martes, 26 de julio de 2016

Mis desconocimientos e ignorancias acerca de los usos internaúticos alcanzan, como poco, dimensiones astronómicas, acaso de plaga bíblica. Pero hete aquí que por inferencia natural presumo que el primer apunte o post de este blog debiera o debiese ser -creo- una suerte de exposición de temáticas que en él se van a tratar, de píos deseos, o de altos (y bajos) propósitos.
Si mal no me traiciona doña Mnemosine creo llamaban en la cultura anglosajona Book of things a aquel libro que contenía recensiones de lecturas (y pensamientos asociadas a ellas) que solían hacer las muy espabiladas señoritas y señoritos del mundo de ayer. El orate diletante acaso caiga en ello (si hay fortuna), pero, dada la disfortuna que rige el orbe, hablará de cosas generales y particulares de quien esto suscribe. Como varón de alta cociente y que fue guapo en la guerra de secesión o, mejor, en el pleistoceno, como varón que tuvo dinero y las trocó, en España mora, por deudas, uno de los rasgos de mi carácter es la soberbia desmedida, la vanidad insensata, la presunción irracional, el creer, que en algún asunto de este mundo inmundo, pudiera o pudiese tener razón en algo. No se crean nada. Si desdeño en crítica hiriente, a quien sea o por lo que sea, discúlpenme. Si, en cambio, elogio, suspendan también su juicio. No me adornan saberes ni ingenium sagacísimo suficientes para desvelar las claves implícitas del Universo, la mente de P. Iglesias, las diferencias o semejanzas de los argumentos, la estúpida naturaleza humana, et caetera.
Permítanme argüir un argumento en pro del cauto escepticismo. Es tan bueno que no puede ser mío. La conclusión del argumento procede como sigue "la única creencia verdadera que sabemos infalible es una creencia sobre nuestras creencias, a saber, que no todas nuestras creencias son verdaderas". Las premisas del argumentum se basan en las múltiples veces que hemos advertido o nos han advertido sobre creencias nuestras falsas. Esta metacreencia, la que enuncia o expresa o afirma que no el resto de nuestras otras creencias son ciertas, debiera o debería evitar en nosotros un asomo cualquiera de talante dogmático. Tampoco abocarnos al escepticismo; si una creencia está profusamente justificada o motivada o razonada es una creencia con muchos visos de valor de verdad.
Concluyo, que me enrollo (además, y como diría Ptolomeo o Simeón, debo ir ad mingere) Espero de los no lectores que tendré compasión y magnanimidad aristotélica. Y que me insulten con un coeficiente de densidad algo menor del cien por cien, en el caso que tal maravilla sea dable. Un saludo a todos, a su santidad el papa emérito y a la afición en general.
  

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