Leo en silencio. Con la fuerza silenciosa del yo, con la bendición de la soledad, para ver a través de la página las esferas del cielo y los círculos del infierno, leo en soledad, para aspirar a una visión bajo el aspecto de la eternidad, leo en silencio, leo, aspiro a leer, como si poblara el mundo bien por arriba o por debajo. Poblar el mundo desde arriba al leer y descreer de las mezquina usura de las palabras como moneda común, y creer, en su lugar, en palabras aureoladas de silencio, palabras tensas en su interior, palabras-oruga y palabras-lobo con su genio patricio aristocrático, fuera del orden consuetudinario, dentro de un ordo divinis, leo en la noche aumentando mis riquezas en cada página leída. Leer, leer, leer; leer hasta el fin del mundo. Leo para la gloria.
La noche se hace meditación en la página leída en silencio. Un silencio de siglo de edad media, vegetal y claustral. Una emulsión de profundas vibraciones se transfiere del fresco aire a mi mente. Leo . Soy. Limitado y paradójico, en mí la serena meditatio tranquila. Sucesivamente se traspasa el límite. El libro se hace conciencia. El verano es. Mi mente se aguza y oigo avispas a cientos de quilómetros. El intelecto se aguza y vacía, y oigo ideas como burbujas coloreadas. La impresión de la lenta lectura meditada y memorizada es este silentium que resume la expresión "entender con carácter intuitivo". Como que leo poemas debo vestirme de gala, ponerme agua de rosas en las manos, pasear mi mente con un bastón lacado, oh río del libro delicioso en mitad de la noche.
El río melodioso, el río del tiempo (tic-tac), ese río de silencio dentro de nosotros que somos, ese río de memoria que irradia. Lento veo y creo que los hombres se desabrazan al silencio sin leer en la noche. Pero pienso: ¿acaso no nos solicitan las impertérritas estrellas?¿no tiritan acaso como guisantes enanitos? El cielo estrellado de mi aldea gallega es lo contrario al chirrido de barbarie técnica, a la turbovelocidad cifrada en la quantitas y no la qualitas, a la férrea ley del número, a tanto sonido terrorista e ineducado en esta Era de los Orates. ¿Dónde la elemental oceanografía del silencio? ¿la medida humana del silencio? ¿la aventura de leer y amar en un amalgamado compuesto de belleza y bondad, de belleza y verdad? A veces creo que condición del pensar y crear es la nochesoledad. Para muchos sus fines, su esencia y existencia, supuestamente no existen. Incrustados en los propósitos digitales del ruido y la máquina carecen de desincrustante. Falta alma. Falta amor. Falta nochesoledad.
Al obispo de Corpus Christi, a mí y al Señor, cada vez nos ofende más Twitter y Facebook. Hay que leer contra el océano gris de Internet. En papel te elevas, en e-vida te abajas o agusanas. Y, ¿qué es mejor, un gusano que no saca la cabeza de la tierra o el volador de universos? Si usted me ha leído hasta aquí es muy probable que no carezca de sentido de las cumbres y el abismo. La cumbre es , a mi juicio, el daimon de lo recio, la capacidad interpelativa y asertiva del sentido de lo sólido, lo vertical, el libro, el gran amor. El abismo es, a mi ver, que se adueñe del planeta de los vivos la enanísima mente financiera, ese subnormal objeto de subliteratura de Donald Trump, la zafiedad de la música coribántica -que no educa-, la ilegible abominación sin metron de la tecnología. Sí, hemos pecado de hybris; las horas perdieron su raíl, los hombres pecamos de desmedido furor, y, si nuestro patrón es el infinito del consumo y la avaricia, la tela es esta infecta y excremental realidad. No. No a todo. A las burlas irrespetuosas y sarcásticas de lo sagrado, a la lujuria soez que hace estallar los tímpanos, al soniquete de Windows, a la nunca ni astrológica ni no cabal pasión por la ternura, al afán deliberado de hacer del verde y viscoso de humedades musgo, del azul océano de la delicia, un seco y agrietado cartón aplastado. En la nochesoledad el azul de mar de isla en el trópico es lo bello sublime junto a, seguido de, lo bello verdadero. Predicador barato o jeremías mesiánico pensarán de esto si son unos integrados. Yo, como el mundo, soy apocalíptico.
