domingo, 7 de agosto de 2016

ACERCA DEL ESPÍRITU DE LA COLMENA PLANETARIA

Si Arendt hablaba de la banalidad del mal, forzando algo las cosas, se podría hablar de banalidad de lo vulgar. A mi juicio, desde mi ángulo, ésta es la Era de la Banalidad de lo Vulgar, tal su espíritu. Cierto que el anterior es uno de esos conceptos bull-dozer que, pretendiendo explicar mucho, poco explican, pero creo capta o describe muy perspicuamente la malhadada era planetaria contemporánea, la esencia y existencia de nuestra colmena. El xxi tiene el alma muy grosera, tosca, de oír pop deglutiendo pop-corn, de patología de opereta bufa, de un "divertíos hasta morir" lleno de calumnia y acabamiento nihilista. Parece la mente del xxi la típica de una suerte de astrólogo disc-jockey. Que Dios nos coja a todos confesados.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿qué ha ocurrido para tan lamentable estado de cosas? De alguna manera se ha sustituido de modo insensible y muy rápido la necesidad natural de cualquier mente hacia su realidad de belleza, verdad y sabiduría por una banalidad manufacturada y propaganda, se ha sustituido la mente culta por la promocionada mente yerma, la mente civilizada por la asilvestrada del supermercado, el derecho y la moral y las costumbres se han cambiado por el dinero y la publicidad, el orden que desea y ama la perfección por el caos despistado internaútico, se ha cambiado el juicio por el vacío, el campo por la metrópolis, el elogio y vivencia de lo lento por una velocidad desmedida, de medida no humana, la alta cultura por la cultura de masa, la creativa frustración, la imponderable idea de límite, por una euforia perpetua, el universalmente presente chirrido del turbocapitalismo por el clarividente silencio, la panorámica por el ultraespecialismo, la tecnología se ha puesto en lugar del arte y las bellas letras, la mitología de los mass-media en lugar de la religión tradicional, la ciencia en lugar de las humanidades, y, todo ello, para más inri, frente a una pantalla, constante y amplísimamente frente a pantallas, sea del televisor o de terminales computarizadas y ordenadores.

Todo ello ha causado mutaciones en los modos de la personalidad, por así decirlo, que conducen a todo y todos hacia aquello que no puedo menos de no motejar como "banalidad vulgar". Se pierden las potencias del alma debido a los nuevos tiempos y resta como una tristeza sin hilar, como un vacío que evita la lucidez. Se descree de aquella pasión científico-estética que nos induce al conocimiento puro de la vida, a la gran visión de lo real, al impulso a lo real. Ese impulso, ese eros (por decirlo a la antigua), es lo que creo que hemos perdido. El exigente impulso del silencio creador, el antiácido contra el irrevocable impulso a que nos empuja lo banal por vulgar, lo vulgar por banal. A toda vida humana le acaecen o afligen dos o tres tragedias, pero la energía de aquel impulso, te rellenaba de sentido, de designio y comprensión. Si mi hipótesis es cierta y lo que mueve ahora es el impulso de lo banal vulgar, a qué dudar que ello nos adelgaza y mengua en la sinrazón, en mentes sin interpelación con lo sólido y recio.



Diagnosticada, pues, la enfermedad espiritual del xxi, cuyo origen es, por decirlo metafóricamente, una sobreabundancia en nuestra dieta de pop-corns. Si, como decían los marxistas, dime lo que comes y te diré lo que piensas, precisamos una dieta con más fuste. Dieta de alto pensamiento y delicadeza de gusto y opinión en el sentimiento. Alimentos en contra del uso y la usura de este siglo xxi incipiente.
Puesto que descreo de revoluciones políticas, que inevitablemente traen desorden y violencia, arguyo y reivindico una revolución del yo. Arguyo y advoco por un ideal de vida basado, de alguna rara manera, en el leer-escribir, el meditar, el contemplar, y el experienciar. Me gustarían yoes (y el quid de la cuestión es que tal cosa sería liberadora) poseídos por pasión bibliómana, nunca biblioclastas, una lectura de grandes libros y una sabia lectura de grandes libros. Leer en busca de inspiración y resonancia, de modo tan intensivo como extensivo (aunque, creo, es mucho mejor la lectura vertical, pocos libros leídos a fondo que muchos por encima) Y también es bueno que escribamos; así vivimos dos veces. Por "meditar" y "contemplar" entiendo, además de lo que dicen las palabras, de su uso común, bastante más. Meditar, la meditatio, acaso sea la actitud por la tranquilidad, la apología de lo lento, la emoción tan sensitiva como melancólica, el sentir hiperestésico a la par que, simultáneamente a, el sentir calmo, el mecanismo subyacente a lo sublime y lo silencioso, el deseo en tanto que búsqueda del todo, el dejar que el mundo venga a ti (en lugar de al revés), la mirada abierta y perceptiva y desprejuiciada, sentimientos desgajados de turbiedades, la idea exactísima, la idea que sucede al sentimiento, la idea que lo precede, la idea convertida en Forma, el placer de la felicidad en las artes del empirismo interior, la pasión por signos fuertes como "alma", "verdad", "muerte", "vida", "destino", la cartografía de la síntesis, el don de la ebriedad, el hábito de la libertad, etcétera. El contemplar es el lado místico del meditar, un meditar elevado a la enésima potencia, un meditar a lo bestia. Respecto al "experienciar" lo entiendo como tener muchas experiencias, y, en general, fruir con ellas, pero, también, en su vertiente de vita activa y placer a poder ser superior. Intentar, en el experienciar, agotar nuestra pequeña galaxia de lo posible. Desde el viajar con los pies y el copular hasta la experiencia del arte y las palabras. Desde el marranear (si pudiese ser, poquito) hasta el emocionarse estéticamente.

En definitiva, que no debemos ser bobos satisfechos en nuestra piara, porcos na corte, sino aspirar a vida examinada, a vida inteligente (debemos empecinarnos en ser inteligentes), a vida vivida. Y que una buena muerte honre al cabo una buena vida.  Vale.

