Nieva. Los copos empiezan a caer como un ballet de lirios blancos, como un vals de estrellitas suaves, livianas y mimosas, y en el campo de enfrente de mi casa prolifera un manto inmaterial que me enajena de la vida común, y me conduce a un trigal nevado y nuboso de paz, de lejanía y armonía. Nieva; nada mancha, no hay pecado sobre el desenrollado foulard de armiño blanco del campo, nada mancha a la inmaculada nieve en este jardín de Dios. La roja sangre no existe. Buscad mi barca junto al río que deshace los copos, platicando con el barquero, no en el cúmulo de artefactos de la metrópoli, ni en la geografía agria y desmembrada de este paladar hosco del siglo xxi. Buscadme en la república de nieves y sedas, de nieves y noche, de nieves y luz, del campo blanco en un día Febrero.
Mi empresa es religiosa, como le ocurre a los hombres que emprenden trabajos serios. Como serio y feliz es el carácter amoroso con que observo a mi perrita saltando y dejando caóticas huellas. Su corretear es una tensión serena de opuestos, una calmada armonía excitada, al igual que las levísimas piedras del hórreo listadas de franjas albas, cuya luz fluye como si estuvieran en comunión con el tiempo, con el musgo no discordante, con la paz y los buenos sentimientos. Porque restallan y brillan las aristas de mi aldea, del planeta y los mundos. Oh sol, oh bendita luna, concededme vuestra mecánica, dioses que componen la Obra cual si fuera el mayor opus magnum concebible. Y la nieve -ese tibio, casi zigzagueante ballet- es cómplice de sus poderes, de su sujeción, de su respiración, de su resurrección. Cae la nieve como traza el calígrafo oriental el gesto. Caen bulbosos y menudos celofanes, como Dios cae en el corazón del hombre inoculando, inculcando, enraizando la fe y el amor. El espíritu de las nieves son joyas sobrenaturales, que, por milagro, se hacen presentes, materia viva. El alma de la nieve nos insta a la beatitud, a martillear dentro de nosotros con ardor el bien, nos impele a esculpirnos en nobles magnificencias y providencias.
Ahora el aire es seco y frío, pero la leña tibia o cálida, y Él me acolcha hasta conmoverme, con dulzura taumatúrgica. Nogueira se llena de una progresiva blanca cristalería casi adolescente, de faz inteligente. El orden derrama eros en las cuadras de las arrebujadas y senequistas vacas, también -lo veo-, sobre el tapiz de las infantiles estrellas, de las tímidas nubes. Se derrama una obligación de amar sobre las bestezuelas, sobre las mejillas gritonas de los niños, sobre la hierba húmeda y pura. Nieva como si orasen los lirios, cual si regresaremos del reino de los muertos, en lentas, rubias oraciones (la luz en oleaje atraviesa los copos) El lobezno, se presume, tiene la nuca caliente, y el buey es tal que necesitara la protección de mi casa, y los peces invisibles de este mar sensible de nieve, desnudan los sonidos amortiguados del valle. Está soberbia la naturaleza. Brutalmente bella. Hermosa y soberbia como el más fértil pinar. Soy, en mi mente, una nube que podría demostrar que todo existió siempre, que nada es nuevo y distinto. Intensas de agua de nieve, de cellisca plural, son las nubes dando sombra y nieve a los bosques. Creo.
Y en busca del campo nevado me muevo. A la busca de muy blancos lirios en flor danzantes. Y, ya desnudo, me siento en el regazo de Aquél que no conoce fronteras, de Aquél que no usa artimañas, y es dulce como una niña muy educada, o semeja un corzo saltarín, o una liebre a quien le late veloz el pecho, o no se distingue de una flor que Amor regala a Amador. Nieve: lirios, un hombre, una fe: una lluvia de nieve en aldea galaica. Porque tres objetos son uno: el alma, la verdad y un campo nevado.
Blog a la busca de cierto carácter meditabundo y meditativo o sobre los pinitos literarios de alguien de escritura perfectible. Cajón de sastre o lecciones de cosas o silva de varia lección de un animal racional literario. Modo de agradecer lo muchísimo que los libros me han dado sin olvidar aquello de que, por mucho que tú los ames, ellos no te aman. Sólo aman las personas. Blog que sería un éxito si fuese lo mismo que el otium divinis o bien que el otium cum dignitate.
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