En la doctrina popular medieval acerca de los temperamentos algunos señalaron, enfatizaron más bien, el ocasional desvarío bestial debido al silentium. Que era, decían, un planeta plomizo y destructivo, una hiel de bilis estuporosa, que regía un cosmos, que el silencio regía aquel cosmos, pleno de astutos titanes falsarios, de hombres cuyo corazón espiritual era un cielo necio y estúpido y tarugo, destacan, igualaban ellos el silencio con las artes de belcebú; al silencio debemos odiarlo concluían.
Pero la verdad asoma o besa siempre tibia los labios; el silencio vaga en el pensamiento con una realeza sin pena ni desdoro, con una realeza de púrpuras y damascos, de piezas de Estambul y oros fenicios, y resalta el dulzor fugaz del entusiasmado, y es rubí que brilla como la fe del pueblo de Israel. Creemos, a diferencia de la propaganda contemporánea, que el silencio es piadoso con el alegre, enemigo de la acedía, sutil como un bálsamo, desbrozador de la tumultu. En el maizal hay paz.
Para ver los enormes beneficios que provoca el silencio, enciérrate de por vida en cabaña islándica o gallega. Con tabaco, sin amigos, con buena calefacción, con pocos pero doctos libros, enciérrate libre como una libélula, ausente tanto de la fascinación por tu identidad como del entusiasmo típico de la aventura solitaria, enciérrate, paz a los hombres, sin recelo a nadie ni nada en particular, cierra los ojos, cierra el libro, y, después de mirar, escucha, oye, percibe, pon ahí, a eso, el oído.
Permíteme, dado que yo no oigo lo que tú oyes, decirte qué oigo yo cuando yo oigo. Oigo un run-run de admiración universal por la necedad. Y seres acaso brillantes cotorreando como la chatarra. El ruido del circuito cerrado del agua en las tuberías. Oigo un viento profundo que me hace creer que pienso y siento más profundamente, cuando, por desgracia, mis pensamientos cojean como las cosas, puesto que mis ideas -demasiado tiempo viviendo en la barbarie- no son lámpara sino barrotes, no indican un zigzagueo a campo abierto sino que son cojas astillas de huesos. Oigo el jardín de mi mente, y me apena ver tanta animadversión a mis defectos y faltas. Oigo en el jardín, como ondas que vienen del mundo de la barbarie, y con lúcido desparpajo fosforescente oigo populosas protuberancias maquinales, que chirrían y crujen, que crujen y borbotean con disonancias feas. El mundo es feo y se han escrito demasiados libros. El mundo es un McDonald´s literalmente feísimo y horripilante. Gracias a Dios la abundancia de nieve islandesa (o gallega) absorbe este remanente de sonido feo de más, afortunadamente la nieve da o provee de pureza a la felicidad. Me recojo en mí mismo y hablo con aquel que conmigo va. Mi fruslería es chabacana. Pero percibo vislumbres, como otra euritmia, como si se me desincrustasen sonidos cacofónicos feos, y me esfuerzo que en esta soledad ardua el alma sea gustosa a sí misma, y, como un perro, espero el hueso que el destino me quiera echar. Oigo. Quieto y lento oigo. Y así el silencio se alimenta de sentidos, algo de carne y mucho amor. Y así creo que mi adentro es bello y que quedan muchos libros todavía por escribir.