EL PRÍNCIPE DE LA SOLEDAD A LA HORA DEL DAIQUIRI INVITA A PALACIO

No a leprosería, a un palazzo les invito, al de la hiperestesia y los mármoles en las estatuas. Aprenderemos lecciones: Bernini, la astronomía egipcia, el morbo de las tarántulas, la música tout court.  Notarán cómo se adensa la belleza en el alma en transporte de pedrería verdina igual a la absenta. La belleza que, a través de los oídos y los poros, se mete en los adentros, la belleza que viaja del éter a los búhos, de los búhos al jardín, de ahí a la villa, esa belleza contigua a las estrellas y los bosques, se posará en sus ojos achispados. Que la villa sabe doctrinas de eromanías, de ángeles solitarios y meditabundos en las playas del atardecer, de hombres corydianos y amazonas dafnianas, de salvajes filosofías, cual una rural erópolis. Todo -lo juro- fluirá de luces oxigenadas, a diferencia de ese casquete de invisibilidad que pone la mirada en los objetos en nuestra actual época, y veremos plumas de oca en colores de Piero Della Francesca. Veremos, sí, sí, colores de una sutil fiore d´arancio, y geometrías que glorian al Amor, y cómo los gatitos cabrillean de luz rezumando aroma a espliego, y leeremos los Psalmos, y reiremos en fotografías de luces indirectas. Pero, nobleza obliga, desarrollen su legítima rareza. Desarrollen su legítima rareza y sean tapiadamente bienvenidos.

Qué hay en la villa; biombos, un óctuple cangrejo, cajas lacadas con razón suficiente, pensamientos latinos pensados por Rimbaud. También hay el cielo de Uppsala, hornacinas, una pequeña galería de fantasmas, seis sextantes, la rue Auguste hace dos siglos, Silvestre II antes de morir, dados, verdes mares de marihuana, sextinas, una boîte de la rue Auguste del verano del noventa y siete, moléculas que saltaron de la piel de chicas norteamericanas que tomaban el sol en la piscina y que una nube a transportado a Europa, libros de la Loeb Classics, gatos y rosas y cangrejos, pero que mucho sabor a cangrejos, y muchísimas cosas más.

La bullanga de la vida en el palacio estallará como palomas trinitarias, como cremalleras de sus tejanos. Y, claro, claro, estalla la belleza sin necesidad de decir "no", no se exige gritar un "no" lleno de hiel e injusticia, de sufrimiento y psicopatía, de sinsentido. Que la belleza moja la hierba, pone el líquido en la copa, arrulla a los amantes, la belleza aquí no dibuja tachaduras sórdidas. Gotea de ubres nevadas al comenzar el deshielo, es, en definitiva, la belleza en estos lares como una civilización sensata y clara. Encima a la hora del crepúsculo se disfruta de mucha soledad. Un crepúsculo gnómico, gnóstico, numinoso, alquímico, luminoso girasol alquímico, por el que zozobran las ardillas del jardín, y por el que la lluvia se empecina en caer inclinada.

De oro es mi daiquiri. De oros son los daiquiris. Amarillos oros, uñitas amarillas, infancias hermosas de oro, braguitas de oro, agua de piel de oro. Sí, oro. En la villa abunda el oro. De oro la hélice de sus ojos. De oro Internet y las catedrales. De oro la realidad henchida de arte y entusiasmo. Que sea vuestro el sabor frutal del daiquiri mojando vuestros labios. Que sean los labios mitad de guepardo mitad de Ava Gardner, mitad carpe diem mitad carpe noctem. Que el digitus del ángelus zumbe colérico en nosotros. De oro. Así de oro. Donde las avispas inconmensurables son de oro dorado. De oro.

Y en el palazzo la palabra "hafiz" gotea en la garganta, y el haxix afila dagas y las razzias ensanchan los pulmones. Las palabras son pérgolas de lujo retórico como la prosa de Nabokov, y, según las últimas estadísticas, una fuente mana. Mana y mana como una salmodia, como la débil Parca, como una pistola humeante en el negro capó de un auto, como un cerebro imposiblemente tartamudo y muy ingenioso. La fuente de la vida, llaman los chavales a las fuentes de palacio.


Invito a palacio. Queda dicho. Welcome, ladies and gentlemen. Nadie, a lo que parece, no está invitado.

EN BUSCA DEL CAMPO NEVADO

Nieva. Los copos empiezan a caer como un ballet de lirios blancos, como un vals de estrellitas suaves, livianas y mimosas, y en el campo de enfrente de mi casa prolifera un manto inmaterial que me enajena de la vida común, y me conduce a un trigal nevado y nuboso de paz, de lejanía y armonía.  Nieva; nada mancha, no hay pecado sobre el desenrollado foulard de armiño blanco del campo, nada mancha a la inmaculada nieve en este jardín de Dios. La roja sangre no existe. Buscad mi barca junto al río que deshace los copos, platicando con el barquero, no en el cúmulo de artefactos de la metrópoli, ni en la geografía agria y desmembrada de este paladar hosco del siglo xxi. Buscadme en la república de nieves y sedas, de nieves y noche, de nieves y luz, del campo blanco en un día Febrero.

Mi empresa es religiosa, como le ocurre a los hombres que emprenden trabajos serios. Como serio y feliz es el carácter amoroso con que observo a mi perrita saltando y dejando caóticas huellas. Su corretear es una tensión serena de opuestos, una calmada armonía excitada, al igual que las levísimas piedras del hórreo listadas de franjas albas, cuya luz fluye como si estuvieran en comunión con el tiempo, con el musgo no discordante, con la paz y los buenos sentimientos. Porque restallan y brillan las aristas de mi aldea, del planeta y los mundos. Oh sol, oh bendita luna, concededme vuestra mecánica, dioses que componen la Obra cual si fuera el mayor opus magnum concebible. Y la nieve -ese tibio, casi zigzagueante ballet- es cómplice de sus poderes, de su sujeción, de su respiración, de su resurrección. Cae la nieve como traza el calígrafo oriental el gesto. Caen bulbosos y menudos celofanes, como Dios cae en el corazón del hombre inoculando, inculcando, enraizando la fe y el amor. El espíritu de las nieves son joyas sobrenaturales, que, por milagro, se hacen presentes, materia viva. El alma de la nieve nos insta a la beatitud, a martillear dentro de nosotros con ardor el bien, nos impele a esculpirnos en nobles magnificencias y providencias.