Porque mercachifles de la decadencia nos desgobiernan. Con mi barba presocrática y mi pelo perfumado y ensortijado, insto a que se lean baladas, se canten poemas, se reciten ensayos rimados (y ritmados) Observo a los universitarios de ahora. No leen monárquicamente, no hacen una apología de la lectura monárquica (si leen) La natural e intolerable irritación ante el límite, el anhelo de evitar el constreñimiento, pocos, muy pocos lo tienen. Son almas faústicas de todo a cien. La honrosa cosmovisión de la gran panorámica, el extático cielo del orden y la sabiduría, lo sustituyen por las gominolas en el quiosco. Para ellos la vivencia de la perfección, y el gran pensamiento amoroso, y la religiosidad -de lo que fuere- vivida con dignidad y santidad, la creen en un cómic o una película. Qué baratura, qué infantiles. Con su apocada mente encharcada e igual al diámetro de un charco, van directísimos a las olas grises del océano industrial. No entienden nada del inexorable destino de lo noble, de su mesura y diapasón. Y son el futuro, es decir, la nadería de los chuches comprados en el quiosco al lado de la uni.
¿Y sus padres? (los de mi quinta, los cuarentones) Discúlpenme si soy un tábano agresivo y tosco. Pero es que es crasa, literalmente desesperante. Al hacerse con el sexo conejero y la turbamulta de banales imágenes inconexas, dudo que sepan pensar. Al no leer y no ver más que chismorreo maledicente y librillos mendaces para el enterteinment, poseen en grado soberbio la antivirtud de lo vulgar (y en cuerpos ya feos), la visión simple y manufacturada en serie, y, dado que pusieron un muro suicida con la tradición, se explican con las chuscas y opacas y oprobiosas absurdas boberías feministas, y futboleras ellos, deviniendo el espíritu del universo un ruido amorfo, insereno y trivial, un nada fausto regurgitar la hez y su envés. Hoy las personas se tornan cada día más iguales, van al mogollón, no hay ideas claras y distintas sobre el bien y el mal, la psicología popular machaca el gustoso y elevado arte del matiz y la comparación, los mass-media vuelven el pensamiento noticia, la realidad espectáculo, se confunde concepto con propaganda, publicidad con logro, el spot y Dante, Tolstoi con Rowling, la danza con la descoordinación, vale más esa infusa tropelía de majaderías de Podemos que un poema de Shakespeare o las teorías de Popper, la gente no corre riegos para avanzar en su interior, se medican y drogan, tienen hijos imbéciles a los que no han sabido educar, y google ha colonizado y troquelado sus mentes de modo vastamente bárbaro. En fin, lo anterior es obvio, a qué solemnizarlo. Yo aprendo de las voces falstaffianas que se carcajean de esta decadencia neotecnológica o edad electrónica de piedra. Y, si careciera de fuerza interior, me vería como un mono loco monologando.
Para luchar contra todo ello me sirve sobremanera el silencio, las páginas leídas en silencio y lentitud de madrugada. Así oigo la revolución dorada del yo, mi ser solemne, mi ahormada mente bíblica, y no las achatadas mentes googlelianas y financieras. Así no oigo el mundo estruendosamente ruidoso. No. No a todo. A los castillos de cemento con sonido de ruido y furia, al técnico tétrico rumor que nada significa, al non-sense indocto universal, a esta España estridente y salvaje y gritona, al sonido brutal de la incultura española peor que un hacha en las vértebras. A mi Plotino vuelvo. A Nabokov y Villena. Nunca a Rajoy, el tipo ese igual a un oficinista de fábrica de tejidos y paños. No a este Rivera que tiene diarrea de palabras y estreñimiento de ideas. No a Sánchez, émulo guapo de un ignaro majestuoso, desnortado y sedicioso faquir. No al vulgar Iglesias, peor que la sarna, que rebuzna en vez de razonar. Nada me ata a esas industrias mendaces. Mi patria es mi biblioteca, no ese enjambre de zascandiles orangutanes tan mediocres. Lo mío es el matiz de Bach, el matiz de los árboles melancólicos cuando cada otoño crean perfecciones, la prosa de James, trasunto de la espumosa lluvia, lo mío es esa verja historiada llamada Proust, y la tranquilidad de las sinestesias al leer poemas en silencio. Para vosotros, oh votantes, la desastrosa pasión informática, la anomia moral y la pobreza social; también, si queréis, la metrópoli. Y la cultura de masa. Y la T.V.. El mal querer y el mal sentir. Para mí Deus, la ciencia unida a la filosofía, el silencio como objeto, el silencio y la lectura que la civilización se jacta irresponsable de haber tirado a la escombrera. Vivir ahora es difícil. Estoy solo, orgulloso y solo. Leo en soledad, leo para la gloria, al modo de un monarca al fin del imperio.
Leo para no trabajar. Para no caer en esa rara satrapía instalada en la mente de los hombres, en esa antilógica afición, en ese castigo que se apodera del gozo, en ese embrutecido narcótico neuroléptico y cataléptico, en esa durmiente e infausta caverna, en esa no compasiva iracundia, en esas decenas de cataratas de e-mails, leo para no trabajar.