Hermosa servidumbre de amar seres humanos, y objetos, y animales, y lunas, y los días de la noche, y las noches de los días. El silencio, alrededor de este claustral maizal, se parece a un árbol verde con la punta blanca de nieve. Comienza el silencio en el norte vago de la bendecida noche, y acaba al sur, al sur de las esferas que se asientan en la bóveda de natura. No creo en ello, lo sé. Y además es verdad. Miro el norte de la noche y el sur del universo; por ahí merodea un enamorado sentimiento callado. Ahí mismo, en mitad de ese mar de flores como una única revelación. En la fe de ese mar lleno de aves de color. En la fe de flores amarillas y reales y familiares. Bajo el mar de aves azules y sabor a eucalipto (que el silencio es singular y se despierta cuando todos dormimos) Dadme, oh dioses, la fe de verde savia en el impulso de las aves del cielo, y dadme un fondo de peces en el agua hondísima, y un arroyo que mana y encierre al yo puro. A veces la vivencia semeja la poderosa tensión de la brida. Proveedme de experiencias ricas, de esos silencios del bosque al irse las luces últimas del crepúsculo, de frutos que muerdan las perdices, de la piel de los pimientos. Creo que me acerco a algo. Que me alejo definitivo de los sobres de mostaza de plástico del McDonald´s. A veces el mundo es cruel como ver caer en picado un avión repleto de pasajeros. A veces la vida se parece a las gaviotas despedazadas por la turbina de un avión o las hélices de un helicóptero. Pero a otro orden me acerco.
¿Silencio? También debe ser Dios platicando con las moléculas de los maizales. No creo que el silencio sea mi voz hablando diletantemente de los significados del término "silencio", de los significados de la palabra "maizal", sino el logos divino -su lengua y voz y saliva- permitiendo la verde savia de los maizales, permitiendo nuestro uso de la palabra "maizal", el logos que conforma y estructura, la fuerza azul y con estela de cometa que sombrea los campos de maizales del mundo bajo el denso macizo de Andrómeda, el logos que pone las briznas de hierba en las gruesas lenguas de las vacas, el verde silencio bajo el que el día avanza y la noche rompe. Dios es el sorprendente viento que agita mies y abrojos, los ojos sorprendidos por todo de los lobos. Dios es. Dios existe. Está en los objetos y la abrasiva memoria, en la razón y en el entristecido canto de la tiniebla, en el meditación que yo escribo cada noche y en las conversaciones de los hombres desde la noche de los tiempos, está en el oro con que el agua entretiene al verano, y en las piscinas de los pabellones, y en la simetría ordenada de los perfumes, y en la horticultura litúrgica de las orquídeas, y en el animal, y en cualquier afán o exaltación, y en cualquier género de ley, y en las prímulas, y en los instantes, y en las estrellas, y en las distinciones de los filósofos, y en las nubes, y en todos los cielos desde que hay cielos. Dios es. Sin Dios no somos nada. Sin Dios nada es nada. Todo es algo gracias a Dios. Y esa es la única verdad que hay en la vida. Y ese Dios, hermoso como un maizal en primavera, es amor. Amo a dios, y que Él me perdone, o castigue, si mi soberbia me ha convertido en un monstruo.
No se ve el silentium en la exactísima monstruosidad de los McDonald´s. La muerte es ese restaurante a las dos de la tarde, o los fines de semana, o sus lavabos, o aquellos ceniceros grises de antes cuando se podía fumar en la zona reservada a fumadores, o la fotografía del empleado del mes tocado con su visera. La muerte es contemplar esa utilidad de letrina y ese rico negocio de delincuencia. ¿Puede uno abrazarse y besarse, ser cómplice de confidencias, ser elegante y chic y poeta, entre coca-colas lights y BigMacs? El infierno es McDonald´s. El opuesto al silencio del maizal. Si allí mora mi espíritu entonces estoy condenado a la desdicha, y mi vida es un oscuro ruido vigilante, o un cedro seco y quemado, o una satrapía tiránica, y mi vida, por tanto, se arrastra y contagia de odio absurdo. Enseñadme oh dioses a no pisar nunca un McDonald´s, aunque me invite la más bella adolescente, aunque afirmen solemnes que allá dentro está la verdad del siglo, la fuente verdadera. No. No a todo. No a todo eso. Si mi espíritu es libre de esas tumescentes iglesias de la fast-food, y va hacia el callado maizal de luces sin noche, entonces sé que soy invulnerable.