Ahora el aire es seco y frío, pero la leña tibia o cálida, y Él me acolcha hasta conmoverme, con dulzura taumatúrgica. Nogueira se llena de una progresiva blanca cristalería casi adolescente, de faz inteligente. El orden derrama eros en las cuadras de las arrebujadas y senequistas vacas, también -lo veo-, sobre el tapiz de las infantiles estrellas, de las tímidas nubes. Se derrama una obligación de amar sobre las bestezuelas, sobre las mejillas gritonas de los niños, sobre la hierba húmeda y pura. Nieva como si orasen los lirios, cual si regresaremos del reino de los muertos, en lentas, rubias oraciones (la luz en oleaje atraviesa los copos) El lobezno, se presume, tiene la nuca caliente, y el buey es tal que necesitara la protección de mi casa, y los peces invisibles de este mar sensible de nieve, desnudan los sonidos amortiguados del valle. Está soberbia la naturaleza. Brutalmente bella. Hermosa y soberbia como el más fértil pinar. Soy, en mi mente, una nube que podría demostrar que todo existió siempre, que nada es nuevo y distinto. Intensas de agua de nieve, de cellisca plural, son las nubes dando sombra y nieve a los bosques. Creo.

Y en busca del campo nevado me muevo. A la busca de muy blancos lirios en flor danzantes. Y, ya desnudo, me siento en el regazo de Aquél que no conoce fronteras, de Aquél que no usa artimañas, y es dulce como una niña muy educada, o semeja un corzo saltarín, o una liebre a quien le late veloz el pecho, o no se distingue de una flor que Amor regala a Amador. Nieve: lirios, un hombre, una fe: una lluvia de nieve en aldea galaica. Porque tres objetos son uno: el alma, la verdad y un campo nevado.




ACERCA DE CÓMO LEER (Y EXPERIMENTAR)

A lo que leo, tras lo que contemplo y así como las razones y criterios de la contemplación, incluso a lo que siento, incluso también al pensamiento, a la hora juzgar o evaluar sus calidades, de argumentar su grado de bondad o eminencia, le aplico un exigente criterio artístico, implícito en los juicios, que ahora deseo hacer superficialmente explícito.

En la discriminación artística, en el sopesar y comparar, a la hora de informarme del valor de lo leído, e, insisto, estos criterios son extensibles al ámbito de otras experiencias, en la medida razonada del orbe libresco, lo reduzco todo a una cuestión de fuerzas. Sobremanera importa, a mi ver, la fuerza estética, pues la alta y sublime dramaturgia estética, el concretar lo bello en energía verbal, es don incomparable. En la fuerza estética relumbre y esplende la belleza, como en el centro de una emanante transmisión plotiniana, porque el dinamismo de kalós en las palabras cualquier cosa ennoblece y dulcifica, hace del arte algo no arrabalero ni menor ni industrial, nunca, en fin, objeto de vulgaridades predecibles; kalós debiera ser el norte, faro y destino de lo escrito, la médula y savia del verbo, el culmen al percibir la lectura. Pues la fuerza de la belleza eriza las pilosidades de la mente, nos transporta a reinos supralunares, vuelve el ojo de la percepción y la intuición una educada materia contradictoria de la chatarra y la bisutería de las ferias. La belleza endiosa al hombre, lo cumple. Y además la literatura bella conspira contra esta Era de la Fealdad, nos adentra en sinestesias de rumores vegetales, de densidad de significados lunares. Con hábito la fuerza de la fealdad nos posee, y nos deforma; con hábito de lo bello, la vida se transforma, y al bien nos conforma. Las sensaciones de lo feo embotan el alma, abajan las sensibilidades, nos abocan insensibles al pudridero de la historia, a la idea, como un Napoleón psicótico, de que sólo vale lo útil (como las letrinas) y no lo desinteresado y gratuito. Y a la busca de árboles hermosos en el bosque de los libros, permaneces y te inscribes en el gran orden de lo bello universal, galáctico. La belleza es una gloria universal que colinda con la gloria individual. La belleza permite aguzar los ojos y la mente ante lo particular, por lo que se convierte en corrosivo o acidulante o desincrustante de conductas gregarias. La Belleza, en esta época de fealdad ruin, es revolucionaria, la espita de una bomba contra el sistema. Algo bello aparece en nuestro siglo como algo alternativo, como un mundo posible de la gran panorámica junto a los grandes ideales, además, y según enseñan doctas tradiciones, la mente divina es, si es algo, seguro que necesariamente muy bella. Participar de un subconjunto natural de belleza es participar en el gran conjunto de la belleza divina. Porque también pudiese o pudiera ser la belleza noble dado que es moral, y, por tanto, en los hallazgos expresivos del escritor, vive en potencia la rectitud del orden (y eso es la sabiduría, el orden y el amor) Que el genio estético se deslinde del genio moral, que se lo evite y elimine, pudiera o pudiese ser un signo de decadencia. Pero, aquello que no es susceptible de duda, es que sin la fuerza estética, sin el qué y el porqué de la rosa, vivir es morir, la vida se torna lisa y literal y crasamente insoportable. Nosotros respiramos la toxicidad del mundo de modo irreflexivo y natural, pero, a mi ver, esto no significa que no somos más que enfermos espirituales. No somos sino moribundos o zombis (permítaseme la opinión contundente) si vivimos enfermos de fealdad en esta era de ocaso y fin de la belleza (belleza: por casi lo único que merece la pena vivir)

