viernes, 16 de septiembre de 2016

ENTRE ALFALFAS

Pueril y ampuloso como césar romano, él, entre alfalfas. Propendía al genio y a las impresiones equívocas. Vivía oculto porque así es como mejor se almacenan las percepciones, de hacer de la existencia una magnánima mariposa hidrostática. Ya que sí, ladies and gentleman, miríadas de percepciones electromagnéticas en las amapolas y de hidrostáticas en rotación se veían en los limoneros de su jardín. Percepciones astronaúticas oraculares cada vez que paseaba con Ita por los bosques, pues sabía el nombre de las felices colinas, el obiter dictum de las setas. Diagnosticado de hipersensibilidad deploró la vulgaridad. Con vehemencia violenta. Pero no amó. Intuyo que no amó en sentido humano. Sus amigos comentábamos su demasiada luz vertical en las rizadas ondas, su desmedido gusto por los olivos invisibles, su atractivo de aguarrás ante lo indigno y vulgar. No fue humilde porque nunca creyó en esa burda mitología de la igualdad de los hombres, y su vanidad insensata o su soberbia soberbia eran rasgos no imposturas. Se enclaustró en aldea gallega feudal, en el fuego de la gloria. Entre eucaliptos. Entre alfalfas.


Yo al igual que Pablo de Tarso tacho de meticulosa necedad la sabiduría del mundo. O de Babilonia avejentada este globo infecto pleno de granulados glóbulos de fábricas y mercancías, a este zoológico con ciudades con su típica trompetería arcaica y neblinosa, a este Océano de Sombra de Internet, una gran sombra que confunde victoria y justicia, belleza y verdad con necedad y bruto ingenio. Entre alfalfas. Yo quiero vivir entre alfalfas. Donde retorna la religión y muere el dinero. Donde la religión de nuestros padres es una delicadeza irrevocable, una delicia necesaria e indefectible, una guerra contra la vulgar era electrónica. Qué horror el engranaje y el estilo de hombres ayunos de épica shakesperiana, qué innoble tanta carencia de esplendor, cómo grazna en mitad de la noche la noche de metacrilato de esferas plastificada. No hay dibujos de Osiris en las mentes. No hay perfección en la misericordia. A este mecanismo mezquino, memo y mortal, a este genio de la muerte, a este faisán sin belleza, contrapongo vivir entre alfalfas. Alfalfa en las nubes de sereno vigor y arquitectura húmeda, alfalfa de nubes de blanca vigilia rizada que nos posee, alfalfa gris y verde y abstracta de las buenas metáforas, alfalfa de perla dentro de la covachuela enclaustrada del molusco, y nubes de plata de Indias, y nube de ideas campestres innumerables,  y calor de alfalfa al fondo de los higos,  y nubes de no baratura, de poderosas sinestesias, nube silenciosa contenida en el derretirse de los glaciares, nubes que florecen en el agua de los árboles, irrompibles como el gesto de los olímpicos, nubes mimando océanos sin yugo, alfalfa sin brida en la tensión del solitario, forma del lotófago en un ala de Poliziano. Entre alfalfas. Entre formas antárticas de sacerdocio y el Todo. Entre nieblas subacuáticas y amarillos felinos, entre rejas sin lluvia y apologías impúdicas. La inmensa llanura cuya forma mentis es la alfalfa. Prosa traqueteante en un cine de imágenes que borbotean. Prosa de fronda que hila una paz de lirio. Y el agua que sofoca el alma en llamas de los amantes (el orgasmo una heladera tras la sauna de la cópula) también resquebraja imperios y tejados, y el agua humedeciendo la alfalfa en un organum diabolicum de poeta agropecuario. Alfalfa, alfalfa, en lugar de la tontá universal de los telefoninos, en Lugo alfalfa, en Bombay, en Tombuctú y en Nogueira y Viñoás caminos con tufo a alfalfa, que estamos de la tecnología y del móvil hasta los h..., hasta los huevos del telefonino y su aquiescencia general.

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