La brevedad de la vida, el paso efímero por callejas y callejuelas, las atrevidas creencias y costumbres, mi vanidad insensata, el afán faústico por el dinero (que sólo es dueño de sí mismo), son meliflua voz, sombra de una sombra, comparado con el palacio del silencio. En un maizal entro para no salir. De la oceanografía del silencio hago mi imperio. Me gusta cómo se inventa en mí la oración de alabanza, me gusta cómo se impregna en mí la visión de la ley, ley que rige los astros y la infinita bóveda del alma humana. Amo este silencio estable, factible, exclusivo, indiviso, uno y trino, amo la piel resonante de humedades de la manzana, la seda latina, y también la piel de las mujeres. Hay una mansedumbre en la metáfora que a todo me acerca, una claridad que veo en los cachorros del tigre que me hace soñar, una precisión en la ecuanimidad que me exalta, una sosegada soledad en el destino que creo increada. Amo las venas cumplidas de sangre del silencio. Las venas por donde corre la circulación sanguínea del mundo. Amo el silentium sin palabras ni mascaradas, porque es perfecto y fértil y comprensible. Con mi silencio nunca me aburro, ¡que esto no termine nunca!, ¡que no pare la fiesta! Merced a su movimiento yo me muevo, por su locura se me vuelan gozosos los ojos de vida, y su movimiento es circular y eterno. Oh Dios de alcanfor musical, de musical canto de pájaros, de trompetería y flauta mozartiana, oh Tú a quien mordisqueo la espalda, la nalga, bello como una profesora de clásicas en una universidad de hiedra. Es inútil que hable de categorías, causas o iluminaciones, que razone o argumente con ciencia, alegorías o poemas, con inferencias o crecidas de ríos amazónicos, que apele a la conciencia o a los ángeles, es inútil demostrar lo evidente, pues quien lo probó lo sabe. Lo que es es y no puede no ser. Si no veis la anarquía en libertad violeta de los cielos , no veis, y si no veis no veis, si no veis el premio de las agraciadas cumbres con nubes rosas y tímidas, no veis, si no veis la savia eléctrica en el corazón de los cielos, ciegos estáis ante la verdad. El vuestro es un cielo computarizado ciego. No sabéis de las algas de los bosques, del gatito corriendo libre tras los cercados, no sabéis del humo que se eleva puro y natural, y empuja a los pequeños átomos de la luz. La Belleza es más grande que el tiempo que tardaría una hormiga en partir la tierra en dos. La Bondad es más grande que cien elefantes comparados con esa misma hormiga. Y la Verdad va más allá, todavía más allá, y todavía más allá después.
Oled el perfume del maizal. Quien busca, encuentra. Quien se encierra, encuentra la salida. Rezad en una iglesia. Oíd. Observad la maravilla de ver a alguien rezar. Escuchemos los tímidos labios orar. Todo conspira a favor del ruido. Vayamos a la busca del silencio. Esta Era Turboelectrónica es adusta, pobre de conceptos, inerme de materia, seca de lluvia, mediocre de calidades sensitivas, fea y odiosa, capciosa y cruel. Entremos en cambio silenciosamente en una iglesia. Sepamos de otra euritmia. Debemos oír silencios de bosque y piedra. Quedémonos allí unas horas o unos siglos hasta ver emerger el vital maizal del bien , la verdad y la belleza. El sendero de la teología del maizal. De Cristo.
Blog a la busca de cierto carácter meditabundo y meditativo o sobre los pinitos literarios de alguien de escritura perfectible. Cajón de sastre o lecciones de cosas o silva de varia lección de un animal racional literario. Modo de agradecer lo muchísimo que los libros me han dado sin olvidar aquello de que, por mucho que tú los ames, ellos no te aman. Sólo aman las personas. Blog que sería un éxito si fuese lo mismo que el otium divinis o bien que el otium cum dignitate.
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