A lo que leo (insisto, tal se puede ampliar a lo que se experimenta) me gusta aplicarle el grado o intensidad de su fuerza cognitiva, o mental, o de pensamiento, o de don perspicuo de conocer con la fuerza del pensamiento inferencial y analógico. Con la expresión "fuerza cognitiva" indico la elevación y altura y gracia del pensamiento, sus retahílas y recovecos, su hondura y precisión. A este fuerza se le asocia, vano subrayarlo, la mente grande, la gran mente, el gigantismo inteligente, el cociente de exactitud de los productos cognitivos. Se ve en la gracia y revuelo del matiz, en la brillantez del razonamiento, en el diseño de la imagen, en el don de crear metáforas, en el análisis de los hallazgos, en la clarividencia, en las sinuosidades de valles y depresiones de la complejidad, en cierto valor terapéutico pedagógico, en la amalgama sutil de la síntesis, en el aumento, que a sí mismo se alimenta, de las ideas y sus ramajes, etc... etc...Que, en resumen, eidos es el esplendor del espectáculo imaginativo y racional. En la fuerza cognitiva, a modo de voz baja, surge la pleamar de la verdad. Tras la fuerza cognitiva se mira y admira, retumba, hay en ella, tras ella y bajo ella, la Verdad. Un magnificente eidos en pos de la verdad, no sería mala definición de la fuerza cognitiva. Además creo que en la creatividad de la verdad se figura lo grande, lo definitivo, nunca la pancarta triste del tétrico nihilismo. Creo (con convicción) que debemos creer en la verdad, ya que la verdad aclara y discierne, discierne y sustancia, ama y conoce. Para mí resulta una alfalfa intelectualmente muy bajita, además de que crea una suerte de depresión anímica, la apología sobre la disolución de la verdad. Veo una suerte de conexión entre la corrupción de la verdad y la corrupción del lenguaje. Malos, malos tiempos son, para los buscadores de verdad.

Por último, a mi ver y entender, es relevantísimo evaluar la fuerza sapiencial (en lo leído y contemplado) La fuerza sapiencial poco tiene que ver con muchas de sus versiones degradadas, sino con el don del esclarecimiento, con la tentativa de respuesta al enigma. Discernimiento vital y moral, en definitiva. La procura de solucionar las constantes de la naturaleza humana, de escribir sabiduría en nuestra alma interior. Es una brújula o mapa frente a las oscuridades, un entendimiento de las cumbres y los abismos, de las simas y las trampas. La fuerza sapiencial mapea el territorio del corazón humano con poesía, filosofía, novela, imaginación, ética y ejemplo, brillo y estética. El sabio acierta en la diana, y nos insta a ser ricos y maduros y floridos, elaborados y reales, nunca hombres huecos. En el alma elaborada suenan diapasones estelares, autoconciencia del cosmos. La energía sapiencial es un examen inteligente de la vida. Un poner una dimensión astronómica en nuestra pequeñez mineral. La sabiduría niega nuestra propensión a la mendacidad.


Hemos dado los titulares de las fuerzas. Si las desmenuzamos acaso veríamos otras subfuerzas alternas como la fuerza musical, la fuerza lógica, la fuerza gramatical, la fuerza retórica, la fuerza astronómica, la fuerza teológica, o sea, toda una desplegada fuerza de tríviums y quadriviums. Pero, las energías seminales, creo, son las antedichas. Todo se reduce a un análisis o explicitación de la belleza, la verdad y la sabiduría. Dónde están ahora las obras bellas y verdaderas y sabias, dónde lo hermoso arrebatador, lo inteligente por maduro, lo lento por sabio. ¿Dónde está la medicina del alma? ¿Dónde está la verdad que hemos perdido con el nihilismo?¿Dónde está la belleza que hemos perdido con la imagen?¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido con la tecnología? Parece, se diría, que la fuerza de lo mediocre destruye ríos, anega ciudades, embrutece corazones, confunde mentes. Se diría, parece que la forma informe es la fuerza del orbe. Dónde la Forma en lugar de esta atrabiliaria ensalada de ruidos y palabras. ¿Dónde?

sábado, 6 de agosto de 2016

ORQUÍDEA Y ACEDÍA

Verano. Northlilia -tierra al norte de los lirios- en silencio y el mundo en calma. Posesión de la noche en el espíritu perfecto del pensamiento. Divino primer día de la creación. Noche azul. Una pradera me convida al agua, me transformo en un gran susurro vegetal, veo acordes de respirada luna azul dentro de las fosforescentes luces de la noche. Y pienso con el mismo cerebrito de una planta. Y siento con el mismo sentimiento de una manzana. Tengo ese acceso a los objetos de natura mediante el cual mis deseos pueden alzar ríos, provocar torbellinos en los ríos. Quietud del verano. Quietud que es significado. Un punto de quietud en el eje del mundo, quedando éste ahora suspendido en la fijada voz apergaminada de las abejas, en las savias de musgos frescos de las fuentes. Albada de trompetería sinfónica -lirios mozartianos, prímulas bachianas- en la turbamulta de los pájaros al amanecer a quienes presto un oído de seda y nácar y nada. La creación es real. Negra noche como es negra la media de hembra. Ah mi feudal aldea gallega; treman como músculos de un violín cada una de las piedras y los palleiros. Justo mientras nace el día acaba de cruzar por mi jardín una ardilla. Pienso y siento, lentitud del pensamiento. Noche y alba, lentitud de la soledad. Matrimonio de orquídea y acedía. Conmigo la estupefacta sombra de la ardilla con su cola azul.

