lo vario y diverso que deberíamos consignar sólo dos cosillas: primo, que tomar el poema ad litteram es a mi ver una barbaridad absurda, secundo, la omnipresente ironía presente en él, abundando para el que leyere en una definición óptima de ironía: la ironía es la estimación optimista de la inteligencia del que escucha. Nada más. Lean y sean libres, salud y libertad amigos.
Postscriptum: a quien creyere que los poemas antedichos son jodidamente malos , como el autor cree, consuélense con que en el mundo lo que menos abundan son los poemas jodidamente buenos. Demonstrato.












Mis desconocimientos e ignorancias acerca de los usos internaúticos alcanzan, como poco, dimensiones astronómicas, acaso de plaga bíblica. Pero hete aquí que por inferencia natural presumo que el primer apunte o post de este blog debiera o debiese ser -creo- una suerte de exposición de temáticas que en él se van a tratar, de píos deseos, o de altos (y bajos) propósitos.
Si mal no me traiciona doña Mnemosine creo llamaban en la cultura anglosajona Book of things a aquel libro que contenía recensiones de lecturas (y pensamientos asociadas a ellas) que solían hacer las muy espabiladas señoritas y señoritos del mundo de ayer. El orate diletante acaso caiga en ello (si hay fortuna), pero, dada la disfortuna que rige el orbe, hablará de cosas generales y particulares de quien esto suscribe. Como varón de alta cociente y que fue guapo en la guerra de secesión o, mejor, en el pleistoceno, como varón que tuvo dinero y las trocó, en España mora, por deudas, uno de los rasgos de mi carácter es la soberbia desmedida, la vanidad insensata, la presunción irracional, el creer, que en algún asunto de este mundo inmundo, pudiera o pudiese tener razón en algo. No se crean nada. Si desdeño en crítica hiriente, a quien sea o por lo que sea, discúlpenme. Si, en cambio, elogio, suspendan también su juicio. No me adornan saberes ni ingenium sagacísimo suficientes para desvelar las claves implícitas del Universo, la mente de P. Iglesias, las diferencias o semejanzas de los argumentos, la estúpida naturaleza humana, et caetera.
Permítanme argüir un argumento en pro del cauto escepticismo. Es tan bueno que no puede ser mío. La conclusión del argumento procede como sigue "la única creencia verdadera que sabemos infalible es una creencia sobre nuestras creencias, a saber, que no todas nuestras creencias son verdaderas". Las premisas del argumentum se basan en las múltiples veces que hemos advertido o nos han advertido sobre creencias nuestras falsas. Esta metacreencia, la que enuncia o expresa o afirma que no el resto de nuestras otras creencias son ciertas, debiera o debería evitar en nosotros un asomo cualquiera de talante dogmático. Tampoco abocarnos al escepticismo; si una creencia está profusamente justificada o motivada o razonada es una creencia con muchos visos de valor de verdad.
Concluyo, que me enrollo (además, y como diría Ptolomeo o Simeón, debo ir ad mingere) Espero de los no lectores que tendré compasión y magnanimidad aristotélica. Y que me insulten con un coeficiente de densidad algo menor del cien por cien, en el caso que tal maravilla sea dable. Un saludo a todos, a su santidad el papa emérito y a la afición en general.