domingo, 7 de agosto de 2016

ACERCA DEL ESPÍRITU DE LA COLMENA PLANETARIA

Si Arendt hablaba de la banalidad del mal, forzando algo las cosas, se podría hablar de banalidad de lo vulgar. A mi juicio, desde mi ángulo, ésta es la Era de la Banalidad de lo Vulgar, tal su espíritu. Cierto que el anterior es uno de esos conceptos bull-dozer que, pretendiendo explicar mucho, poco explican, pero creo capta o describe muy perspicuamente la malhadada era planetaria contemporánea, la esencia y existencia de nuestra colmena. El xxi tiene el alma muy grosera, tosca, de oír pop deglutiendo pop-corn, de patología de opereta bufa, de un "divertíos hasta morir" lleno de calumnia y acabamiento nihilista. Parece la mente del xxi la típica de una suerte de astrólogo disc-jockey. Que Dios nos coja a todos confesados.

¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿qué ha ocurrido para tan lamentable estado de cosas? De alguna manera se ha sustituido de modo insensible y muy rápido la necesidad natural de cualquier mente hacia su realidad de belleza, verdad y sabiduría por una banalidad manufacturada y propaganda, se ha sustituido la mente culta por la promocionada mente yerma, la mente civilizada por la asilvestrada del supermercado, el derecho y la moral y las costumbres se han cambiado por el dinero y la publicidad, el orden que desea y ama la perfección por el caos despistado internaútico, se ha cambiado el juicio por el vacío, el campo por la metrópolis, el elogio y vivencia de lo lento por una velocidad desmedida, de medida no humana, la alta cultura por la cultura de masa, la creativa frustración, la imponderable idea de límite, por una euforia perpetua, el universalmente presente chirrido del turbocapitalismo por el clarividente silencio, la panorámica por el ultraespecialismo, la tecnología se ha puesto en lugar del arte y las bellas letras, la mitología de los mass-media en lugar de la religión tradicional, la ciencia en lugar de las humanidades, y, todo ello, para más inri, frente a una pantalla, constante y amplísimamente frente a pantallas, sea del televisor o de terminales computarizadas y ordenadores.

Todo ello ha causado mutaciones en los modos de la personalidad, por así decirlo, que conducen a todo y todos hacia aquello que no puedo menos de no motejar como "banalidad vulgar". Se pierden las potencias del alma debido a los nuevos tiempos y resta como una tristeza sin hilar, como un vacío que evita la lucidez. Se descree de aquella pasión científico-estética que nos induce al conocimiento puro de la vida, a la gran visión de lo real, al impulso a lo real. Ese impulso, ese eros (por decirlo a la antigua), es lo que creo que hemos perdido. El exigente impulso del silencio creador, el antiácido contra el irrevocable impulso a que nos empuja lo banal por vulgar, lo vulgar por banal. A toda vida humana le acaecen o afligen dos o tres tragedias, pero la energía de aquel impulso, te rellenaba de sentido, de designio y comprensión. Si mi hipótesis es cierta y lo que mueve ahora es el impulso de lo banal vulgar, a qué dudar que ello nos adelgaza y mengua en la sinrazón, en mentes sin interpelación con lo sólido y recio.



Diagnosticada, pues, la enfermedad espiritual del xxi, cuyo origen es, por decirlo metafóricamente, una sobreabundancia en nuestra dieta de pop-corns. Si, como decían los marxistas, dime lo que comes y te diré lo que piensas, precisamos una dieta con más fuste. Dieta de alto pensamiento y delicadeza de gusto y opinión en el sentimiento. Alimentos en contra del uso y la usura de este siglo xxi incipiente.
Puesto que descreo de revoluciones políticas, que inevitablemente traen desorden y violencia, arguyo y reivindico una revolución del yo. Arguyo y advoco por un ideal de vida basado, de alguna rara manera, en el leer-escribir, el meditar, el contemplar, y el experienciar. Me gustarían yoes (y el quid de la cuestión es que tal cosa sería liberadora) poseídos por pasión bibliómana, nunca biblioclastas, una lectura de grandes libros y una sabia lectura de grandes libros. Leer en busca de inspiración y resonancia, de modo tan intensivo como extensivo (aunque, creo, es mucho mejor la lectura vertical, pocos libros leídos a fondo que muchos por encima) Y también es bueno que escribamos; así vivimos dos veces. Por "meditar" y "contemplar" entiendo, además de lo que dicen las palabras, de su uso común, bastante más. Meditar, la meditatio, acaso sea la actitud por la tranquilidad, la apología de lo lento, la emoción tan sensitiva como melancólica, el sentir hiperestésico a la par que, simultáneamente a, el sentir calmo, el mecanismo subyacente a lo sublime y lo silencioso, el deseo en tanto que búsqueda del todo, el dejar que el mundo venga a ti (en lugar de al revés), la mirada abierta y perceptiva y desprejuiciada, sentimientos desgajados de turbiedades, la idea exactísima, la idea que sucede al sentimiento, la idea que lo precede, la idea convertida en Forma, el placer de la felicidad en las artes del empirismo interior, la pasión por signos fuertes como "alma", "verdad", "muerte", "vida", "destino", la cartografía de la síntesis, el don de la ebriedad, el hábito de la libertad, etcétera. El contemplar es el lado místico del meditar, un meditar elevado a la enésima potencia, un meditar a lo bestia. Respecto al "experienciar" lo entiendo como tener muchas experiencias, y, en general, fruir con ellas, pero, también, en su vertiente de vita activa y placer a poder ser superior. Intentar, en el experienciar, agotar nuestra pequeña galaxia de lo posible. Desde el viajar con los pies y el copular hasta la experiencia del arte y las palabras. Desde el marranear (si pudiese ser, poquito) hasta el emocionarse estéticamente.

En definitiva, que no debemos ser bobos satisfechos en nuestra piara, porcos na corte, sino aspirar a vida examinada, a vida inteligente (debemos empecinarnos en ser inteligentes), a vida vivida. Y que una buena muerte honre al cabo una buena vida.  Vale.

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