Primavera. Rapsodia de Northlilia clara e intensa, como de mirar y oír muy quieto, mirar y oír y entender desde la flor amarilla hasta la cola azul de fuego de los meteoros. Me gusta mirar nubes, ponerlas en el hueco de mi mano y mirarlas, investigar nubes como quien elabora ecuaciones líquidas. Las elucido parsimonioso. Veo su bella verdad enlazadas al gran Orden, al orden de campanitas sonoras de los abejorros, al orden de los huecos de silencio llenos de luz tamizada de trigos y mies. ¿Sufrir? Me voy puliendo como con piedra pómez, y caen escarchas de sufrimiento. Y contemplo como se pulen de sexos diamantinos las hojas, como la savia circula por la arborescencia de los cerezos, como mi mente sanguínea se une con razonamientos intangibles a la mecánica de los milagros. Ah esta primavera que adviene con fuerza de destino. Las ondas del peral en mi iris reverberan, el tufo del eucalipto hace aumentar la densidad de las moléculas, y florece el tojo y sangra el hocico de los jabalís. No investigo, contemplo. Así como el científico elabora ecuaciones, y el poeta metáforas, yo elaboro contemplaciones extraordinarias e incorruptibles, insobornablemente hermosas y no caducas. Llega la hora del menstruo de las primeras mariposas. Matrimonio fulgurante de orquídea y acedía. El amor -lo bien creo- es un noble metal amarillo, el sexo un elemental lirio salvaje. Y nobles, muy nobles bestezuelas azules los trigos. Y es noble el alma y el espíritu. Rapsodia de verdes. verdad. Se alcanza -diríase- la delicadeza suprema de sentimiento e imaginación.

Otoño. Convalecen de frío el valle y los bosques. Caminos del bosque donde se ven copular a íncubos y náyades, donde -también- se llora de alegría si algo entibia el sol la piel. La piel de la espalda que me besa un ciervo. Dos astros se siguen como sigue el adjetivo al nombre, como sigue la sombra al cuerpo. Mastico unas hojas de helecho y, poco a poco, me duermo bajo un nogal. La Realidad es igual a este circunvalante verdiazul gallego. La Verdad es el milimétrico goteo de las fuentes, la Belleza son las orugas, las senequistas vacas, eros, philia, y ágape humedeciendo mis labios. Y otro ciervo lame mis nalgas. Compacto matrimonio de orquídea y acedía. Porque Abril es el mes menos cruel, y no hay fealdad en los petirrojos, y óperas de vientos invaden el silencio. Más allá del valle está la sifilización; el reino de margaret astor con las braguitas con el pespunte deshilachado, el reino del viento de los acrílicos color seca pulpa lujuriosa. Pero aquí no existe, sensu strictu, lo hermoso y lo feo, el antes y el después, lo agradable y lo desagradable; aquí todo fluye indiferente bajo el árbol o reloj cósmico de las ideas unidas a la visión, de los objetos con el corazón fundidos.

Invierno. Entre feos y estúpidos, mediocres y soberbios filisteos, vivía antes en el Reino de las Afueras. Pero había en mí un gran orden de silencio. Anhelaba los lirios del campo, las aves del cielo, las margaritas silvestres, contemplar nubes. Con íntimo orgullo he de decir que poco me turbaban los afanes del dinero y la industria. Pero mi mente era una paloma atrapada en la turbina de un avión. Sueños de águila despedazados por las aspas de helicópteros. Presentía en mi empirismo interior la cola azul de las ardillas, la cola peluda de los meteoros, la sombra y los abrazos de los piñeirales del bosque. Lentamente me abracé al silencio, a mi sustancia melancólica y dichosa, a ver la pupila de la lechuza. Ha tiempo que vivo en Northlilia. Renací.

Ahora me gusta cada invierno pasear por el Sendero de los Melancólicos. En mi mente a veces hay pensamientos lujuriosos, acrobáticos, hay afectos rococó. Pero el frío se incendia y se escalofría de calma mi mente; no, ya no sangran en su anzuelo las ideas, parece que nunca cansa la verdad ni la nieve en el camino. Ahora mi yo es una roca gozosa de palabras amantes, de palabras suaves como piel de conejo, de palabras tersas como piel de pimiento. Advierto en mí palabras-oruga: esas que amo por que son lentas y recias. Advierto palabras-lobo: en los riscos de la suprema luz de Enero. A veces creo que mi cerebro piensa con el cerebro de un caballo, con el cerebro de un helecho. Y, vano decirlo, poco más soy que muchas y muchas lluvias. Consciente de la quietud, la calma y la hondura, a mí mismo me digo, "amor vincit omnia", me digo en voz baja, "Northlilia fidelis, protectio fortis".



Postscriptum. (i)  Miro el río. Las aguas escribes astillas invisibles de frases perfectas, oraciones de un lento e intimidante fulgor, párrafos y libros de un gozo intocable y definitivo. Existe un vigor lingüístico en el río que sólo se aviene con el término "sublime", allí donde el agua esplende como húmeda piel de abeja, allí donde el movimiento de los renacuajos son pequeños momentitos de redonda soledad, allí donde se percibe el símbolo, la figura anhelada, la orquídea y la acedía del Uno, de la forma y lo verdaderamente musical. Oigámoslo empapados de soledad y silencio en la orilla del río. ¿Qué es el silencio sino una hormiga que recorre el planeta de tu mano?¿Qué es la alegría sino fluir del agua y sol en los regatos? (ii)  Amor tributario exclusivo de lo sensorial y lo espiritual. Eso es amar el impulso de las nubes, el agua intocada y sagrada. Eso es amar la luz, las nubes y el destino. El ángel del delirio cada noche ilumina a las estrellas y tú duermes mecido por el suntuoso toisón de la vida. Ah la catacumba plácida y hermosa de los sueños, como la poesía, como la acolchada noche que dimana olor a naranjos. El alma vaga con avidez entre el tumulto de olas de eros. Eros es orquídea y melancolía. En Northlilia razono y siento como la espiga, como una nube sonrosada, como el oscuro Marte, como un monte espeso o una isla solitaria.  (iii)  Los ojos de náyade floral de las fuentes aquí están. Y los labios, mitad de letras, mitad de brasas. La orquídea y la acedía no se describe, se vive. Todo acabará en un "the end" o bien en un "game over", pero del corazón de Northlilia, de sus almas, veremos ángeles, serafines y arcángeles que  a lo alto vuelan...






viernes, 5 de agosto de 2016

DE LA IMPOSIBLE REVOLUCIÓN DEL GUSTO O ACERCA DE LOS MIRLOS

No sois vosotros, y procuraré decirlo sin que medre
el habitual mimo acaso memo que os dais,
no sois Pericles ni Polibios, ni, claro, claro, Platones,
sino una muy probable forma amorfa de sofistería, ruindad e ilusión.
Nihil novum sub sole.
Pero conste que un poquito os quiero, un poquito sólo eh.