Leo en silencio y compacta soledad para vagar, holgazanear, haraganear. Para vivir en la errabundia de la pereza, y memorizar sábanas y páginas y poemas en lugar de la casposa voz de los compañeros de trabajo, leo nubes y astros melancólicos, creo en la vida estética y en la ética delicada de la lectura en pachorra de vagancia. Todo con tal de vagar fuera de la caverna.
Contra la caverna se define o dibuja la monárquica apología de la lectura. Contra comprar productos, y almacenar dinero endeudándose, y trabajar más para pagar las deudas. Una invectiva contra el cavernícola uso de la caverna es la lectura. Porque hay unas primicias de sol y luz en los mundos interiores y exteriores del libro. No vivamos en la cárcel de las sombras ineludibles ignorantes del bien, la libertad, y la belleza. Si estamos gratamente satisfechos con nuestras vidas (por ejemplo retrepados en el sillón ante un programa de la tele) ignoramos otros estados de plenitud y verdad. Si somos arrogantes temerarios, o temerosos sandios, por no leer, nuestro máximo logro será alimentar y permanecer en la caverna, maniatados y confusos frente al aparato del televisor. Al leer como monarcas advertimos de la Realidad como hecho inacabable e inagotable, extensísimo y sutilísimo, que hay, en fin, mundos mejores más allá y más acá de uno mismo, fuera de la ilusión de verdad de nuestra pequeña realidad. Leer es empezar a salir del estado cavernoso o cavernario. Es aprender a ascender. Leer es explorar el ser, experimentar una meditación gozosa (aunque a veces difícil), ser aspirante a sabio tras superar los trances de la sombra reflejada en la obscuritas medioambiental.
Si no trabajas no te distraen las sombras de la cueva, si no trabajas en la oscuridad lúcida del verano leerás. Quietud del libro en mitad de la noche. Quietud y medicina contra el odio, fármaco contra el veneno de los mediocres. Leer: pedir más vida a la vida, más noche al verano, más belleza a la sabiduría, más ocio a la vida. Yo no trabajo. Leo quedamente. Con mi sensibilidad lectora deploro alma no alada de oficina y finanza, de comercio y fábrica, de fatigosa burocracia y gregarismo. Quiero la cima, subirme a las espaldas del cielo, ir propulsado fuera de lo común. De manera subrepticia empieza a vencerme el sueño. Mañana no trabajaré.
Leo en total soledad y silencio. Gusto de almas de oro, no del bronce tabernario. En soledad y silencio no arden los bosques por obra humana, y mi aristocracia se sustancia con pasión de símbolo y fuerza de filosofía. Ah qué de pastorcillos y vírgenes doncellas leo. Fuera brutos, lo light, y la lightcidad. La perfección es este feliz misterio que sondeo. Cuando la página se funde con el que la lee, cuando emerge del alma un pensamiento y se dirige al objeto de la palabra leída, al elucidar su forma y esencia, el pensamiento regresa a la mente de nuevo, y entonces, zas!!, fiat lux. Y así también se activan acentos interiores creadores, se accede a intensivos niveles de significado, se alcanzan alusiones remotas, y, todo con luz, se aprende a ver. Emerge la epifanía en olas sucesivas de alegría para el sumo deleite del corazón. A mi ver, la extrema soledad y silencio, el claustral aislamiento -como de aldea y nieve-, son la vía regia para tal elaboración. Esto es leer para la gloria. Cuando la soledad de la página leída se coreografía contra la mezquindad del mundo. Y en el bosque del bendito silencio nacen frutos: palabras, palabras, palabras...
Dado el tono semioracular de este largo post parece que deliro; un perplejo delirio; pero quien lo probó lo sabe. Hay que ser valiente en la visión; la cosa no es meramente ni aproximadamente asunto de relojeros. Leer para la gloria es un destino. Como ser rey o ser meteoro. Discúlpenme, no quiero escribir más. Estoy cansado. No quiero escribir, deseo leer. Leer hasta el fin del mundo. Leer en monárquica apología de lo mejor. Leer hasta la gloria. Vale.
Blog a la busca de cierto carácter meditabundo y meditativo o sobre los pinitos literarios de alguien de escritura perfectible. Cajón de sastre o lecciones de cosas o silva de varia lección de un animal racional literario. Modo de agradecer lo muchísimo que los libros me han dado sin olvidar aquello de que, por mucho que tú los ames, ellos no te aman. Sólo aman las personas. Blog que sería un éxito si fuese lo mismo que el otium divinis o bien que el otium cum dignitate.
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