Yo quiero a los mirlos coronados, súbditos exclusivos de sí mismos,
cuyo pensamiento es sol al filo de la espada,
con un sentimiento que es a los ríos de las lunas
lo que los bosques a los ríos de las sombras.
Yo quiero a las sagas heroicas de los pájaros,
a la prole de Zeus en las pestañas de los mirlos.
Mirlo. Mirlo al sol. Eso quiero. No sombra o cueva, o nicho de mirlo.
Canto, evocadora armonía de mirlo. Quiero la albada tonante de los pájaros.

Pero vosotros, pero nosotros, descreemos de la nieve en la garganta de los mirlos
y gustamos de voz grabada en micrófonos. Reproducida en DVD (Donde el Vacío de Dios)
Tú y yo, somos nenitos y nenitas feúchos, malcriados adolescentes de nada ilustrada
belleza. Somos una idea mal gobernada, un intratable pueblo de cabreros analfabetos,
mamones, pijos, progres, chupatintas, batracios, discotequeros, zampabollos, meapilas
y cagapoquitos, vagos rumiantes de siesta o workalcoholics, ignorantes menores de edad
de barrio de salamanca o Vallecas, del Deep-South o Barcelona, de Ponte-Caldelas o Lugo,
somos africanos macheteros, degolladores como el FMI, y nos alimentamos
con una mezcla de bobería forrada de memez untada con salsa de bollycao, y bebemos berzas (y abusamos de cervezas), y -lector, caramba que lúcido retrato perpetra el escriba-, y
respiramos frijoles, maltratamos amores, somos un intratable pueblo de puteros, un intratable pueblo
de revistas femeninas, chismorreo maledicente y Real Madrid.
Todo el largo excursus para evidenciar que no, no somos divinos mirlos.

Oh auxilium domine, preciso ser un mirlo, he de leer
y amar hasta ser indiscernible del mirlo,
saber de la bendita soledad y de la energía del silencio
que todo lo abarca, aprender a estar quietecito en casa,
contemplar la plenitud, la virtud
del inverso invierno del verano, de los animales dorados,
de las fuentes al mediodía lubricadas al mediodía, del orbe
blanco y juvenil de las galerías interestelares, allí donde moran los dioses,
donde el mirlo blanco difama patricio al Cálculo y la Máquina,
allí donde nunca se chapotea en el Océano Gris de Internet,
y no hay u.s. navy con cabecitas de chorlito,
ni Podemos ni PP,
sólo mirlos que Casandra profetizó
y obediencias a Ifigenia a orillas del Táuride.
Todo el excursus anterior para aseverar que se precisa
una urgentísima, velocísima revolución del gusto.

Que la verdad del universo son mirlos y no moscas,
gloria de pájaros, genios conspirando contra la medianía.
Que la Vida, oh mis dioses melancólicos, sea gloriosa y no moscosa,
heredad púrpura, reino incorruptible de la delicadeza,
sinestesia horadada por lo sublime,
que las moscas son vox populi, y los mirlos vox dei.
Que el zumbido de las moscas
es lírica gomosa, lo sabe y signa The Lord of the Flies,
que el mundo tiene color mosca, alas de mosca, legañosos ojos insomnes de mosca,
feas, feas moscas nada exquisitas, moscas que tienen dinero
o pobres mocas que lo anhelan, cansinas moscas
-el mirlo (miradlo) magnánimo se zampa un néctar de moscas-
moscas, lascivas moscas, p... moscas.

De lo que se deduce, de lo que necesariamente se infiere,
lo que implica de modo y manera incontestable,
de lo que se sigue como la sombra al cuerpo,
que no,
que no soñemos sueños irrealizables queridas moscas, quiero decir,
queridos míos, que no es posible
siendo como es lo exclusivamente necesario -no hay alternativa-
una Revolución Universal del Gusto.


DE UNA MONÁRQUICA APOLOGÍA DE LA LECTURA

Leo en silencio. Con la fuerza silenciosa del yo, con la bendición de la soledad, para ver a través de la página las esferas del cielo y los círculos del infierno, leo en soledad, para aspirar a una visión bajo el aspecto de la eternidad, leo en silencio, leo, aspiro a leer, como si poblara el mundo bien por arriba o por debajo. Poblar el mundo desde arriba al leer y descreer de las mezquina usura de las palabras como moneda común, y creer, en su lugar, en palabras aureoladas de silencio, palabras tensas en su interior, palabras-oruga y palabras-lobo con su genio patricio aristocrático, fuera del orden consuetudinario, dentro de un ordo divinis, leo en la noche aumentando mis riquezas en cada página leída. Leer, leer, leer; leer hasta el fin del mundo. Leo para la gloria.

La noche se hace meditación en la página leída en silencio. Un silencio de siglo de edad media, vegetal y claustral. Una emulsión de profundas vibraciones se transfiere del fresco aire a mi mente. Leo . Soy. Limitado y paradójico, en mí la serena meditatio tranquila. Sucesivamente se traspasa el límite. El libro se hace conciencia. El verano es. Mi mente se aguza y oigo avispas a cientos de quilómetros. El intelecto se aguza y vacía, y oigo ideas como burbujas coloreadas. La impresión de la lenta lectura meditada y memorizada es este silentium que resume la expresión "entender con carácter intuitivo". Como que leo poemas debo vestirme de gala, ponerme agua de rosas en las manos, pasear mi mente con un bastón lacado, oh río del libro delicioso en mitad de la noche.

El río melodioso, el río del tiempo (tic-tac), ese río de silencio dentro de nosotros que somos, ese río de memoria que irradia. Lento veo y creo que los hombres se desabrazan al silencio sin leer en la noche. Pero pienso: ¿acaso no nos solicitan las impertérritas estrellas?¿no tiritan acaso como guisantes enanitos? El cielo estrellado de mi aldea gallega es lo contrario al chirrido de barbarie técnica, a la turbovelocidad cifrada en la quantitas y no la qualitas, a la férrea ley del número, a tanto sonido terrorista e ineducado en esta Era de los Orates. ¿Dónde la elemental oceanografía del silencio? ¿la medida humana del silencio? ¿la aventura de leer y amar en un amalgamado compuesto de belleza y bondad, de belleza y verdad? A veces creo que condición del pensar y crear es la nochesoledad. Para muchos sus fines, su esencia y existencia, supuestamente no existen. Incrustados en los propósitos digitales del ruido y la máquina carecen de desincrustante. Falta alma. Falta amor. Falta nochesoledad.

Al obispo de Corpus Christi, a mí y al Señor, cada vez nos ofende más Twitter y Facebook.  Hay que leer contra el océano gris de Internet. En papel te elevas, en e-vida te abajas o agusanas. Y, ¿qué es mejor, un gusano que no saca la cabeza de la tierra o el volador de universos? Si usted me ha leído hasta aquí es muy probable que no carezca de sentido de las cumbres y el abismo. La cumbre es , a mi juicio, el daimon de lo recio, la capacidad interpelativa y asertiva del sentido de lo sólido, lo vertical, el libro, el gran amor. El abismo es, a mi ver, que se adueñe del planeta de los vivos la enanísima mente financiera, ese subnormal objeto de subliteratura de Donald Trump, la zafiedad de la música coribántica -que no educa-, la ilegible abominación sin metron de la tecnología. Sí, hemos pecado de hybris; las horas perdieron su raíl, los hombres pecamos de desmedido furor, y, si nuestro patrón es el infinito del consumo y la avaricia, la tela es esta infecta y excremental realidad. No. No a todo. A las burlas irrespetuosas y sarcásticas de lo sagrado, a la lujuria soez que hace estallar los tímpanos, al soniquete de Windows, a la nunca ni astrológica ni no cabal pasión por la ternura, al afán deliberado de hacer del verde y viscoso de humedades musgo, del azul océano de la delicia, un seco y agrietado cartón aplastado. En la nochesoledad el azul de mar de isla en el trópico es lo bello sublime junto a, seguido de, lo bello verdadero. Predicador barato o jeremías mesiánico pensarán de esto si son unos integrados. Yo, como el mundo, soy apocalíptico.

Porque mercachifles de la decadencia nos desgobiernan. Con mi barba presocrática y mi pelo perfumado y ensortijado, insto a que se lean baladas, se canten poemas, se reciten ensayos rimados (y ritmados) Observo a los universitarios de ahora. No leen monárquicamente, no hacen una apología de la lectura monárquica (si leen) La natural e intolerable irritación ante el límite, el anhelo de evitar el constreñimiento, pocos, muy pocos lo tienen. Son almas faústicas de todo a cien. La honrosa cosmovisión de la gran panorámica, el extático cielo del orden y la sabiduría, lo sustituyen por las gominolas en el quiosco. Para ellos la vivencia de la perfección, y el gran pensamiento amoroso, y la religiosidad -de lo que fuere- vivida con dignidad y santidad, la creen en un cómic o una película. Qué baratura, qué infantiles. Con su apocada mente encharcada e igual al diámetro de un charco, van directísimos a las olas grises del océano industrial. No entienden nada del inexorable destino de lo noble, de su mesura y diapasón. Y son el futuro, es decir, la nadería de los chuches comprados en el quiosco al lado de la uni.

¿Y sus padres? (los de mi quinta, los cuarentones) Discúlpenme si soy un tábano agresivo y tosco. Pero es que es crasa, literalmente desesperante. Al hacerse con el sexo conejero y la turbamulta de banales imágenes inconexas, dudo que sepan pensar. Al no leer y no ver más que chismorreo maledicente y librillos mendaces para el enterteinment, poseen en grado soberbio la antivirtud de lo vulgar (y en cuerpos ya feos), la visión simple y manufacturada en serie, y, dado que pusieron un muro suicida con la tradición, se explican con las chuscas y opacas y oprobiosas absurdas boberías feministas, y futboleras ellos, deviniendo el espíritu del universo un ruido amorfo, insereno y trivial, un nada fausto regurgitar la hez y su envés. Hoy las personas se tornan cada día más iguales, van al mogollón, no hay ideas claras y distintas sobre el bien y el mal, la psicología popular machaca el gustoso y elevado arte del matiz y la comparación, los mass-media vuelven el pensamiento noticia, la realidad espectáculo, se confunde concepto con propaganda, publicidad con logro, el spot y Dante, Tolstoi con Rowling, la danza con la descoordinación, vale más esa infusa tropelía de majaderías de Podemos que un poema de Shakespeare o las teorías de Popper, la gente no corre riegos para avanzar en su interior, se medican y drogan, tienen hijos imbéciles a los que no han sabido educar, y google ha colonizado y troquelado sus mentes de modo vastamente bárbaro. En fin, lo anterior es obvio, a qué solemnizarlo. Yo aprendo de las voces falstaffianas que se carcajean de esta decadencia neotecnológica o edad electrónica de piedra. Y, si careciera de fuerza interior, me vería como un mono loco monologando.

Para luchar contra todo ello me sirve sobremanera el silencio, las páginas leídas en silencio y lentitud de madrugada. Así oigo la revolución dorada del yo, mi ser solemne, mi ahormada mente bíblica, y no las achatadas mentes googlelianas y financieras. Así no oigo el mundo estruendosamente ruidoso. No. No a todo. A los castillos de cemento con sonido de ruido y furia, al técnico tétrico rumor que nada significa, al non-sense indocto universal, a esta España estridente y salvaje y gritona, al sonido brutal de la incultura española peor que un hacha en las vértebras. A mi Plotino vuelvo. A Nabokov y Villena. Nunca a Rajoy, el tipo ese igual a un oficinista de fábrica de tejidos y paños. No a este Rivera que tiene diarrea de palabras y estreñimiento de ideas. No a Sánchez, émulo guapo de un ignaro majestuoso, desnortado y sedicioso faquir. No al vulgar Iglesias, peor que la sarna, que rebuzna en vez de razonar. Nada me ata a esas industrias mendaces. Mi patria es mi biblioteca, no ese enjambre de zascandiles orangutanes tan mediocres. Lo mío es el matiz de Bach, el matiz de los árboles melancólicos cuando cada otoño crean perfecciones, la prosa de James, trasunto de la espumosa lluvia, lo mío es esa verja historiada llamada Proust, y la tranquilidad de las sinestesias al leer poemas en silencio. Para vosotros, oh votantes, la desastrosa pasión informática, la anomia moral y la pobreza social; también, si queréis, la metrópoli. Y la cultura de masa. Y la T.V.. El mal querer y el mal sentir. Para mí Deus, la ciencia unida a la filosofía, el silencio como objeto, el silencio y la lectura que la civilización se jacta irresponsable de haber tirado a la escombrera. Vivir ahora es difícil. Estoy solo, orgulloso y solo. Leo en soledad, leo para la gloria, al modo de un monarca al fin del imperio.

Leo para no trabajar. Para no caer en esa rara satrapía instalada en la mente de los hombres, en esa antilógica afición, en ese castigo que se apodera del gozo, en ese embrutecido narcótico neuroléptico y cataléptico, en esa durmiente e infausta caverna, en esa no compasiva iracundia, en esas decenas de cataratas de e-mails, leo para no trabajar.

Leo en silencio y compacta soledad para vagar, holgazanear, haraganear. Para vivir en la errabundia de la pereza, y memorizar sábanas y páginas y poemas en lugar de la casposa voz de los compañeros de trabajo, leo nubes y astros melancólicos, creo en la vida estética y en la ética delicada de la lectura en pachorra de vagancia. Todo con tal de vagar fuera de la caverna.

Contra la caverna se define o dibuja la monárquica apología de la lectura. Contra comprar productos, y almacenar dinero endeudándose, y trabajar más para pagar las deudas. Una invectiva contra el cavernícola uso de la caverna es la lectura. Porque hay unas primicias de sol y luz en los mundos interiores y exteriores del libro. No vivamos en la cárcel de las sombras ineludibles ignorantes del bien, la libertad, y la belleza. Si estamos gratamente satisfechos con nuestras vidas (por ejemplo retrepados en el sillón ante un programa de la tele) ignoramos otros estados de plenitud y verdad. Si somos arrogantes temerarios, o temerosos sandios, por no leer, nuestro máximo logro será alimentar y permanecer en la caverna, maniatados y confusos frente al aparato del televisor. Al leer como monarcas advertimos de la Realidad como hecho inacabable e inagotable, extensísimo  y sutilísimo, que hay, en fin, mundos mejores más allá y más acá de uno mismo, fuera de la ilusión de verdad de nuestra pequeña realidad. Leer es empezar a salir del estado cavernoso o cavernario. Es aprender a ascender. Leer es explorar el ser, experimentar una meditación gozosa (aunque a veces difícil), ser aspirante a sabio tras superar los trances de la sombra reflejada en la obscuritas medioambiental.
Si no trabajas no te distraen las sombras de la cueva, si no trabajas en la oscuridad lúcida del verano leerás. Quietud del libro en mitad de la noche. Quietud y medicina contra el odio, fármaco contra el veneno de los mediocres. Leer: pedir más vida a la vida, más noche al verano, más belleza a la sabiduría, más ocio a la vida. Yo no trabajo. Leo quedamente. Con mi sensibilidad lectora deploro alma no alada de oficina y finanza, de comercio y fábrica, de fatigosa burocracia y gregarismo. Quiero la cima, subirme a las espaldas del cielo, ir propulsado fuera de lo común. De manera subrepticia empieza a vencerme el sueño. Mañana no trabajaré.

Leo en total soledad y silencio. Gusto de almas de oro, no del bronce tabernario. En soledad y silencio no arden los bosques por obra humana, y mi aristocracia se sustancia con pasión de símbolo y fuerza de filosofía. Ah qué de pastorcillos y vírgenes doncellas leo. Fuera brutos, lo light, y la lightcidad. La perfección es este feliz misterio que sondeo. Cuando la página se funde con el que la lee, cuando emerge del alma un pensamiento y se dirige al objeto de la palabra leída, al elucidar su forma y esencia, el pensamiento regresa a la mente de nuevo, y entonces, zas!!, fiat lux. Y así también se activan acentos interiores creadores, se accede a intensivos niveles de significado, se alcanzan alusiones remotas, y, todo con luz, se aprende a ver. Emerge la epifanía en olas sucesivas de alegría para el sumo deleite del corazón. A mi ver, la extrema soledad y silencio, el claustral aislamiento -como de aldea y nieve-, son la vía regia para tal elaboración. Esto es leer para la gloria. Cuando la soledad de la página leída se coreografía contra la mezquindad del mundo. Y en el bosque del bendito silencio nacen frutos: palabras, palabras, palabras...

Dado el tono semioracular de este largo post parece que deliro; un perplejo delirio; pero quien lo probó lo sabe. Hay que ser valiente en la visión; la cosa no es meramente ni aproximadamente asunto de relojeros. Leer para la gloria es un destino. Como ser rey o ser meteoro. Discúlpenme, no quiero escribir más. Estoy cansado. No quiero escribir, deseo leer. Leer hasta el fin del mundo. Leer en monárquica apología de lo mejor. Leer hasta la gloria. Vale.